Hablemos del punto de vista

Meterse con un tema como el punto de vista es bastante complicado.

Ensayo una comparación: andar en bicicleta es avanzar haciendo equilibrio sobre un artefacto que posee dos ruedas en una misma línea.

Notarán que, si bien es cierta, la declaración anterior es insuficiente.

 

Con el punto de vista pasa algo similar, podemos buscarle mil definiciones y etiquetas, pero —en última instancia— es una especie de Triángulo de las Bermudas con el lector, el autor y el narrador como vértices.

 

Tanto como para fijar un comienzo, diré que:

 

El punto de vista es el lugar desde donde se mira

 

El punto de vista abarca elementos disímiles pero interconectados entre sí como el tono, la verosimilitud, la distancia, etc. Para complicar más las cosas cada cuento parece establecer sus propias pautas.

El punto de vista es un problema que agita a los escritores. Y no sólo a los noveles: pueden detectarse “patinadas” en autores de fuste.

¿Qué es lo que sucede? Y, ya que hablé de patinadas, ¿por qué es un tema tan resbaloso?

 

El error aparece cuando se confunde al autor con el narrador: el primero le “sopla” datos al otro. Datos que debería omitir.

Pero no nos apuremos.

Lo primero que debemos hacer es determinar quién cuenta la historia.

 

1) ¿Es un narrador hablando en tercera persona?

Marcelo salió al jardín. Abelardo le hizo señas con un vaso en la mano.

 

2) ¿Es un narrador hablando en segunda persona?

Has salido al jardín. Abelardo te hizo señas con un vaso en la mano.

 

3) ¿Es un personaje, hablando en primera persona?

Salí al jardín. Abelardo me hizo señas con un vaso en la mano.

 

1)Tercera persona

¡Ay, esta tercera persona! ¿Cuánto sabe? Hay toda una gama de saberes posibles y las divisiones son un pelín subjetivas.

Partamos del narrador omnisciente (cuántos pecados se cometen en tu nombre). Es el que sabe todo: sabe qué hacen, qué piensan, y qué sienten los personajes.

Tantos conocimientos suelen marearlo. Habla de lo que piensa Josefina, mientras prepara unos huevos revueltos y, por la ventana, espía a su tío Ceferino. De pronto, mezcla un pensamiento de Ceferino, que corta una rosa en el jardín, y vuelve a Josefina.

Josefina batía la mezcla en la sartén. Su mente volaba hacia años más felices, cuando Ceferino aún no se había convertido en un viejo gruñón. Lo espió por la ventana: el viejo se encontraba feliz por el día soleado. Josefina observó que cortaba la última rosa de la temporada.

¡Esto no es omnisciencia, voto a bríos! ¡Es magia! ¿Cómo supo Josefina que el tío Ceferino “se encontraba feliz”?

Probemos de nuevo:

Josefina batía la mezcla en la sartén. Su mente volaba hacia años más felices, cuando Ceferino no se había convertido en un viejo gruñón. Lo espió por la ventana: la expresión del viejo se le antojó feliz, quizá por el día soleado. Observó que cortaba la última rosa de la temporada.

¿Se nota la diferencia?

 

Pasemos al narrador omnisciente-limitado.  Es el que sabe una parte sobre qué hacen, qué piensan, y qué sienten los personajes. Pero no lo sabe todo.

Josefina batía la mezcla en la sartén. Su mente volaba hacia años más felices, cuando Ceferino aún no se había convertido en un viejo gruñón. Lo espió por la ventana: observó que, con una sonrisa, cortaba la última rosa de la temporada.

Demos otro paso: puede esconder hasta sus propios mecanismos internos, limitándose a hablar de las acciones. Es el narrador objetivo.

Josefina batía la mezcla en la sartén. El reflejo en la ventana le devolvió su gesto ceñudo. Más allá del vidrio, observó a su tío Ceferino: con una sonrisa, cortaba la última rosa de la temporada.

Si nos desplazamos desde el narrador omnisciente hasta el narrador objetivo, vamos ajustando la visión a las cosas y hechos, prescindiendo de las ideas.

 

2) Segunda persona

Es difícil mantener la atención del lector con un bombardeo de “tú sales” y “tú piensas”. Mi ejemplo favorito es Aura de Carlos Fuentes. Es una narración en 1ª persona, disimulada tras esa 2ª. Puede ser interesante como escritura experimental, ya que el lector se convierte en un personaje al que le es narrada la historia, incluso se le “indican” sus acciones y sentimientos.

Te levantas a la mañana, las piernas te pesan después de la borrachera. El espejo te muestra un tipo ojeroso y con lagañas. Decides darte una ducha helada antes de prepararte el café.

* No hay que confundir la narración en segunda persona con el diálogo entre los personajes.

Te levantas a la mañana —le dijo Bobby, y se pasó una mano por la frente—, las piernas te pesan después de la borrachera. El espejo —continuó—te muestra un tipo ojeroso y con lagañas. Decides darte una ducha helada antes de prepararte el café.

 

3) Primera persona

Aquí, el hablante es un personaje. Puede ser el protagonista, un testigo o un narrador periférico. Adolece de todas las limitaciones de una persona: no puede horadar el cerebro de los otros personajes, apenas imaginar qué piensan o deducirlo por las acciones que realicen. A menos que se trate de Nostradamus (y ni así), no puede predecir el futuro, o puede hacerlo y equivocarse como cualquier hijo de vecino. Dependerá de la intención del autor el volverlo un ser creíble o un farsante.

Con el narrador protagonista toda la historia gira en torno a él, es el centro de la acción. La historia es su historia.

Avancé tanteando la pared del corredor. “Es la tercera puerta”, me había dicho Esteban. “Detrás, se encuentra una escalera de piedra”. Abrí la puerta indicada, y un vaho húmedo me envolvió.

 

Un buen narrador testigo es el Doctor Watson, que nos cuenta las aventuras de su brillante amigo, Sherlock Holmes.

Uno menos brillante es Marcelo Toothman:

Conocí a Benito Lazarte en el único hotel del pueblo de Pellegrini. Se presentó sólo, ofreciéndome un café en el bar. [...] Era un hombrecito muy delgado, enclenque. Cabello ralo, que debía haber sido rubio y ojos de un celeste desvaído.

 

Un caso particular de narrador en primera persona.

El narrador testigo habla en plural. En ese caso, “el testigo” es una comunidad o un grupo.

Salimos en busca de O’Hara. Dejamos el bar desierto: hasta Rob se vino con el viejo Winchester bajo el brazo. O’Hara nos esperaba en el lindero del pueblo: recostado contra la pared del establo de Ned fumaba tranquilo, como si nada pasara.

Eso nos enfureció aún más.

 

Bien, por estas alturas ya determinamos quién cuenta la historia. Sólo nos falta un detallito: ¿A quién se la cuenta?

Por una convención, se le narra a un lector ideal. Ese lector ideal es bastante menos “ideal” de lo que suponemos.

Caminamos sobre hielo muy, muy, frágil.

Para cada autor existe un lector imaginario que comparte muchas de sus ideas y vivencias. Por eso es difícil universalizar la historia, hacer que trascienda nuestro círculo más cercano y pueda llegar a conmover a un esquimal (en el caso de los autores esquimales, funciona a la inversa).

Por lo pronto, se asume que ese tipo que lee es, justamente, alguien acostumbrado a leer; que capta las citas y las elipsis, y que habla el mismo “lenguaje” del escritor. Aunque sea en otro idioma.

Recuerden el principio de The Catcher in the Rye, de J. D. Salinger, y cómo nos implica desde el primer, intenso, párrafo; digo yo, y asumo que ustedes —mis lectores ideales— lo han leído.

Si no es así, aquí les va el comienzo:

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales.

 

¿Se puede narrar a “otro”?

Sí, se puede. De hecho, Scherezade narró sus historias al Sultán todas las noches, “hasta que la mañana cortó el hilo de sus encantadoras palabras”. Y, ya que me puse Milyunanochesco: hay allí narraciones en que un personaje narra un cuento, donde un personaje narra un cuento, donde un personaje narra un cuento. En ese caso, las historias van resolviéndose de “adentro hacia afuera” del mismo modo que la extracción de paréntesis en una fórmula matemática (aquí, mis lectores ideales deben consultar sus libros de 5° grado).

En este tipo de narración, el lector es un voyeur, alguien que escucha las conversaciones detrás de la puerta.

 

Hay bastante más que decir sobre le punto de vista y sus misterios: Tono, vocabulario, etc.

En este punto, Oscar dejó de desgranar sus hechiceras palabras, y sus sufridos lectores ideales volvieron a ser seres de carne y hueso.

Buenas noches.

Comentarios

La exposición somera que

Imagen de Geli

La exposición somera que haces de un tema tan vasto resulta muy educativa. Yo, como escritora principiante, tengo serios problemas con el narrador omnisciente. Después de leer tu nota, sé que a la hora de sentarme a escribir lo tendré presente y me esforzaré por evitar errores del tipo: Lo espió por la ventana: el viejo se encontraba feliz por el día soleado. Otra cosa es que lo consiga.

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Geli

Cuando te pones por primera

Imagen de Oscar

Cuando te pones por primera vez al volante de un coche tienes que "recordar" un montón de acciones; algunas en secuencia y otras simultáneas. Con el tiempo las realizas de manera automática. Es cuestión de ejercicio. Risa

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