–¡Maldita barra! –rugió Bylo enojado– ¡Pero si la dejé perfectamente anclada!
–No te culpes, amigo –dijo Julius dando una palmada en la espalda a su compañero–. Seguro que el puñetero altar tiene un mecanismo de cierre automático o algo así, y la barra no tenía la suficiente fuerza para detenerlo.
–Sí, pero ahora estamos encerrados aquí abajo –dijo Bylo con desesperación.
–Ya –corroboró su amigo–, es una faena, aunque...
–¡Venga, chicos, no os deis por vencidos...
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Continúo las correcciones sugeridas...
Cogí su mano,.... ...