Rings of Magic: Book 1 (Capítulo 1)

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La clase de hechizos de defensa hoy estaba siendo especialmente desagradable para Bylo, no en vano era la asignatura que más detestaba; pero no era por la asignatura en sí, sino por el profesor que la impartía: Redius Irimort.

 

    Bylo era un chico de quince años nacido en Itsmoor que estudiaba primer curso de magia en la torre. Podía considerársele, físicamente, un muchacho bastante normal; ni demasiado alto, ni demasiado bajo, ni demasiado gordo, ni demasiado delgado. Su pelo era castaño oscuro y, aunque corto, portaba una pequeña coleta de unos 6 centímetros de largo. Su don mágico le venía de varias generaciones atrás.

 

    Hace dos años, Bylo le comunicó a su padre que, al contrario que a éste, él se había decantado por el camino de la magia en vez del de la agricultura. Así que, con trece años, entró en la torre para estudiar primer curso de "Iniciación". Después vino el segundo, y ahora se encontraba en primero de "Magia elemental". Eso serían tres años, y luego debería continuar con otros tres más de "Magia avanzada". Era lo mínimo que debía estudiar cualquier mago. Después de eso, podría continuar su formación en "Magia suprema", lo cual suponían otros cinco años más de estudios y vida en la torre.

 

    Y ahora estaba allí, ante la atenta mirada de toda la clase, intentando realizar un hechizo que, si ya de por sí, se le atragantaba, tenía que hacerlo soportando la incómoda mirada del infame profesor.

 

    –¡No, no y no! –rugió Irimort, furioso, a la par que daba un sonoro golpe sobre su robusta mesa– Se supone que el hechizo tiene que repeler al atacante con un fuerte empujón, no hacerle reír con unas ridículas chispas. ¡Esta es la tercera... cuarta vez –corrigió– que lo intenta, señor Giwet! ¡Y la última que lo hace por hoy! ¡Vuelva a su asiento! –concluyó rotundamente señalando con su dedo índice el pupitre del muchacho.

 

    Bylo siempre había pensado que el señor Irimort era un cretino integral, pero hoy... hoy se estaba superando, pues hoy el profesor estaba de un humor de perros y lo estaba pagando con sus alumnos.

Hubiera preferido mil veces como profesor de hechizos de defensa al señor Cravius o a la señorita Melamir... o, incluso, al orondo señor Flátelus. Y es que el señor Irimort no era precisamente uno de los profesores más queridos de la torre y, ni mucho menos, el que hacía las clases más amenas; al contrario, era fácilmente irritable y levantaba la voz en clase con demasiada facilidad y asiduidad. Además, su aspecto era criticado por los alumnos, pues su vestuario estaba pasado de moda y parecía que lo había heredado de su tatarabuelo. Esos pantalones exageradamente anchos y esos horribles chalecos a cuadros que solía llevar eran el hazmereír del alumnado.

 

    Redius Irimort era excesivamente alto que, unido a su también excesiva delgadez, daba la impresión de que se fuera a partir en cualquier momento. Tenía el pelo largo (aunque en plena coronilla era, más bien, escaso) y negro como el carbón. La uña de su dedo meñique derecho era desmesuradamente larga y la usaba a menudo para hurgarse el oído (algo que era sumamente desagradable cuando lo hacía en mitad de la clase). Su nariz, a pesar de no ser demasiado grande, tenía una leve desviación a la derecha, sin duda, ocasionada por un fuerte golpe (Bylo y sus amigos decían bromeando que su madre lo había dejado caer de la cuna porque ya, desde pequeño, era inaguantable). El único punto que tenía a su favor era que los hechizos que enseñaba eran bastante buenos. Sí, era un mago realmente bueno.

 

    –¡Vaya bronca, tío! –le susurró el chico moreno de pelo alborotado que sentaba detrás de él, sacándole de sus pensamientos–. Hoy está que trina. Menos mal que sólo nos quedan tres minutos para acabar la clase y perderle de vista.

 

    Era Julius Teapot, el mejor amigo de Bylo. Los dos se habían criado en Itsmoor y tenían una férrea amistad. Julius era un chico alto y delgaducho que tenía un sentido del humor y unas ganas de gastar bromas (a veces, demasiado pesadas) que contrastaban a la perfección con las ganas de aventura de Bylo.

 

    –Espero que estén orgullosos de la clase de hoy, señores... y señoritas –espetó sarcásticamente el enfadado profesor mientras se apoyaba con ambas manos en su mesa–. ¡Ha sido un completo desastre! ¿Cómo esperan superar este curso si ya, de primeras, no son ni capaces de realizar un hechizo tan sencillo y básico como es el de "Répelus"? No esperen –continuó sin disimular su enfadado– poder asustar ni a un inofensivo y pequeño gnomo con los ridículos intentos de magia que les he visto realizar hoy en mi clase. Mañana quiero que... –su frase se vio repentinamente cortada por la campana que indicaba que ya eran las 10.

 

    –¡No se muevan de sus asientos, no he acabado! –gritó al ver que sus alumnos se apresuraban a recoger sus libros de magia haciendo un ruido ensordecedor–. Espero que mañana –prosiguió sin bajar el tono de voz– vengan con más ganas que hoy y que, por su propio bien, practiquen el hechizo.  Su anillo no sirve de nada si no ponen un mínimo de concentración e interés en lo que están haciendo. Pueden retirarse –concluyó.

 

     Los alumnos salieron rápida y ordenadamente de la clase hasta que sólo quedó en ella el señor Irimort, el cual se sentó tras su enmohecida mesa.

 

 

* * *

 

 

–No sé que mosca le habrá picado hoy a "Don Amargado" –dijo Julius ya fuera de clase–, cada día se supera.

 

    –Se habrá levantado con el pie izquierdo –añadió la alegre voz de una chica esbelta que había aparecido por detrás de los dos amigos–. ¡Hola chicos! –saludó jovialmente.

 

    Se trataba de Alana, amiga inseparable de los dos chicos desde segundo curso de iniciación, en donde había hecho muy buenas migas con ellos. Alana era pelirroja y lucía un fino mechón de pelo plateado que recorría la parte derecha de su larga cabellera. Decía que dicho mechón lo había heredado de su abuela paterna; lo llamaba cariñosamente "su reliquia familiar". Era la más responsable y siempre le tocaba a ella sacarles de los líos en los que se metían en sus "aventuras". Su cara era agradable y revelaba su tremenda simpatía y buen corazón; su blanca tez le confería una imagen de niña buena que a ella no le gustaba en absoluto aparentar. Por tal motivo, algunos compañeros le habían puesto el mote de Alana "Caraluna".

 

    –¡Y mañana será peor si volvemos a meter la pata con el dichoso hechizo! –apuntó Bylo.

 

    –¡Pero si está chupado! –alardeó Julius, pues él había sido uno de los cuatro alumnos  que habían logrado hacerlo correctamente.

 

    –¡Sí, claro!, para ti es fácil decirlo –masculló Bylo–, como te ha salido a la primera de casualidad, seguro mañana no te lo hace repetir.

 

    –Lo más probable es que mañana nos lo haga repetir a todos, justos por pecadores –respondió Julius–. Ya verás como tengo que volver a hacerlo yo también. ¡Y mañana seguro que no tendré tanta suerte como he tenido hoy!

 

    –¡Pero si tú eres un fuera de serie, Julius! –le dijo, socarrón, Bylo– Además, seguro que te pegas toda la tarde practicando el hechizo con Pommet –añadió con tono irónico.

 

    –¡Pobrecillo Pommet! ¿No serás capaz de hacerle eso, verdad? –dijo Alana dirigiéndose a Julius.

 

    –¡Hey, hey, tranquilos, que yo no he dicho nada! –se defendió Julius un tanto indignado–. Además, Pommet es como un hermano para mí desde el mismo día que tío Frank me lo regaló... ¡y me dejó la cara llena de babas! Ese perro grandullón y tonto daría la vida por mí, y yo no sería capaz de practicar ningún hechizo con él. ¡Ni hablar! –concluyó tajante.

 

    –¡Que es broma, estirao! –inquirió Bylo guiñándole el ojo a su amigo y propinándole un ligero codazo–. Anda, vámonos a almorzar, que ya empiezan a quejarse mis tripas.

 

 

* * *

 

 

El comedor era, muy posiblemente, el lugar predilecto de Bylo en toda la torre, pues podía comer todo lo que quisiera totalmente gratis. Ocupaba un tercio de la planta baja. Tenía una hilera de largas mesas que lo recorría de principio a fin por su centro, con todo tipo de comida y bebida (excepto alcohólica) dispuestas para que los alumnos se sirviesen a su gusto. A ambos lados de ella había multitud mesas de madera  perfectamente ordenadas para que los jóvenes aprendices de mago disfrutasen de su avituallamiento. Las mesas tenían a cada lado un banco de la misma largura que éstas.

Una doble puerta abatible situada en la pared del fondo del comedor comunicaba con una enorme cocina en la que varios cocineros y ayudantes se encargaban de que no les faltase el sustento a los habitantes de la torre.

 

    –¡Hoy tengo tanta hambre que me comería una vaca! –exageró Bylo mientras hacían cola en una de las filas de alumnos que, bandeja en mano, se disponían a llenarla con los sabrosos manjares–. No sé qué coger hoy para para almorzar.

 

    –¡Tú siempre tienes hambre, glotón! –exclamó Alana–. Aún así, te aconsejo los muslitos de crork, que hoy tienen una pinta estupenda –le dijo.

 

    –Pues yo creo que me voy a servir un plato de setas de Castreil, con esa salsa blancuzca que tanto me gusta –opinó Julius señalando una olla repleta de setas de color anaranjado y cubiertas de una espesa salsa blanca–, ¡y un enorme pedazo de pan de arroz! –añadió.

 

    –Con el hambre que tengo –dijo Bylo con los ojos fijos en la comida– me comería los dos platos... ¡de entrante! –los tres rieron al unísono.

 

    Una vez sentados en su mesa habitual (la tercera de la parte izquierda del comedor) y con los almuerzos a punto de ser "devorados", se acercó a la mesa un muchacho rubio, con gafas, el cual parecía llevar cierta prisa.

 

    –¡Hola, chicos! –dijo, sentándose al lado de Alana y dejando una pesada y desgastada mochila sobre el banco.

 

    –Hola Gerald –saludó Alana regalándole una gran sonrisa.

 

    –¿Cómo te va, Gerald? –saludó también Julius mientras limpiaba su tenedor con la servilleta.

 

    –Fofa, Ferald –farfulló como pudo Bylo con la boca llena.

 

    Gerald era un estudiante modélico. Su padre le envió a estudiar a la torre desde Somol con una carta de recomendación del mismísimo druida superior bajo el brazo. Iba un curso más adelantado que ellos, pero había hecho amistad con el grupo el año pasado, cuando le defendieron de Turo, un matón que se metía con él por ser el "empollón" de la clase.

 

    –Ya vas con prisa como siempre, ¿eh, Gerald? –dijo sarcásticamente Julius.

 

    –Tengo que entregar un trabajo de historia el lunes y quisiera pasarme por dirección antes de la siguiente clase para pedir un pase porque, la verdad, tengo la agenda bastante apretada y no me queda más remedio que ir a la biblioteca por la noche.

 

    –Gerald, ¡pero si aún estamos a jueves! Y, además, tienes todo el fin de semana para hacerlo –dijo Bylo limpiándose los restos de comida de su boca con una mano–. Relájate, quieres. Tómate un tentempié con nosotros, que tienes tiempo de sobra para hacerlo.

 

    –Pero... –empezó a decir el rubio muchacho.

 

    –¡No hay peros que valgan! –le cortó Julius– Necesitas un respiro y llenar el buche –dijo mientras se daba unas palmadas en el estómago–,  así que, llénate la bandeja y almuerza tranquilamente con nosotros.

 

    –De acuerdo, chicos –se resignó ante la insistencia de sus amigos–. Pero que conste que esta noche, sí o sí, me pasaré por la biblioteca... ¡y no me podréis convencer de lo contrario!

 

    –Vale, vale, pero tómatelo con calma, ¿eh? –dijo Bylo mientras el chico se levantaba a servirse y, girándose hacia la izquierda, le dio un pisotón a Julius que, repentinamente, parecía que estaba en otro planeta.

 

    –¡Ay! –gritó Julius de dolor ante el inesperado pisotón por parte de su amigo.

 

    –¡Despierta, alargao! –le gritó Bylo– Y baja de la nube, que esa muñeca es gallina de otro gallinero –le dijo refiriéndose a la rubia chica a la que su amigo no quitaba el ojo de encima.

 

    –No lo puedo remediar, es superior a mí –se defendió–. Es preciosa –dijo con un hilo de voz.

 

    –¡Venga ya! –dijo Bylo– Esa chica está fuera de tu alcance... y del mío... y del de todos los tíos "no guays" de la torre. Fíjate bien en ella –continuó–, sólo se mezcla con gente de alta alcurnia o con los más populares de la torre. Mi buen amigo, ¡es imposible que se fije en ti!

 

    –¡Oh, Bylo, no seas tan cruel! –le recriminó Alana, saliendo en defensa de su amigo–. Julius lleva detrás de Cynthia Morson desde los ocho años. Es su sueño. ¿O es que tú nunca has tenido un sueño que parecía inalcanzable? Es importante luchar por tus sueños –dijo rotundamente mientras apartaba de la mesa un trozo de pan para que Gerald pusiera su bandeja.

 

    –Vale... lo siento –se disculpó Bylo de mala gana–. Pero es que se me revuelve el estómago cuando veo a mi mejor amigo babeando por una niñata que se cree la princesita de la torre –concluyó Bylo demostrando su poco afecto hacia la popular muchacha.

 

    –No os preocupéis por mí –dijo Julius resurgiendo en la conversación–, ya se me pasará. Supongo que Bylo tiene razón, ella acabará casándose con un ricachón y a mí no me quedará más remedio que olvidarla.

 

    –Bueno, chicos –dijo Gerald tras haberse comido un filete de carne con dos trozos de patata–, yo me voy ya, que está a punto de empezar mi clase de filtros mágicos.

 

    –¡Pero, Gerald, apenas has comido nada! –le regañó Alana.

 

    –Em... Esto... Sí... Bueno... –respondió atrancándose a cada palabra–. Llevo una buena provisión de fruta en mi mochila –dijo tratando de excusarse–. No os preocupéis por mí.

 

    –Nunca cambiarás, Gerald –dijo Julius sonriendo y moviendo la cabeza de izquierda a derecha–. ¡Eres incorregible!

 

    –Esta noche hay "reunión" –le informó Bylo–. ¿Vendrás, no? Será en la habitación de Julius, y vamos a...

 

    –Hoy me va a ser imposible, chicos –le interrumpió Gerald mientras cogía su mochila–. Ya os lo he dicho, quiero pasarme por la biblioteca esta noche y... bueno, quizá me acerque a saludaros cuando vuelva, pero no os prome... –de repente se detuvo, como si acabara de recordar algo importante– ¡Vaya, aún tengo que ir a pedir un pase! ¡Me voy volando! Y yo que vosotros, también aligeraría.

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Comentarios

No quisiera desmoralizarte,

Imagen de Oscar

No quisiera desmoralizarte, Door, pero si quitamos los lugares comunes no se salvan ni los asteriscos. A propósito, ¿te suena el apellido Rowling?

No está mal hacer fanfics, sin embargo convendría poner algo propio para "despegarlo" de la historia original.

Saludos

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Muchas gracias por tus

Muchas gracias por tus primeras impresiones, Óscar.

Soy consciente de que en los primeros capítulos sacarás muchos parecidos con la famosa saga de la Rowling, incluso, a medida que vayas leyendo los siguientes también te recordará a otra muy conocida como es "El Señor de los Anillos". Pero, tomando como base esas dos sagas, intento crear situaciones nuevas sin más pretensión que la de entretener al lector.

Muchas gracias de nuevo, y espero nuevos comentarios tuyos en los siguientes capítulos.

PD.: Cuando termine el libro le daré un buen repaso y cambiaré varias cosas, pues, como podrás comprobar (bajo mi punto de vista) mi forma de escribir ha ido evolucionando y creo que podré mejorarlo.

Un saludazo,

doorstein.

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