El teléfono resonó en la mansión como las campanas de una iglesia. Ella, vestida de luto, se encontraba echada sobre el sofá; con desgana, alargó su brazo y cogió el auricular.
—Diga —Su voz sonó hueca y seca.
—Buenos días, ¿Podría hablar con el Sr. Ibáñez?
— ¿Es una broma? ¿Quién es usted? —vocalizó tras sentir una punzada en el pecho.
—Le llamamos del Centro médico-diagnóstico...
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Continúo las correcciones sugeridas...
Cogí su mano,.... ...