A veces, algún amigo —de los que conocen mi afición por las teclas— se me acerca y dice: «Oye, voy a contarte una anécdota» Y lo hace. «¿Por qué no escribes un cuento con eso?» concluye. Lo que no sabe el bien intencionado es que nunca podré componer ese texto, porque acaba de quemar la idea. El cuento en ciernes se diluye porque ya me lo ha contado.
Hace muchos años, yo hacía mis primeras armas en este oficio. Atravesaba la etapa diogénica en que uno revisa cualquier cosa que se...
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Continúo las correcciones sugeridas...
Cogí su mano,.... ...