002. Entrando en calor

Liliana Heker recomendaba leer cualquiera de los cuentos de Guy de Maupassant antes de empezar a escribir, con el objeto de entrar, intelectual y afectivamente, en una atmósfera de "narratividad". Maupassant escribe el comienzo de "Dos amigos" de la siguiente manera:

París estaba bloqueado, hambriento, agonizante.

Apenas había ya gorriones en los tejados ni ratas en las alcantarillas.

Era una hermosa mañana de enero.

Ningún lector quedará indiferente ante la presentación de ese París moribundo en tres líneas. En los renglones siguientes, el autor introduce a los protagonistas de su cuento: los señores Morissot y Sauvage, los dos amigos. Se encuentran en la calle y pasean, recordando con tristeza los viejos tiempos; la misma que invade al lector después de un comienzo tan vigoroso. Es como si Maupassant nos dijera: Queridos amigos, todo lo que ustedes leerán de aquí en adelante estará teñido con los colores de la muerte.

Con pocas palabras, Maupassant abre un corchete, y nos indica qué sucederá dentro de esos límites. La contrastante tercera línea refuerza toda esta oscuridad.

Os propongo un juego:

  • Conseguid fichas, una libreta o encended el ordenador. Anotad la fecha (pasará el tiempo y os ayudará a ubicaros en el tiempo, a asociar el experimento con las circunstancias actuales de vuestra vida). 
  • Pensad en un texto (cuento, poema, artículo o novela) que os haya impresionado, y copiad sus dos primeros párrafos.
  • Releedlos.
  • Ahora releedlos aplicándoles las siguientes preguntas: ¿Qué pienso de este comienzo? ¿Engancha? ¿De dónde viene su poder? ¿Qué hace que sea un comienzo vigoroso, incluso inolvidable?
  • Escribid las respuestas.
  • Tratad de reescribir con la mayor cantidad posible de palabras el comienzo que hayáis elegido.

Por ejemplo, un escritor de estilo sobrecargado, obtendría el siguiente resultado al trabajar el comienzo de "Dos amigos":

A pesar de que aquella era una plácida, hermosa y radiante mañana de enero, la otrora bella París presentaba un aspecto sinceramente deprimente. Todo se debía a que el sitio del enemigo la había bloqueado por completo, la había hambreado sin piedad sumiéndola en la agonía más espantosa. Por donde se mirase no existía un solo tejado que albergara algún gorrión que lograse atemperar el ánimo de los invadidos con su prístino canto. Ni siquiera podía llegar a percibirse, aunque más no fuera, un mísero roedor pululando por las sucias alcantarillas.

Equivócaos a propósito: “jamás he visto una alcantarilla que estuviera limpia” —dice MdM.

Lejos de temer al error, aprended de él.

Fuente: Taller de corte y corrección de Marcelo di Marco