Rings of Magic: Book 1 (Capítulo 7)

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Rings of Magic: Book 1 - Portada

Una fina llovizna caía sobre Itsmoor. Era sábado por la mañana y los chicos habían quedado a las nueve menos cuarto en  la entrada de la enfermería para ir a recoger a Gerald, pues le daban el alta. Por lo visto, ya estaba lo suficientemente bien como para no permanecer más tiempo allí.

 

    El primero en llegar fue Bylo. No había podido pegar ojo en toda la noche y llevaba rato dando vueltas por los pasillos de la torre. Se recostó en uno de los bancos de la entrada de la enfermería y esperó a sus amigos.

 

    No tardaron en aparecer, casi al mismo tiempo, Julius y Alana. Esta vez, a Darah no le habían dado el día libre; aunque la biblioteca seguía cerrada por obras, su jefe se había asegurado de que hacía su jornada laboral y la había mandado a hacer varias compras por la ciudad. Tinta, plumas, velas... cosas de uso en la biblioteca.

 

    –¡Vaya cara que llevas, colega! –le dijo Julius nada más verle–. Parece que no has dormido mucho esta noche.

 

    –Si te digo la verdad –contestó Bylo–, no he pegado ojo. Cada vez que parecía que cogía el sueño, unas horribles pesadillas me despertaban.

 

    –¿Y de qué iban esas pesadillas? –preguntó Julius– ¿De dragones? ¿Orcos? ¿Tal vez, gnomos? –concluyó con sorna.

 

    –¡Qué graciosillo el chico! –respondió Bylo.

 

    –Bueno, bueno... tranquilo, colega –dijo Julius–. Mira, después de comer te echas una buena siesta y como nuevo.

 

    –Faltan cinco minutos para las nueve –informó Alana interrumpiendo la conversación de los dos chicos–, ¿entramos ya?

 

    Bylo se levantó pesadamente del banco y siguió a sus amigos. Alana iba a la cabeza del grupo.

 

    –Buenos días, Gloria –saludaron Julius y Alana.

 

    –Hola, Gloria –dijo, sin ganas, Bylo.

 

    –Buenos días, chicos –dijo Gloria mientras enrollaba y ataba unos papeles–. ¡Uy, pero que cara llevas! –dijo al levantar la vista y ver a Bylo.

 

    –No ha podido dormir en toda la noche –dijo Alana.

 

    –Sí, porque si se dormía, se lo comían los monstruos –dijo Julius sarcásticamente.

 

    –¡Julius! –le recriminó Alana.

 

    –Lo siento –se disculpó el alto muchacho–, pero es que no he podido resistirlo.

 

    –Gloria, ¿te han dicho qué es lo que le pasaba a Gerald? –preguntó Bylo.

 

    –Pues, según los informes que me han proporcionado –contestó la mujer–, estaba totalmente agotado debido a un gran esfuerzo físico.

 

    –¿Y sabes si le falta mucho? ¿O ya está preparado para irse? –preguntó Julius, impaciente, cortando la conversación.

 

    –En teoría, ya debería de estar listo. Ha desayunado a las ocho, se ha duchado y vestido, y supongo que ya habrá preparado sus cosas –respondió Gloria–. Pero no me lo preguntéis a mí, ¡pasad e id a recogerle vosotros mismos!

 

    Sin más, el trío abrió la doble puerta que daba acceso a las habitaciones y entró, pero antes de que diesen una docena de pasos, Gerald apareció saliendo de la habitación número 16.

 

    –¡Gerald! –gritaron de alegría.

 

    El rubio muchacho, al ver a sus amigos, cerró la puerta y empezó a caminar con rapidez hacia ellos. Cuando les alcanzó se abrazó a ellos como si hiciese un año que no les veía.

 

    –¡Hey, empollón, estás como nuevo! –le dijo Julius echándose hacia atrás y mirándole de arriba a abajo.

 

    –La verdad es que sí –contestó–. Este pequeño descanso me ha sentado muy bien. Pero...

 

    –¿Sí? –preguntó Julius al ver que su amigo titubeaba.

 

    –No sé... me noto una sensación extraña –respondió–, y sigo sin poder recordar nada. Además, ¡me he perdido un montón de clases!

 

    –¡Pues vaya! –soltó Julius– ¡Entre un soñador y un empollón amnésico, estamos arreglados! –Y todos, incluido el somnoliento Bylo, rieron de buena gana.

 

 

* * *

 

 

Tan sólo el feroz chapoteo de la intensa lluvia, acompañada de vez en cuando del repicar de lejanos truenos, rompía el silencio sepulcral que reinaba, como todas las noches, en la torre.

Bylo había salido de su habitación y se encontraba en pijama frente a la puerta de Julius.

 

    –Julius, abre, soy Bylo –dijo golpeando con los nudillos la puerta de su amigo–. Julius, despierta, es importante –dijo, intentando no armar demasiado alboroto.

 

    Al cabo de un rato se oyó el ruido de la cerradura y la puerta se entreabrió. Julius se asomó por ella con los ojos medio cerrados.

 

    –¿Qué pasa? –preguntó– ¡Ah, eres tú, Bylo! Anda, pasa, que te vas a helar –dijo mientras se apartaba de la puerta y volvía a su cama.

 

    Bylo entró, no sin antes echar un vistazo al pasillo. Cerró la puerta y fue hacia su amigo.

 

    –Julius, despierta –le dijo mientras le zarandeaba–, no te duermas.

 

    –Déjame dormir un poco más –se quejó.

 

    –Julius, me está pasando algo muy raro –le dijo mientras encendía el candelabro de la mesilla–. ¡Tienes que despertarte!

 

    –Pero, Bylo, ¡¿sabes qué hora es?! –se volvió a quejar– Vale, vale –dijo al ver que su amigo le miraba fija y seriamente–. ¿Qué es lo que ocurre?

 

    –Las pesadillas, Julius, las pesadillas –empezó a decir.

 

    –Bylo, las pesadillas –comenzó a decir mientras intentaba bostezar– no son reales. ¡Venga, que ya no eres un crío!

 

    –No, Julius. La pesadilla es siempre la misma –confesó–, se repite una y otra vez. Jamás me había pasado algo parecido.

 

    –¿Y se puede saber qué pesadilla es esa? –preguntó Julius mientras se frotaba los ojos.

 

    –Cada vez que cojo el sueño, veo guerra, muerte, destrucción... incluso monstruos salidos del mismísimo averno. –dijo gesticulando nerviosamente–. Y entre tanta desolación, siempre veo la cara de una guapa mujer intentando decirme algo, pero siempre se diluye como si fuera un terrón de azúcar en un tazón de leche caliente. Nunca puedo alcanzarla.

 

    –¡Uuuuy!, me parece a mí que lo que necesitas es echarte novia –dijo socarronamente.

 

    –¡No estoy bromeando, Julius! –le recriminó a su amigo– Es algo que no puedo explicar, pero hay algo... no sé... es como una extraña sensación que me lleva a pensar que hay algo más en todo esto. Es como si alguien estuviera intentando comunicarse conmigo –concluyó mientras se acercaba a la ventana–. Y esa tormenta... ¿No la notas rara? ¿Has visto en tu vida una tormenta parecida?

 

    –Bylo, amigo mío, seamos realistas –contestó Julius con voz calmada–, estos dos últimos días han sido muy extraños y hemos estado en tensión por lo que le ha pasado a Gerald. Seguro que todas esas emociones han hecho que tu subconsciente cree esas pesadillas.

 

    –No, Julius –contestó Bylo, frustrado–, aquí hay algo más. Y si tú no estás dispuesto a creerme, será mejor que me vaya a mi cuarto. Olvida todo lo que te he contado.

 

    –No, Bylo, espera... Yo sólo quería... ¡Caray! Perdona –se disculpó Julius, ahora más despierto–. Nos conocemos desde siempre y sé cómo eres y cómo piensas, y sé que serías incapaz de inventarte una cosa así... ¡y mucho menos a las tres de la madrugada!

 

    –No sé qué hacer –dijo Bylo–. Estoy algo desorientado... ¡y asustado!

 

    –Podríamos contárselo al profesor Gibson –dijo Julius–, es un tío muy enrollado y muy listo, quizá él nos pueda decir algo que nos ayude a comprender el significado de tu sueño.

 

    –No, mejor, no –contestó Bylo–. Aunque se me ha ocurrido otra cosa. ¿Qué tal si me echo en tu cama y tú me vigilas? Creo que hablo en sueños, podría decir algo que nos dé una pista sobre lo que me está pasando.

 

    –Bueno, si eso es lo que deseas, lo haremos –dijo Julius mientras se estiraba–. Pero si me quedo dormido, luego no me eches la bronca, ¿vale?

 

    –Vale –respondió Bylo y, sin ningún tipo de prisa, se echó en la cama de su mejor amigo y se tapó.

 

    Julius se acercó al armario y sacó una manta de él, se la echó por encima, acercó una silla a la cabecera de la cama y se sentó en ella del revés, con los brazos apoyados en el respaldo de ésta. Pensó que si se sentaba en una silla en vez de tumbarse en la cama junto a Bylo, le sería más difícil quedarse dormido.

 

    –Pero más te vale que cojas el sueño enseguida, ¿eh? –dijo–, que yo no pienso cantarte una nana.

 

 

* * *

 

 

El relámpago fue ensordecedor, sin embargo, Delius ni se inmutó. Eran las cuatro menos veinte de la madrugada y el rector de la torre estaba pensativo frente a la ventana de su despacho. Desde allí podía ver perfectamente el Monte de los Dioses. Parecía que la tormenta se había concentrado allí, dispuesta a derribar aquel gigante de roca.

 

    Tras un largo rato de meditación, se quitó las gafas y se frotó los ojos. Se sentó frente a su mesa de estudio y sacó del primer cajón una hoja de papel. Después, untó su pluma de fénix en el bote de tinta y comenzó a escribir–. Espero estar haciendo lo correcto –se dijo con angustia.

 

 

* * *

 

 

    –¡Despierta, Bylo, despierta! –gritó Julius mientras abofeteaba con suavidad la cara de su amigo.

 

    –¿Qué… qué pasa? – preguntó Bylo, aún medio dormido.

 

    –¡Bylo, lo hemos conseguido! –dijo con tono triunfante Julius– ¡Creo que has dicho algo importante en tus sueños!

 

    –¿Ah, sí? –volvió a preguntar Bylo, desperezándose– ¿Y… y qué ha sido?

 

    –Has dicho muchas cosas, la mayoría sin sentido o ininteligibles –informó–. Sin embargo, ha habido cuatro o cinco veces que has nombrado el Monte de los Dioses –informó–. También has dicho "orar" o algo parecido.

 

    –¿El Monte de los Dioses? ¿Orar? –dijo Bylo, sorprendido– ¡No me digas que esa misteriosa mujer quiere que vaya a rezar al Monte de los Dioses!

 

    –Bueno, unas veces decías "orarlo", y otras "orulo", "ráculo" o algo así –confesó–. No sé, creo que era la misma palabra, pero dicha de diferentes maneras.

 

    –¡Oráculo! –exclamó Bylo tras unos segundos de reflexión– Podría ser el mítico Oráculo. No es más que una leyenda pero, según dice la gente, vive en esa montaña.

 

    –¿A sí? ¿Y qué es el Oráculo ese? -pregunto el alto muchacho mientras volvía a frotarse nuevamente los ojos.

 

    –Es un adivino... un profeta, o algo así –contestó Bylo–. Según dice la gente, es un monstruo de otro mundo. Y dicen que vive en ese monte.

 

    –Vaya… ¡un monte, una chica guapa y un monstruo! –dijo Julius–. Es como un cuento en el que un caballero tiene que rescatar a una hermosa princesa que está custodiada por un peligroso dragón, solo que, en vez de un dragón, hay un monstruo. Y, quizá, el valiente caballero seas tú –concluyó sarcásticamente.

 

    –No sé... Pero, después de todo, quizá tengas razón y deberíamos contárselo al profesor Gibson –dijo Bylo a la par que se estiraba–. Que él nos dé su opinión.

 

    –Se me ocurre una idea mejor –respondió Julius–. ¿Porqué no vamos nosotros mismos a ese monte y echamos un vistazo?

 

    –No sé… –dijo Bylo dubitativo–. No nos conocemos ese monte y podríamos perdernos con suma facilidad. Es una locur...

 

    –¡Venga ya, hombre! –le interrumpió Julius– ¿Dónde está ese Bylo sediento de aventuras que conozco? Además, ¿cuánto hace que no damos un "paseo" en condiciones?

 

    –Pero no sabemos lo que debemos buscar allí ni con qué nos vamos a encontrar –argumentó Bylo.

 

    –¡Y qué más da! –respondió Julius– De todas formas, si no vamos, nunca lo sabremos.

 

    –Bueno, está bien, iremos –contestó Bylo después de meditarlo unos segundos–. ¡Pero esta noche duermo en tu habitación!

 

 

* * *

 

 

Los primeros rayos de sol de la mañana se filtraban tímidamente a través de la ventana del despacho del rector. Duraron poco, pues los abundantes nubarrones que poblaban el cielo de Itsmoor rehusaban a cederles paso.

 

    –Ni rastro –afirmó rotundamente Reylis–. El circo de esos hermanos está limpio. Gibson ha venido conmigo y puede dar fe de ello.

 

    –Quizá, el hecho de que ese circo llegase a la ciudad prácticamente el mismo día que comenzó todo, tan sólo sea una simple coincidencia –razonó Delius mientras miraba por la ventana, dando la espalda a Goobard.

 

    –Por cierto, esos dos estúpidos hermanos, de buenas a primeras, se negaron a que registrara su circo –informó el fornido capitán–. Tuve que "persuadirles" con quitarles su licencia para que accedieran a ello.

 

    –Entonces, ¿podemos descartarlo? –preguntó Delius.

 

    –Sí –afirmó Goobard mientras cruzaba sus brazos, permaneciendo en una pose claramente militar.

 

    Tras unos instantes de meditación, Delius se volvió hacia el capitán. Tenía los ojos cerrados, los cuales, volvió a abrir tras inspirar profundamente.

 

    –Goobard –dijo el rector cambiando radicalmente de conversación–, mañana vendrá a la ciudad una pareja un tanto... peculiar. Un hombre y una mujer, posiblemente armados; pedirán audiencia conmigo. Quiero que tú, personalmente, les traigas hasta mí. –Reylis asintió con la cabeza –. Y, Goobard –continuó el rector con expresión seria–, intenta ser lo más discreto posible, por favor, no quisiera que nadie les reconociera y empezasen a circular ciertos rumores por la ciudad.

 

    –No se preocupe, rector –respondió Reylis–, se los traeré sin que nadie se entere de que han puesto un pie en Itsmoor.

 

    –Gracias –agradeció Delius.

 

    Reylis hizo una ligera reverencia con la cabeza y, dando media vuelta, salió del despacho del rector.

 

    –Espero que sepas lo que haces, Rasmus –dijo una voz masculina.

 

    –No tengo otra alternativa, Baltazar –respondió el rector–. Debo evitar que ese demonio abandone Itsmoor.

 

    –Ya conoces los métodos poco ortodoxos de esa gente –volvió a hablar la voz–. Si esos caza-demonios, o lo que sean, se ponen a perseguir a ese ser por toda la ciudad, acabará cundiendo el pánico entre los ciudadanos –concluyó saliendo de la habitación contigua.

 

    –Si ese es el precio que debe pagar esta ciudad por deshacernos de él –respondió el rector–, asumiremos ese sacrificio.

 

    –Pero, tú me contaste que el Oráculo dijo que no debíamos inmiscuirnos en lo que ampare el destino –dijo Baltazar.

 

    –Quizá esto sea lo que el destino busque de nosotros, viejo amigo –concluyó Delius.

 

 

* * *

 

 

El día amaneció nublado y la lluvia había cesado, pero unos oscuros nubarrones amenazaban con descargar el líquido elemento en cualquier momento.

Eran casi las ocho y los dos amigos ya se habían despertado.

 

    –No sé tú, pero yo he dormido a pierna suelta –dijo Julius dirigiéndose a su amigo.

 

    –Pues yo –contestó Bylo mientras se estiraba–, aunque no te lo creas, y a pesar de haber dormido en el sofá, también he dormido como un lirón.

 

    –Entonces, ¿ya no has vuelto a tener esas pesadillas? –preguntó Julius.

 

    –No. Y eso me da qué pensar –respondió Bylo mirando fijamente a su amigo–. Parece como si la mujer de mi pesadilla quisiera que fuese a esa montaña y la simple intención de ir haya colmado sus deseos.

 

    –No sé, es posible –dijo Julius mientras se rascaba la cabeza.

 

    –Bueno, yo no sé tú, estirao, pero yo me muero de hambre –confesó Bylo con aires renovados.

 

    –¡Ese es mi Bylo! –exclamó contento Julius.

 

    –Por cierto, no cuentes a nadie lo de esta noche –dijo Bylo–, ya sabes que la gente puede llegar a ser muy mal pensada.

 

    –¿Estás de broma? –contestó Julius– Ni de casualidad se lo contaría a nadie.

 

    –Otra cosa –continuó Bylo –. Nuestra inesperada "excursión" la realizaremos después del desayuno. ¿Estás de acuerdo?

 

    –Me parece bien –respondió el alto muchacho–. Dejaré preparado el equipo antes de bajar al comedor.

 

    –¡Ah, Julius! –exclamó Bylo como si de repente hubiera recordado algo importante– Y mantengamos este paseo a la montaña también en secreto, ¿vale?

 

    –¿Tampoco se lo decimos a Alana y a Gerald? –preguntó Julius.

 

    –De momento, no –respondió Bylo–. Cuando regresemos ya veremos lo que hacemos. No vaya a ser que vayamos en balde.

 

    –De acuerdo –contestó Julius–, me parece una buena decisión.

 

    –Pues me voy a dar una ducha rápida y te espero en el comedor –concluyó Bylo mientras abría la puerta de la habitación y miraba a ambos lados del pasillo.

 

 

* * *

 

 

En el Monte de los Dioses la temperatura era bastante más baja que en Itsmoor, pues una tupida niebla se había adueñado del lugar, lo cual acrecentaba su índice de humedad.

No obstante, el interior de la cueva del Oráculo (también llamada la Gruta del Destino) tenía un ambiente cálido gracias a una prácticamente imperceptible corriente de aire caliente que recorría su interior. Su origen era desconocido, pero estaba allí presente todos los años desde mediados de Septiembre hasta finales de Abril. Parecía como si la misma cueva se nutriese de la magia que flotaba en el aire de Ringworld y que la acumulase en su interior para usarla para sí misma; puede que ese fuese el motivo de que no funcionase la magia en la montaña, porque tal vez la montaña la absorbía.

 

    –¿Sabrá llegar hasta aquí? –preguntó Celine.

 

    –No te preocupes, hermana –contestó Irya–, su destino es encontrarme.

 

    –Pero el camino hasta aquí no es nada fácil –se quejó la huesuda mujer–, ¿y si se pierde o le pasa algo?

 

    –No hay de qué preocuparse –volvió a repetir el Oráculo–. Pero, si tanto te inquieta, puedes ir a su encuentro y mostrárselo tú misma.

 

    –Quizá lo haga –respondió algo molesta por el comentario de su hermana.

 

    –Quizá, hacerlo sea lo más adecuado –dijo la enigmática mujer tras la cortina.

 

    –¿Seguro que es él? –siguió preguntando– ¿Un simple niño?

 

    –El destino le ha elegido –respondió Irya contundentemente.

 

    –Pero… ¡es un crío! –volvió a quejarse– ¿Cómo es posible que recaiga sobre un niño tanta responsabilidad? No está preparado.

 

    –Con quince años tiene la edad suficiente como para comenzar a prepararse –contestó Irya segura de sí misma–. Y, aunque el camino sea largo, lo estará cuando sea necesario.

 

    –Y, ¿qué piensas contarle? –preguntó Celine.

 

    –Todo lo que necesite saber, hermana –contestó el Oráculo–, todo y sólo lo que necesite saber.

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