Rings of Magic: Book 1 (Capítulo 5)

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Rings of Magic: Book 1 - Portada

La enfermería estaba formada por un pequeño hall que daba acceso a tres puertas. La puerta de la izquierda servía como almacén en donde se guardaba material médico y plantas medicinales de todo tipo. La de la derecha daba acceso a una sala de estar destinada a los clérigos de la enfermería; en ella se encontraban los clérigos que tenían turno de guardia. La puerta central, de doble hoja, daba paso a un largo pasillo con veinte habitaciones numeradas, diez a cada lado; en la pared de la izquierda se encontraban las habitaciones impares, y en la derecha, las pares. Una mesa de información presidía el hall justo a la izquierda de la doble puerta que daba entrada a dicho pasillo; en ella se encontraba una mujer cuarentona con gafas, la cual era la encargada de organizar todo el papeleo y de controlar quién entraba y salía de allí.

 

    –Buenas tardes, rector –saludó educadamente la mujer.

 

    –Buenas tardes, Gloria –dijo Delius correspondiendo al saludo–. Por favor, ¿podrías indicarnos en qué habitación se encuentra nuestro "huésped"? –preguntó.

 

    –Si se refiere al anciano que han traído esta mañana –contestó–, ha sido llevado a la habitación número 4.

 

    –Perfecto –dijo, complaciente, el rector–. Muchas gracias, Gloria.

 

    En el mismo instante en que entraban en el pasillo, un clérigo salió de la habitación número 4, saludó con una ligera reverencia de cabeza a los visitantes y se apartó a un lado dejando la entrada libre.

 

    –Después de ti, Travis –dijo Delius cortésmente al joven profesor, señalando la habitación. Travis entró en primer lugar sin mediar palabra.

 

    La habitación, pese a no ser demasiado grande, parecía bastante espaciosa y estaba perfectamente equipada. En ella se encontraban una cama vestida con sábanas blancas, un armario de dos puertas para guardar la ropa, una pequeña mesa con un cuenco y una jarra con agua, y otro armario, éste más pequeño que el anterior, con medicamentos y material médico como vendas y varios frascos con plantas medicinales. También había una vetusta silla a la derecha de la cama.

 

    –¡Pero...! –dijo, atónito, el joven profesor al entrar y ver al anciano que estaba postrado en la cama– ¡No puede ser posible! ¿Es...?

 

    –Sí, lo es –dijo el rector interrumpiendo al profesor de magia de ataque–. No sabemos como ha podido ocurrir, pero este mediodía lo han encontrado entre los bancos de la iglesia –añadió–. Está inconsciente y, al parecer, en él no hay ni rastro de ese... ser. Pero para estar completamente seguros, ahí, mi buen amigo, es donde entras tú. Tu innata cualidad para sentir cosas del... "otro lado" será la prueba definitiva para cerciorarnos de ello.

 

    Gibson no necesitó más explicaciones, asintió con la cabeza y se acercó al lecho. Extendió ambas manos y las posó sobre el rostro del anciano que yacía en la cama. Inspiró profundamente, cerró los ojos y se concentró. Al cabo de unos segundos volvió a abrirlos.

 

    –Ni rastro –dijo–, este hombre está purificado. Sin embargo...

 

    –¿Sí? –preguntó el rector al ver que el profesor mostraba un atisbo de duda.

 

    – Por un instante me ha parecido sentir... –dijo mirando a un punto fijo en la nada– una presencia. Pero se ha esfumado.

 

    –Entonces, ¿no hay nada de qué preocuparnos? –preguntó Delius mirando fijamente al profesor.

 

    –No, rector, está purificado –volvió a repetir Travis.

 

    El rector bajó la cabeza, pensativo. Al cabo de unos segundos, volvió a levantarla y suspiró. Salió de la habitación seguido por Travis y se acercó al clérigo que estaba a cargo del anciano y que esperaba en el pasillo y conversaron durante unos instantes. Cuando terminaron, el rector hizo un leve gesto con la cabeza a Gibson y ambos salieron de la enfermería sin reparar en los jóvenes y vidriosos ojos que les observaban desde la habitación número 16.

 

 

* * *

 

 

Eran las seis y veinte de la tarde cuando llamaron a la puerta de la habitación de Julius. En ella se encontraba el grupo de amigos, incluida Darah. Hacía un rato que habían salido de la última clase y se habían reunido allí porque Julius pidió que fuera a él al que avisaran cuando hubiera noticias sobre la salud de su amigo.

 

    –Hola, chicos –dijo un muchacho un par de años más mayor que ellos. Rubio, perfectamente peinado y con una fina túnica celeste, para más señas–. Me han enviado de la enfermería para que os avise de que vuestro amigo está fuera de peligro y de que podéis pasar a verle. Ya está consciente.

 

    –¡Genial! –gritó Julius, que era el que había abierto la puerta.

 

    –¡Es una noticia estupenda! –coincidieron en decir ambas chicas.

 

    –¡Gracias por avisarnos, chaval! –dijo Bylo levantando los brazos.

 

    –¿En qué habitación está nuestro amigo? –preguntó Alana.

 

    –Uh... No me lo han dicho –contestó el rubio muchacho–. Pero, no os preocupéis, que os lo dirán cuando lleguéis allí. No tendréis ningún problema, pues hoy apenas hay gente en la enfermería.

 

    –Pues gracias de nuevo –volvió a repetir Julius entusiasmado.

 

    El muchacho se despidió con un gesto de su mano y Julius cerró la puerta. Se giró hacia el resto del grupo con una gran sonrisa dibujada en su cara, y se dispuso a decir algo, pero Bylo se le adelantó.

 

    –¿Qué tal si le hacemos una visita a cierta rata de biblioteca? –dijo Bylo, visiblemente contento por las buenas nuevas.

 

 

* * *

 

 

El despacho del rector Delius ocupaba una buena parte del último piso. Sus paredes estaban vestidas con estanterías repletas de libros y una gran mesa redonda con una reproducción a escala de Itsmoor presidía su centro. La pared norte albergaba una vitrina con puertas de cristal azulado y una mesa con toneladas de papeles. El despacho tenía tres puertas aparte de la de entrada; una comunicaba con los aposentos del rector, otra con un pequeño cuarto a modo de sala de lectura, y la tercera, la cual siempre estaba cerrada mágicamente, daba acceso al corazón de la torre. Dos grandes ventanas ojivales alimentaban de luz todo el conjunto.

 

    –¿Cómo ha podido suceder? –dijo el rector Delius–. ¿Cómo es posible que haya podido salir de su celda? ¿Dónde está ahora? –preguntó de nuevo–. Demasiadas preguntas y ninguna respuesta.

 

    Con él, reunidos en torno a la gran mesa central, se encontraban el profesor Gibson, la señora Mould y el capitán Reyllis, en pleno debate.

 

    –Es posible que después de todo este tiempo nuestro amigo haya, por fin, logrado acabar con ese diabólico ser –dijo el capitán Reylis–, que su parte humana haya vencido a su parte maligna. Era su misión. Al fin y al cabo, él mismo pidió su encierro para intentarlo.

 

    Goobard Reylis era el capitán y máximo responsable de la guardia de Itsmoor. Era un hombre fornido, de piel muy morena (al igual que su pelo) y con una respetable perilla adornando su cara. Se notaba que era un hombre que se había forjado en batalla; una cicatriz que recorría su mejilla izquierda, desde la oreja hasta la comisura de su boca, era prueba palpable de ello. Aunque su voz era ruda, sus modales estaban a la altura de los presentes. Vestía una casaca azul y una enorme espada se acomodada en la parte derecha de su cinturón. Bajo su brazo izquierdo sostenía un casco del mismo color que el resto del impoluto uniforme.

 

    –El Oráculo ya nos avisó de que esto llegaría a suceder, que ese espíritu demoníaco es prácticamente indestructible –objetó la señora Mould–. Y todos pensamos entonces que teniéndolo encerrado se acabarían nuestros problemas –añadió–. ¿Acaso pensábamos que se iban a arreglar solos? Y eso de dejar a un hombre encerrado... ¡Por favor! Yo, por supuesto, me negué, a pesar de que él lo pidiera. Aunque no se me hizo caso. Y también dije en su momento que había que buscar la forma de deshacernos de él, incluso poner todo Ringworld patas arriba si hiciera falta. ¡Y tampoco se me hizo caso! –dijo con cierto disgusto–. ¿Y ahora, qué?, ¿ha desaparecido así, por las buenas de la noche a la mañana? No, no... aquí hay algo más. No quisiera pensar mal, pero... –concluyó dejando la frase en el aire.

 

    La señora Mould era una mujer de unos cincuenta años. Era el enlace entre el Oráculo y el resto de los "mortales", pues nadie, excepto el Patriarca, el rector y un par de personas más, tenían permitido estar en su presencia. Era una mujer alta, de casi un metro ochenta, y muy huesuda. Su pelo, el cual ya empezaba a perder su negrura natural, era excesivamente corto, lo cual ocasionaba que muchas veces la gente la confundiese con un hombre.

 

    –Quizá tengas razón, Celine –dijo Delius–, y te pedimos disculpas por ello. Debimos haber actuado en su momento. Pero el caso es que ahora volvemos a tener el mismo problema y debemos hacer cualquier cosa para solventarlo definitivamente. Lo primero será no bajar la guardia, no sabemos lo que ha ocurrido, y si ese ser anda por ahí suelto vamos a tener un gravísimo problema. Ya sabéis lo que ocurrió antaño y lo que hizo antes de que lo capturásemos. Es extremadamente peligroso.

 

    –¿Y si el capitán Goobard tiene razón? ¿Y si ha muerto? –opinó el profesor Gibson–. Yo no lo sentí en el cuerpo del anciano.

 

    –Aún así –contestó el rector– debemos ser prudentes y estar preparados ante cualquier cosa. Como ya he dicho antes, no sabemos lo que ha ocurrido y, mientras se investiga, no debemos bajar la guardia y tomar las medidas oportunas.

 

    –La verdad es que sabemos bien poco de la naturaleza y poder de ese ser –dijo Celine–. Puede haber mutado, o puede que haya regresado al infierno del que salió, o puede estar aletargado o algo así dentro de su anfitrión.

 

    –Eso no puede ser, yo mismo me cercioré de ello. Está completamente limpio –alegó Gibson–. Aún así, comparto la opinión del rector, debemos estar vigilantes ante cualquier acontecimiento sospechoso.

 

    –Bien. Debemos actuar rápido. Para empezar, capitán –dijo el sabio rector dirigiéndose al capitán Goobard–, doble la guardia en la torre y ponga patrullas en la ciudad y, sobre todo, que no salga nadie de estas murallas sin una buena razón; quiero que cada persona que intente salir de estos anillos, esté totalmente controlada. Hay que evitar a toda costa que salga al exterior. Y tú, Travis, –continuó, esta vez dirigiéndose al joven profesor– te encargarás de comunicarle al director Resker de que quiero que el alumnado se entere de que el toque de queda será, a partir de ahora, dos horas antes. No quiero que ningún estudiante salga de su habitación pasadas las ocho. Y... quizá sea el momento de hacer una visita al Oráculo –concluyó mirando a la señora Mould.

 

 

* * *

 

 

El grupo de amigos no tardó ni cinco minutos en ponerse en camino hacia la enfermería.

Con Bylo y Julius en cabeza, la pandilla más Darah, se desplazaban por los pasillos de la torre con una sonrisa adornando sus caras en clara muestra de felicidad por las buenas nuevas recibidas.

 

    Al llegar al ascensor se encontraron con el profesor Gibson, el cual no parecía estar de muy buen humor, rasgo que, por otra parte, le caracterizaba.

 

    –Hola, profesor Gibson –saludó Bylo, secundado por el resto del grupo.

 

    –¡Ah...! Hola chicos. Buenas tardes –respondió éste, interrumpiendo sus pensamientos. ¿Qué tal está vuestro amigo? –preguntó– ¿Ya tenéis noticias de él?

 

    –¡Oh, sí! –dijo Julius respondiendo a la segunda pregunta–. Ya está bien. Ahora mismo vamos a verle a la enfermería.

 

    –¡Vaya, pues me alegro mucho! –contestó logrando esbozar una pequeña sonrisa–. Ya os dije que estaba en buenas manos.

 

    –Sí. –dijo esta vez Alana–. Estamos muy contentos.

 

    –¿Y ya sabéis qué mal tenía o lo que le ocurrió? –preguntó el joven profesor mientras se apartaba un mechón de pelo de la cara.

 

    –Pues esperamos que nos lo digan cuando lleguemos a la enfermería –respondió Bylo–, porque lo único que sabemos es que estuvo medio día desaparecido y cuando lo encontramos entrando en la biblioteca no podía sostenerse en pie.

 

    –Quizá estuvo haciendo ejercicio –dijo Travis mientras subían todos en el ascensor– y que le dio un mareo o algo parecido. Suele ocurrir.

 

    –Es posible –dijo Bylo–, porque estaba totalmente fuera de combate. Bueno, nosotros nos apeamos aquí, profesor –informó cuando el ascensor hubo alcanzado la primera planta.

 

    –Pues, hasta luego, chicos –se despidió Gibson–. Y me alegro de la mejoría de vuestro amigo. ¡Ah!, por cierto –añadió, subiendo el tono de voz, pues el grupo ya había descendido del ascensor y éste continuaba su camino–,  a partir de hoy, el toque de queda será a las ocho en vez de las diez.

 

    –¿He oído bien? –preguntó Alana– ¿Qué el toque de queda será a las ocho?

 

    –Pues eso parece ser –respondió Julius frunciendo el ceño.

 

    –¡Va, no seáis tan quejicas! –dijo Bylo mientras abría la puerta de la enfermería–, al fin y al cabo, a nosotros nos da igual.

 

    Dentro reinaba un silencio sepulcral que, de vez en cuando, rompía el golpe de una pluma en un tintero de cristal o el pasar de hojas, ambos producidos por la mujer que presidía el mostrador.

 

    –¡Hola, Gloria! –saludaron alegremente, y al unísono, Bylo y Julius.

 

    –¡Hola, pequeños diablillos! –saludó la simpática recepcionista–. ¡Vaya, hay que ver cómo habéis crecido en estos últimos meses, estáis hechos unos hombretones! –exclamó contenta.

 

    Gloria y los chicos ya se conocían desde hacía bastante tiempo; habían hecho muy buenas migas de tantas veces que éstos habían visitado la enfermería. Con tantas trastadas que hacían no era nada raro encontrarles allí cada dos por tres. Pero, desde hacía una temporada, parece ser que a los chicos les había entrado un poco el conocimiento y la responsabilidad.

 

    –Gloria –dijo Bylo apoyándose en la mesa de información–, tienes aquí a un amigo nuestro. Es de nuestra edad, rubio...

 

    –No hace falta que me digas más –le interrumpió Gloria –. Hoy sólo tengo a un chaval y a un viejecito, por lo que no creo que haya ninguna duda de a quien venís a ver. Pero, ya sabéis que sólo se admiten dos personas por habitación –dijo–, y sois cuatro.

 

    –Porfa, Gloria –dijo Julius poniendo cara de niño bueno–. Nos portaremos bien, te doy mi palabra. Y, además, estaremos poco rato.

 

    –Sí, Gloria, por favor –dijo Bylo uniéndose a la súplica–. Hazlo por los viejos tiempos.

 

    –Bueno, está bien –respondió la mujer, cediendo con facilidad–. Desde luego, ¡sabéis muy bien como camelarme! Pero no alborotéis, ¿vale?

 

    –Te lo prometemos, Gloria –dijo Bylo poniendo la mano sobre su pecho–, nuestra conducta será intachable. Ya sabes que somos buenos chicos.

 

    –Sí, ya... por eso habéis acabado tantas veces aquí –dijo la mujer entre risas–. Lo encontraréis en la habitación número 16 –les indicó.

 

    –¡Gracias, guapetona! –dijo Bylo mientras le guiñaba un ojo a la sonriente recepcionista.

 

    –Eres estupenda, Gloria –añadió Julius echándole un beso con la mano.

 

    –Anda, entrad, bobos –dijo Gloria regalándoles una gran sonrisa–, vais a conseguir sacarme los colores.

 

    Entre risas, Bylo abrió la doble puerta que daba paso a las habitaciones y entró por ella seguido del resto del grupo. Desfilaron en silencio por el largo pasillo hasta alcanzar la puerta número 16.

 

    Bylo abrió la puerta y entró en primer lugar–. ¿Cómo está mi empollón favorito? –dijo con una gran sonrisa adornando su cara.

 

    –Pero... ¡¿dónde puñetas está?! –exclamó– ¡Aquí no hay nadie!

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