Rings of Magic: Book 1 (Capítulo )

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Rings of Magic: Book 1 - Portada

–Pero, ¿qué dices? –preguntó Julius– ¿Cómo que no hay nadie?

 

    –La habitación está vacía –respondió Bylo–. Entra y compruébalo por ti mismo.

 

    –Pero... ¡No puede ser! –dijo Julius entrando en la habitación y mirando alrededor.

 

    –Quizá se haya confundido de habitación la recepcionista –dijo Alana.

 

    –Voy a volver a preguntarle a Gloria –dijo Bylo mientras salía al pasillo y se encaminaba hacia la entrada–, quizá tengas razón. Aunque se me hace muy raro que Gloria se confunda en algo así.

 

     Cuando Bylo había recorrido poco más de medio pasillo, Alana le llamó–: "¡Bylo, espera, Julius le ha encontrado!"

 

    Bylo corrió por el pasillo tan rápido como sus pies se lo permitieron. Entró de nuevo en la habitación y encontró a Julius ayudando a Gerald a regresar a su cama.

 

    –Estaba metido dentro del armario –le comunicó Darah en voz baja.

 

    –Se había metido en el armario –comenzó a explicar Julius una vez hubo acostado y tapado a su amigo–. Estaba hecho un ovillo, como si tuviera miedo o se estuviese escondiendo de alguien.

 

    –Escuché voces –dijo Gerald, aún tembloroso–. Me asusté mucho.

 

    –¿Miedo? –preguntó Bylo–. ¿Miedo de qué…? ¿o quién?

 

    –No lo sé –respondió el asustado muchacho, el cual ya empezaba a calmarse–. Fue como un acto reflejo. Simplemente, escuché que alguien se acercaba e, instintivamente, me escondí en el primer sitio que encontré.

 

    –Y, ¿todas estas horas desaparecido? –volvió a interrogarle Bylo– ¿Qué... qué te ha ocurrido? ¿Dónde estabas? Estábamos muy preocupados por ti.

 

    –No lo sé –respondió el rubio muchacho–, no recuerdo nada. Dadme un vaso de agua, por favor –pidió tras destaparse hasta la cintura–, tengo una sed terrible.

 

    Julius, que era el que más cerca estaba de la mesa, llenó el vaso con agua de la jarra que había sobre ella y lo acercó a la boca de su amigo. Gerald bebió con avidez.

 

    –¿Tampoco recuerdas que estuviste en la biblioteca? –le preguntó Darah.

 

    –Uh... No, no lo recuerdo –contestó tras devolver el vaso vacío a Julius–. Es como si tuviera un muro en mi cerebro.

 

    –Llevas casi un día entero desaparecido –le informó Bylo– y, de pronto, vuelves a la biblioteca. Es como si no estuvieras muy lejos de ella.

 

    –Yo... no sé... –dijo bajando la cabeza.

 

    –Vamos, amigo –le animó Julius–, debes intentar recordar. De algo tienes que acordarte.

 

    –Ya lo intento –respondió–, pero cada vez que lo hago, me entra dolor de cabeza. Es como si mi subconsciente se negara a recordarlo.

 

    –¡Quien te haya hecho esto –rugió Julius visiblemente enfadado– ten por seguro que lo va a pagar muy caro!

 

    –A ver, a ver... mantengamos la calma –dijo Bylo mientras rodeaba la cama y se sentaba en la silla–. Empecemos por el principio. ¿Alguno recuerda si Gerald dijo o hizo algo raro antes de que desapareciera?

 

    El grupo se quedó pensativo. Julius se rascó la cabeza como si ese simple gesto le fuese a ayudar a recordar. Darah se sentó a los pies de la cama y se quedó mirando a Gerald. Bylo se frotó el mentón. Alana, simplemente, se quedó de pie.

 

    Al cabo de un par de minutos, Bylo rompió el silencio–. Vale, ninguno recordamos nada raro en su comportamiento –dijo–. Este va a ser un asunto difícil.

 

    –Darah, según nos dijiste, tú piensas que Gerald no salió de la biblioteca, ¿verdad? –preguntó Julius.

 

    –Bueno, yo... –titubeó la chica–. Sí –contestó al final–. Pero tampoco lo puedo asegurar. Como ya os dije, pudo haberse ido en alguna de las ocasiones que fui a colocar libros. Aunque, y lo vuelvo a repetir, no es propio de él marcharse sin despedirse.

 

    –¿Y no entró nadie más? –preguntó de nuevo.

 

    –No –respondió la muchacha–.  En la biblioteca sólo estuvimos él y yo. A no ser que entrase sigilosamente alguien mientras estaba por los pasillos colocando libros.

 

    –¿Y no oíste ningún grito, ruido o sonido fuera de lo normal? –preguntó ahora Bylo–. Cualquier dato puede ser importante.

 

    –No, juraría que no –respondió la guapa bibliotecaria.

 

    –Vale, supongamos que no salió de allí –dijo Julius–. Darah, ¿la biblioteca tiene alguna otra salida?

 

    –Sí, pero para llegar a ella hay que atravesar el despacho del director –respondió Darah mientras limpiaba sus gafas con un pequeño paño que había sacado del bolsillo–. Pero, cuando no está, lo tiene cerrado con llave. Y anoche no vino.

 

    –Lo cual da más peso a mi teoría de la puerta oculta –dijo Julius cruzando los brazos.

 

    –Sabes, Julius –dijo Bylo–, estoy empezando a pensar que esa teoría tuya gana fuerza a cada minuto que pasa.

 

    –Gerald –preguntó Julius–, ¿no recordarás, por casualidad, haber entrado por una puerta secreta o algo así?

 

    Gerald negó con la cabeza– No sé, aún estoy muy confuso –dijo.

 

    –Yo no sé –dijo Alana–, pero este asunto se nos escapa de las manos. Deberíamos decírselo al rector.

 

    –¡De eso nada! –tronó Julius–. Si alguien ha hecho algo malo a mi amigo, seré yo quien le dé su merecido. ¿Estáis conmigo? –Todos asintieron– ¿Pues a qué esperamos? –casi ordenó Julius– Volvamos a la biblioteca y busquemos ese maldito pasadizo.

 

    –No, por favor, no me dejéis solo –pidió Gerald–. Llevadme con vosotros.

 

    –Pero Gerald, amigo –dijo Bylo con voz tranquila–, estás muy débil, tienes que guardar cama. Y, además, no creo que te dejen salir de la enfermería así, por las buenas.

 

    –Mira, haremos una cosa –interrumpió Julius–. Alana se quedará contigo, ya que Bylo y yo somos los hombres del grupo y tendremos que hacer el trabajo sucio. Y Darah puede sernos útil porque trabaja allí –explicó.

 

    –De acuerdo –dijo el rubio muchacho bajando la cabeza resignado.

 

    –Pues no perdamos más tiempo –dijo ahora Bylo–. Vamos a recoger las herramientas que necesitemos y vayamos a la biblioteca.

 

    –Pero, ¿no pensaréis entrar en la biblioteca así, sin más, y empezar a picar la pared, no? –les dijo Alana– ¡Haréis muchísimo ruido!

 

    –No te preocupes por eso –respondió Julius a su amiga– Desde que descubrí la pared hueca no he dejado de darle vueltas a la cabeza y creo que tengo el plan perfecto –dijo convencido.

 

    –Bueno –interrumpió Bylo–, pues no perdamos más tiempo, ¡tenemos un misterio que descubrir!

 

    Salieron de la enfermería, no sin antes despedirse de Gloria. Le notificaron que Alana se quedaba con Gerald, y que cuando se terminase el horario de visitas, que se lo dijera a su amiga.

 

    También salieron de la torre. La rodearon y llegaron hasta los jardines exteriores. Allí estaba Carl arreglando una valla rota.

 

    Carl, aparte de hacer todo tipo de trabajos de mantenimiento en la torre, era el encargado de que los jardines estuvieran en perfecto estado. Era un tipo pequeño, de casi metro y medio (no en vano era un semi-enano) y fuerte, de anchas espaldas, poderosos brazos y pronunciada barriga. Era prácticamente calvo y tenía una fina perilla que cruzaba su mentón de oreja a oreja. Bylo y Julius se llevaban muy bien con él, ya que, siendo éstos unos críos, Carl les salvó la vida en un incendio que se había producido en la casa que los chicos se habían construido en la copa de un árbol. Desde aquel día se hicieron grandes amigos.

 

    –¡Hola, grandullón! –gritó sarcásticamente Bylo.

 

    –¿Cómo te va, Carl? –preguntó sonriente Julius.

 

    –¡Hey! –respondió el fornido jardinero esbozando una gran sonrisa– ¿No sabéis que es de mala educación espiar a la gente? Anda, venid aquí, que os dé un abrazo. –dijo mientras abría de par en par sus fuertes brazos.

 

    Los chicos se acercaron a él y éste les abrazó como si fueran sus propios hijos.

 

    –¡Lleváis más de un mes sin venir a visitarme, rufianes! –les recriminó Carl.

 

    –¡Pero si vinimos a verte la semana pasada! –contestó Bylo mientras intentaba zafarse del poderoso abrazo.

 

    –¿Ah, sí? –dijo soltando a los chicos y frotándose la perilla– Ejem... ¡Pues parece que haya pasado más tiempo, pardiez! ¡Deberíais venir a verme más a menudo! –concluyó.

 

    –Es que ya hemos empezado el curso y apenas tenemos tiempo –dijo Julius.

 

    –Ya, bueno... Yo también –refunfuñó–. Al menos venís bien acompañados –dijo mientras dirigía su mirada hacia Darah.

 

    –Esta es Darah –presentó Bylo–. Es la encargada de la biblioteca de la ciudad.

 

    –Encantado de conocerla, señorita Darah –dijo el semi-enano haciendo una reverencia.

 

    –Gra-gracias –dijo algo cortada–. El gusto es mío.

 

    –¡Vaya, y encima educada! –dijo Carl–. Vosotros, par de pillastres, sí que sabéis encontrar buenas amistades.

 

    –Carl –dijo Julius poniéndose serio–, queremos pedirte un favor.

 

    –Ya sabéis que si está en mi mano lo podéis dar por hecho –contestó.

 

    –Necesitamos un pico y una palanca –dijo Julius.

 

    –¿Y para qué diantres queréis un pico y una palanca? –preguntó el pequeño  jardinero– Bueno, vale... mejor no quiero saberlo. Os los puedo prestar, pero no os metáis en líos, ¿vale?

 

    –Estate tranquilo, Carl, que es para una buena causa –dijo Bylo–. Te los devolveremos mañana por la mañana.

 

    –Podéis devolvérmelos cuando queráis –dijo mientras se giraba y comenzaba a andar hacia el cobertizo–, tengo herramientas de sobra. Pero, lo dicho, no os metáis en problemas.

 

    Los tres amigos le siguieron. Carl se metió en el pequeño cobertizo y al cabo de un minuto salió con una vieja mochila con las herramientas que los chicos le habían pedido.

 

    –Aquí tenéis –les dijo mientras acercaba la mochila a Julius–. El pico es algo antiguo, pero lo afilé hace poco y funciona de maravilla. Además, le hice un mango nuevo. De madera de edipo –puntualizó–. ¡Dura como el acero!

 

    –Gracias, Carl –le dijo Julius–. ¡Eres genial!

 

    –Sí –corroboró Bylo–, uno de los mejores amigos que se puede llegar a tener.

 

    –Bueno, bueno –dijo Carl sonriendo– no os pongáis sentimentales que se me van a saltar las lágrimas –todos rieron.

 

    Se despidieron de Carl y se encaminaron hacia el portón que daba acceso al segundo sector.

Al llegar frente a la biblioteca vieron que unas vallas y dos guardas impedían la entrada a ella.

 

    –Buenas tardes –les saludó Bylo educadamente–. ¿Podemos entrar en la biblioteca, por favor?

 

    –Lo siento, chicos –respondió el más alto de los dos guardas–, la biblioteca está cerrada hasta nueva orden.

 

    –Pero, ¡necesitamos consultar urgentemente unos libros para un trabajo de clase! –mintió Julius.

 

    –Lo siento, pero no se puede entrar –volvió a decir el mismo guarda–, la biblioteca está en obras y, por seguridad, no está permitido el paso a nadie.

 

    –Pero... ¡yo trabajo ahí! –se quejó Darah.

 

    –¿Pero es que no habéis oído a mi compañero? –dijo el otro guarda, malhumorado– Nos han dado órdenes de que no entre nadie y nuestro deber es cumplirlas a rajatabla.

 

    –¡Vale, vale! –gritó Julius– No hace falta ponerse así.

 

    –Vámonos, chicos –dijo Darah–. Ya vendremos en otro momento.

Y, frustrados, volvieron a desandar el camino recorrido.

 

 

* * *

 

 

La parte occidental de Itsmoor se hallaba protegida por un gigante de roca llamado popularmente Monte de los Dioses. Su nombre provenía de una antigua leyenda que decía que los mismísimos dioses lo habían colocado allí para proteger Itsmoor de la furia de Aques, el dios del mar, que celoso porque los humanos adoraban a sus otros hermanos, envió una enorme columna de agua a devastar la ciudad. El monte frenó la colosal amenaza y salvó a Itsmoor de su destrucción. Ahora servía de morada al Oráculo.

 

    Había quien decía que el Oráculo era sólo una leyenda. Otros defendían que era el primer ser vivo de la creación y que tenía miles de años. También estaban los que afirmaban que lo habían visto y que era un ser de aspecto monstruoso que se alimentaba de vírgenes.

 

    Nadie, excepto la señora Mould, le había visto. Ni tan siquiera el rector Delius, pese a haber estado varias veces en su presencia, sabía exactamente cómo era el Oráculo, pues siempre hablaba tras una tupida cortina. Lo único que sabía es que tenía voz femenina. Además, en un par de ocasiones, el sabio rector había podido vislumbrar su figura, y juraría que era la de una hermosa mujer.

 

    –Ánimo, Rasmus, ya falta muy poco –dijo Celine tras casi tres cuartos de hora de ascenso.

 

    –Menos mal –respondió el rector–. Qué pena que los caballos no puedan subir por aquí. Yo ya estoy demasiado mayor para estos "paseos". Y también es una lástima que en este monte no pueda usar mi magia, sino, con un hechizo de teletransportación ya habríamos llegado a nuestro destino –añadió mientras se apoyaba sobre la robusta rama que había adquirido durante el camino y que ahora hacía las veces de cayado.

 

    –La última vez que viniste tenías ocho años menos –le recordó Celine–. ¿Te acuerdas?

 

    –Sí, lo recuerdo muy bien –contestó el cansado rector, parándose a tomar una gran bocanada de aire–. Entonces podía seguir tu ritmo con mucho menos esfuerzo. Sin embargo, no parece que el paso del tiempo haya hecho mella en ti.

 

    –Gracias, lo tomaré como un cumplido –contestó la huesuda mujer.

 

    Tras unos minutos de descanso, y después de que el rector hubiera recuperado el resuello, la pareja continuó el ascenso sin mediar palabra.

 

    Cinco minutos más tarde llegaron a lo que parecía la entrada de una cueva, la cual se hallaba sellada por una roca circular.

Celine entonó una canción en un extraño idioma y la enorme roca circular rodó hacia la derecha dejando libre el acceso a la cueva.

A la entrada, Celine cogió una de las antorchas que pendían de la pared de roca y recorrieron un angosto pasillo, el cual desembocaba en una inmensa sala iluminada por no menos de una centena de velas.

La señora Mould colgó la antorcha a la entrada y se dirigieron hacia una especie de tienda situada en el otro extremo de la sala. Al llegar frente a ella, extendió su mano hacia la cortina que cubría la entrada de la tienda, indicando a Rasmus que podía comenzar.

 

    –Buenas tardes, Oráculo –dijo.

 

    –Es un placer inusitado volver a hablar con usted, rector Delius –respondió una voz femenina al otro lado de la cortina.

 

    –Tenemos un grave problema –dijo sin más preámbulos Delius.

 

    –Un problema que nunca dejó de serlo –respondió el Oráculo.

 

    –Ese demoníaco ser vuelve a estar por ahí suelto, sin control –informó el rector.

 

    –Lo sé –dijo la enigmática mujer–. Ya ha empezado.

 

    –Me preocupa que este sea el principio de tu visión –dijo Delius.

 

    –Quizá lo sea –respondió el Oráculo con voz aterciopelada–. Pero recuerda que, aparte de destrucción, también vi salvación.

 

    –Sea lo que sea, el destino que nos espera no es nada alentador –dijo el rector fríamente–. Y debe de haber algo que podamos hacer. No podemos quedarnos con los brazos cruzados.

 

    –Hay que dejar que el destino fluya por su cauce –dijo la aterciopelada voz femenina–. Cualquier cosa que se haga por intentar cambiarlo podría acarrear acontecimientos inesperados, incluso nefastos.

 

    –Pero ese ser escapó de su encierro pese a estar oculto y perfectamente vigilado –argumentó Delius–. Es capaz de cualquier cosa. ¡Hay que detenerlo a cualquier precio!

 

    –Y ese precio sería Ringworld. –respondió la mujer– ¿Pagarías tan alto precio?

 

    –No –dijo el rector en un susurro a la par que agachaba la cabeza.

 

    –Dejemos, pues, que el destino siga su imparable curso –concluyó el Oráculo, retirándose.

 

    –Buenas tardes, Oráculo –dijo el abatido rector. Y regresó junto a la señora Mould que le estaba esperando, antorcha en mano, a la entrada de la sala.

 

    Celine acompañó al rector hasta la entrada de la cueva.

 

    –Deberás regresar tú solo,  Rasmus –dijo Celine.

 

    Delius asintió con la cabeza y comenzó a caminar cuesta abajo. Celine volvió a entrar en la cueva cerrando tras de sí la pesada roca circular que hacía las veces de puerta y se sentó frente a la tienda del Oráculo.

 

    –¿Por qué no le has contado todo, Irya? –preguntó.

 

    –Como tantas otras cosas –respondió la voz de mujer–, hay secretos que deben quedarse en eso, hermana.

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