Cuando mi padre murió, mamá me prometió que nunca me faltaría nada. Un dulce o una muñeca siempre bastaban para calmar mi llanto, no importaba cuál era el motivo.
—Mami… ¡llegaste temprano hoy! ¿Me puedes enseñar a montar en bicicleta?
—Ahora no hija, estoy cansada. Juega con tus muñecas.
No tenía hermanos, solo unos pocos amigos en la escuela con los que jugaba de vez en cuando. Así, tuve una estantería llena de muñecas que pocas veces usaba y jamás aprendí a montar en bicicleta.

Continúo las correcciones sugeridas...
Cogí su mano,.... ...