Yo ni sabía cómo eran mis viejos; a ellos les pasaría lo mismo conmigo. Cada uno era para los otros como una película empezada, de esas en que uno no termina de entender qué cuernos sucedió antes de sentarse en la butaca.
Armaban unas trifulcas aterradoras hasta el punto en que —por comparación— “Quién le teme a Virginia Wolf” podría ser una producción de Disney.
Me tocaba oficiar de mensajero. Uno atrincherado detrás de su escritorio, escuchando a Glenn Miller a toda pastilla. “Dile a tu madre que...” La otra refugiada en la...
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Continúo las correcciones sugeridas...
Cogí su mano,.... ...