Aquél era un día espléndido, de fuerte brisa marina: salada, soleada. Era, además, día de paga en los muelles. Una cosa llevó a la otra y ahí estaba el viejo Jack, enfrentando a doce irlandeses igual de bebidos que él, probando sus puños y maldiciendo como un alma sin redención posible.
Era un día, quizá, para recordarse; el viejo Jack enfrentó e insultó –no en ese orden—a sus eternos enemigos, que gustosos volvían a la fila en cuanto se reponían de los recios golpes de aquel fiero inglés, digno descendiente de quien fuera...
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Continúo las correcciones sugeridas...
Cogí su mano,.... ...