El hombre tenía el pelo cano. Su edad era difícil de calcular debido al estado en que se encontraba y a la tupida barba que cubría su demacrada cara, pero era bastante mayor; Gerald supuso que tendría entre 70 y 80 años. Su expresión era triste, cansada, era el rostro de un hombre abatido que había perdido la razón de vivir, ya que sus grises ojos reflejaban una eterna angustia.
–Vete de aquí, chico –dijo el anciano con voz entrecortada como si le faltara el aire–, te lo suplico. Vete y olvida que me has visto... y que...
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Continúo las correcciones sugeridas...
Cogí su mano,.... ...