Rings of Magic: Book 1 (Capítulo 14)

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Rings of Magic: Book 1 - Portada

–¡Sé que estás ahí escondido, te he visto! –dijo el hombre del árbol–. Venga, hombre, no seas así, ayúdame a bajar de aquí –volvió a decir el hombre, más, ningún componente del grupo se movió del sitio. Esperó un largo minuto–. Venga, por favor, no te haré daño, soy un tipo pacífico.

 

    –¿Por qué estás ahí atado? –preguntó Alana poniéndose en pie.

 

    –Oh, vaya, eres... una chica –dijo, decepcionado, el hombre.

 

    –Sí, lo soy –dijo Alana indignada–. Pero si piensas que una chica no puede ayudarte...

 

    –¡No, no! –exclamó el hombre al ver que la pelirroja muchacha se daba la media vuelta– ¡Espera! Yo no... Perdona, no era mi intención ser maleducado. Yo sólo...  ¡Vaya! Estar aquí colgado no es demasiado agradable, ¿sabes?

 

    –Aún no has contestado mi pregunta –le recordó Alana.

 

    –¡Ah!, perdona. Creo que no hace falta ser muy listo para saber que te refieres a la razón de por qué estoy en esta situación, colgado cabeza abajo como un murciélago, ¿verdad? –dijo soltando una breve risa. Y, tras titubear un instante, respondió–. Unos ladrones me asaltaron anoche mientras dormía. Se llevaron mi caballo y todas mis pertenencias –dijo.

 

    –¿Y cómo sé que no eres tú el ladrón y que has sido atado ahí por tus fechorías? –preguntó, desconfiada, la pálida muchacha.

 

    –¡Por favor, me ofendes pensando así de mí! Yo no te he preguntado que qué hace una muchachita como tú por estos lares sola –se quejó el hombre, indignado–. Tendrás que fiarte de mi pal...

 

    –¡Ya basta! –gritó Celine interrumpiendo la conversación. Julius y Bylo también salieron de su escondite– ¡Estamos perdiendo demasiado tiempo con este individuo!

 

    –Pero, ¿y si no miente? ¿Y, si es verdad que le han asaltado? –alegó Alana– No me gustaría tener remordimientos el resto de mi vida pensando que he dejado a su suerte a un hombre porque tenía dudas acerca de su inocencia.

 

    –No nos concierne –volvió a decir fríamente la delgada mujer.

 

    –Yo estoy con Alana –dijo Bylo–. No podemos dejarle ahí colgado.

 

    –Yo opino lo mismo –le secundó Julius–. De todas formas, como no sabemos quién ni qué es, podemos bajarle, pero dejándole las manos atadas.

 

    –¡Lo dejaremos donde está! –dijo secamente la mujer– Aún nos quedan, como mínimo, dos jornadas para llegar a la torre y no podemos perder más tiempo ni estar continuamente mirando a nuestras espaldas. Este hombre no es de fiar.

 

    –¿Torre? ¿Os dirigís a la Torre del Agua? –preguntó el hombre.

 

     –Nadie ha dicho el nombre de la torre –alegó Bylo.

 

    –La única torre que está a poco más de un par de días a pie desde aquí es la Torre del Agua –informó–. Yendo a buen ritmo, claro está –puntualizó.

 

    –¿¡La torre de Agua!? ¿Vamos a la Torre del Agua? –preguntó ilusionado Julius– ¡Siempre he querido verla de cerca!

 

    –¡Vámonos! –dijo, irritada, Celine–. Sigamos nuestro camino.

 

    –¡No, no, esperad, esperad! –exclamó el hombre– Tenéis que saber algo importante: los droogs han destruido el puente que atravesaba la quebrada de Orhs. Yo... yo conozco otro camino. Incluso, ganaríais, por lo menos, un par de horas yendo por él. ¡Os puedo ayudar!

 

    –¡Odio a los droogs! –dijo Julius poniendo cara de asco.

 

    –¡Pero si tú nunca has visto un droog!? –dijo Alana.

 

    –¡Sí lo he visto! –replicó el muchacho, indignado– En una jaula de circo –respondió Julius–. Y te puedo asegurar que, con tan solo verlos, les coges manía. ¡Son repugnantes y huelen fatal!

 

    –¿¡Pero no me dijisteis que no os gustaba el circo!? –bramó la joven muchacha poniendo los brazos en jarra.

 

    –Err... bueno... es una historia muy larga –contestó Julius bajando la cabeza mientras Bylo le fulminaba con la mirada.

 

     –Ya hablaremos... –le advirtió la chica– ¿Lo podemos bajar, pues? –preguntó volviéndose hacia Celine.

 

    –Ya conoces mi respuesta –dijo ésta, altaneramente.

 

    –¿Tú conoces ese camino del que habla? –le preguntó Bylo, inquisitivo.

 

    –Lo más probable es que mienta. Es más, creo que todo lo que nos está diciendo es pura patraña, un embuste para que le liberemos –declaró fríamente la mujer–. Es un farsante.

 

    –No has contestado a mi pregunta –le reclamó Bylo–. ¿Existe ese camino?

 

    –Puede existir pero, como acabo de decir, nos está mintiendo –volvió a repetir–. Aunque los droogs son unos seres tan patéticos como rebeldes, no creo que sean tan estúpidos como para destruir el puente.

 

    –¡Ja! –rió el hombre– ¡No te crees ni tú lo que acabas de decir! Son mucho más estúpidos de lo que te imaginas, mujer. Y te puedo asegurar –continuó– que cuando lleguéis al puente y lo encontréis destrozado, perderéis más de un día en encontrar un camino que os lleve al otro lado. Si es que lo encontráis.

 

    –Sigo pensando que mientes para salvar tu miserable vida –respondió duramente la huesuda mujer.

 

    –Pues entonces, adelante, dejadme aquí para que me devoren las alimañas –respondió el hombre mientras movía la cabeza en un intento fallido de apartarse el pelo de la cara–. Tú, mujer, lo llevarás sobre tu conciencia.

 

    –Vamos, continuemos nuestro camino –ordenó Celine–, ya hemos perdido demasiado tiempo.

 

    –¡Yo no me muevo de aquí hasta que le bajemos! –dijo Bylo desafiante. Sus amigos le secundaron con un movimiento afirmativo de la cabeza. Celine no se paró, continuó caminando–. ¡Sería inhumano no hacerlo! –alegó el muchacho.

 

    –Adelante, mujer, sigue tu camino –le reprochó el hombre colgado–. Cuando llegues allí recordarás mi advertencia y te arrepentirás de no haber hecho caso de mis palabras.

 

    Celine se detuvo. Quedó pensativa durante unos instantes bajo la expectante mirada de los chicos y el hombre. Al fin, se dio la vuelta y, fiel a su forma de ser, habló brevemente– Nos acompañarás maniatado.

 

    –¡Bien! –aulló Julius levantando su puño en señal de victoria.

 

 

    El hombre estaba demasiado alto como para cortar la cuerda sin que éste se desnucara en la caída. Además, el trozo de cuerda que estaba amarrado al árbol era tan corto que no daba opción a sujetarla para poder bajarle, por lo que decidieron empalmar una de las cuerdas que llevaban en sus mochilas para poder descenderle suavemente. Mientras esto ocurría, Celine se apoyó en un árbol a contemplar la maniobra. Volvió a abrir su bolsa de piel y sacó un pellejo de agua, le dio un pequeño sorbo y volvió a guardarlo.

 

    Cuando el hombre llegó al suelo, Julius cortó la cuerda de sus pies, permitiéndole, de esa manera, caminar. El hombre se incorporó y se puso de pie. Su cabello era largo y, al igual que sus ojos, castaño. Una suave barba de dos o tres días cubría su cara. Su camisa estaba rasgada y dejaba entrever un pecho medianamente musculoso. De su espalda colgaban una vaina de espada y un carcaj de flechas, ambas vacías.

 

    –¡Gracias, gracias, pequeños! –comenzó a gritar dando pequeños saltos de alegría y mostrando su blanca dentadura– ¡Muchas gracias!

 

    –¿Podemos continuar, por favor? –dijo Celine tras separarse del árbol en el que estaba apoyada y comenzar a caminar– Esto ya comienza a ser patético.

 

    –Pero, ¿qué problema tiene esa mujer? –preguntó el hombre. Julius se encogió de hombros.

 

 

* * *

 

 

El sombrío grupo llegó a una destartalada cabaña. Rofus, armado con una pequeña ballesta, se acercó a la puerta y la abrió cuidadosamente. Entró con su arma por delante y la escudriñó. Tenía ante él una habitación espaciosa, a modo de salón, con tres puertas, una a la izquierda y dos a la derecha. Un hogar vestía la pared que tenía frente a él. Una mohosa mesa presidía el centro de la habitación, mientras que varias sillas yacían tiradas en varios puntos. De pronto, a su derecha percibió un crujido apenas inaudible y apuntó con su arma en esa dirección. Estuvo a punto de dispararle a Noran, el cual había entrado por la parte de atrás y salía de una de las habitaciones de ese lado de la cabaña. Éste, le hizo una señal con la cabeza y se encaminó a la habitación contigua. Rofus siguió su registro en la habitación de la pared opuesta.

 

    Noran salió de la habitación que acababa de registrar, la cual fue en su día la cocina, y regresó al salón. Rofus movió la cabeza de forma negativa.

 

    –¡Está abandonada! –gritó Noran asomándose por la puerta.

 

    Fungus, en silencio, acercó los caballos a la vieja cabaña y los ató a un poste. Acto seguido, se acercó a uno de ellos y cogió un venado que llevaba las patas atadas. Se lo cargó en sus anchos hombros y entró con él en la cabaña. Gerald también entró y, desde la puerta, echó un vistazo rápido a la estancia–. Perfecto –dijo. Se acercó a la mesa y, con un movimiento de su mano, quitó toda la porquería que había sobre ella. Sacó la bolsa de tela que con tanto celo guardaba bajo su ropa y vació su contenido sobre ella. Fungus depositó el pequeño venado, que no paraba de menearse, atemorizado, en un lado de la misma.

 

    Rofus salió de la cabaña y se aproximó al caballo de Noran. Sacó un cuenco de cobre algo mayor que el que, para desgracia del hermano Mathias, usaron con él y regresó al interior de la vetusta cabaña. Lo depositó sobre la mesa cerca de Gerald. Después, se alejó unos metros, levantó una polvorienta silla del suelo y se sentó en ella.

 

    –El fruto de un muerto –susurró Gerald mientras arrancaba la raíz de la Dremium eternum y la echaba en el cuenco–.  El néctar de los dioses –dijo a continuación, y vertió parte del pellejo de agua sagrada del monasterio–. Savia santa –dijo en un susurro mientras vaciaba el pequeño vial con la sangre del desafortunado monje.

 

    Acto seguido, Noran desenfundó el cuchillo de su bota, se lo dio a su maestro y sujetó con firmeza las  patas delanteras del joven venado mientras Fungus le mantenía estiradas las traseras. El muchacho, empuñando el cuchillo, lo hundió con determinación en el pecho del indefenso animal, el cual comenzó a emitir unos horribles chillidos de dolor mientras sangraba abundantemente. Poco a poco, Gerald fue abriendo el pecho del pobre venado hasta que su vista se topó con lo que andaba buscando. Levantó el brazo que tenía libre para zafarse de la molesta manga, después introdujo la mano  en el pecho del animal. Asió con fuerza el corazón del agonizante venado y tiró de él con la misma indiferencia que si estuviera arrancando una fruta de la rama de un árbol. Luego, lo depositó en cuenco–. Un alma libre –dijo con una diabólica mueca en su cara–. Ignium –dijo a continuación poniendo su mano a unos centímetros del cuenco, y de él salió una vivaz llama que en cuestión de segundos  convirtió su contenido en un irreconocible amasijo negruzco. Acto seguido, cogió la misteriosa caja que le había entregado Noran el día anterior, la abrió, y sacó de ella una brillante joya alargada de un color rojizo. La hundió en el contenido del humeante cuenco y recitó unas palabras–. Staob a da livium. Fleishe mortum reliviumen –aquella desagradable masa negruzca empezó a crepitar como si estuviese ardiendo, incluso comenzó a volverse líquida, un espeso líquido tan negro como el humo que desprendía. Pasados unos segundos, Gerald atravesó el humo con su mano y buscó en el interior del cuenco. La sacó con un objeto en su mano. Aquella extraña joya había tornado su cristalino color rojizo a un oscuro rojo sangre–.  Y un ejército se levantó para unirse a su causa –dijo victorioso contemplándola a trasluz.

 

 

* * *

 

 

El grupo lo encabezaba Celine, seguida a un par de metros por Bylo y Julius que, de tanto en tanto, echaban la mirada atrás hacia Alana y aquel extraño tipo, los cuales se habían quedado algo rezagados con respecto al grupo. Celine había dejado a Alana al cargo de aquel hombre por ser ella la que, desde el principio, había insistido en liberarle. El hombre seguía atado con las manos en la espalda y la guapa muchacha lo llevaba de una cuerda amarrada a éstas.

 

    –Oye, chica –dijo el hombre dirigiéndose a Alana– ¿Sois magos, verdad? Lo digo por los anillos...

 

    –Aprendices de mago –puntualizó–. Y, para tu información, no me llamo «chica», mi nombre es Alana.

 

    –Lo... siento... –se disculpó el hombre– Encantado de conocerte, Alana –dijo cortésmente cambiando el tono de voz–. El mío es Tyron.

 

    –Ya lo sabía –respondió la muchacha.

 

    –¿Cómo...? –comenzó a decir Tyron, pero se detuvo esbozando una gran sonrisa cuando recordó el pequeño tatuaje con su nombre que llevaba en el cuello– Tú también eres muy observadora, ¿eh? –dijo.

 

    –Herencia de mi abuela –contestó–. Otra más –dijo tirando de su mechón plateado ubicado en la parte derecha de su larga melena.

 

    –Bueno, ¿y qué se les ha perdido en la Torre del Agua a nada menos que cuatro magos? –preguntó el hombre– Esa gente no son nada hospitalarios, ¿sabes? –informó–. Es prácticamente imposible que te dejen entrar en ella. A no ser que seas un «cara pez», claro –dijo refiriéndose a los moradores de dicha torre.

 

    –No te puedo decir el motivo por el cual nos dirigimos allí –respondió Alana–. Pero te diré que es por algo muy importante. Y tú... –se paró a meditar lo que iba a decir a continuación– Los ladrones no suelen colgar a sus víctimas de un árbol.

 

    –Bueno... Ejem...  La verdad es que es una historia un tanto... singular –respondió–. Quizá te la cuente en otro momento.

 

    –¿Cuánto tiempo llevabas ahí arriba colgado? –preguntó la pálida muchacha.

 

    –¡Alto! –dijo repentinamente Celine. La mujer levantó la cabeza y la giró en todas direcciones olisqueando el aire, como si estuviese buscando la procedencia de algún olor–. Quedaos aquí –ordenó–. En silencio –puntualizó mirando a los chicos fijamente.

 

    La mujer avanzó unos treinta metros siguiendo su fino olfato. cruzó cuidadosamente un diminuto riachuelo de aguas tranquilas que apenas cubría hasta el tobillo y llegó a una pequeña formación rocosa. Allí, el olor se intensificaba de forma alarmante. Pegando su espalda a la pared de roca se asomó y pudo comprobar lo que se temía. Un pequeño grupo de droogs dormía placenteramente después de haberse dado un festín con una sarria. Eran cuatro en total. Dos de ellos estaban durmiendo, uno encima de las piernas del otro. El tercero, tenía sangre en uno de sus brazos y descansaba boca abajo junto a los restos del banquete. El cuarto, el de mayor tamaño, se había quedado dormido apoyado en un árbol con un trozo de carne entre sus manos, y también estaba herido; un trozo de flecha asomaba de uno de sus peludos brazos.

Desandó el camino recorrido y llegó hasta los chicos–. No podemos pasar por aquí –les dijo–. Tendremos que dar un pequeño rodeo.

 

    –Y eso, ¿por qué? –preguntó Bylo.

 

    –Droogs –respondió Tyron anticipándose a la mujer–. Yo también los he olido, aunque me ha costado bastante más que a ella percibir su olor –añadió.

 

    –Pero, ¿tan peligrosos son? –preguntó Alana– Por lo que habéis dicho antes, no parece que sean muy inteligentes.

 

    –Son unos zopencos irracionales, pero se vuelven muy violentos cuando están enfadados. ¡Y siempre lo están! –dijo Tyron– O sea, que yo diría que estamos en desventaja. Cuatro aprendices de mago y un hombre maniatado no son rival para ellos. Y, más, teniendo en cuenta que suelen ir en grupos de diez o doce –puntualizó.

 

    –Cuatro –informó Celine–. Y están durmiendo tras una gran roca.

 

    –¿Sólo cuatro? Eso es muy raro –dijo pensativo–. Pero, aún así, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo contigo, mujer. Será mejor evitarlos –dijo–. Estamos en sus dominios, y eso no creo que les haga mucha gracia.

 

    –Pues no perdamos más tiempo. Rodearemos sin hacer ruido la roca tras la que están –ordenó la escuálida mujer.

 

    –Eso es demasiado arriesgado –opinó el hombre–. Su olfato es incluso más agudo que el tuyo, nos descubrirían enseguida, aún estando dormidos. Deberíamos dar un rodeo de al menos cien metros. Y, si son doscientos, aún mejor.

 

    –Creo que Tyron tiene razón –dijo Alana–. Sería más seguro dar...

 

    –¿¡Tyron!? –rugió Celine interrumpiendo a la muchacha– Creo que le estás dando demasiada confianza a este individuo, señorita. El tiempo apremia, y si nos desviamos de nuestro camino perderemos un tiempo valiosísimo.

 

    –¡Pero por qué eres siempre tan cabezota! –estalló Julius visiblemente irritado– ¿Pero no ves que si pasam...?

 

    –¡A mí no me hables en ese tono de voz, muchachito! –le interrumpió la mujer– ¡Se hará lo que yo diga! –dijo, arrogante.

 

    –Celine, no quiero disculpar a mi amigo por hablarte así, pero creo que esta vez tiene razón –dijo Bylo–. Siempre te empeñas en que se haga lo que tú dices, aunque no sea la mejor opción. Sólo tenemos que pensar en una cosa: si esos droogs nos atacan o nos capturan perderemos muchísimo más tiempo que si damos un rodeo. No deberíamos tentar a la suerte.

 

    La mujer frunció el ceño y abrió la boca como si fuera a contestar, pero, en vez de eso, se quedó pensativa un instante– Por esta vez, vosotros ganáis –dijo al fin–. ¡Pero no penséis que siempre os vais a salir con la vuestra! –advirtió.

 

 

Los tres chicos y el hombre, comandados siempre por Celine, se habían distanciado lo suficiente del lugar en donde se encontraban los temidos droogs. Tras un largo paseo llegaron al puente de la quebrada de Orsh y, en efecto, era imposible pasar por allí. Los droogs habían cortado las cuerdas que lo sujetaban al lado en que se encontraban, y éste se hallaba colgando semi-destrozado en el lado opuesto.

 

    –Tyron decía la verdad –dijo Julius señalando el puente–, esos cabezas huecas se lo han cargado.

 

    –Ahora, cumple tu palabra –dijo Celine volviéndose hacia el hombre–. Muéstranos el camino que nos permitirá llegar al otro lado.

 

    –Eso haré... ¡cuando me desatéis! –exigió.

 

    –Te dije que vendrías con nosotros maniatado –respondió la delgada mujer.

 

    –Con las manos atadas no podré defenderme –alegó Tyron–. Y os aseguro que tendremos que hacerlo.

 

    –¡Un momento! –exclamó Julius– ¿Quieres decir que el camino es peligroso?

 

    –¡Hey!, yo, en ningún momento dije que fuera fácil –respondió.

 

    –No cambiaré de opinión –se mantuvo firme Celine–. Seguirás con las manos atadas a la... –de pronto, arrugó la nariz. Giró en rededor y, como la vez anterior, olisqueó el aire en busca de aquel nauseabundo hedor. Al final, se dirigió hacia un lado del camino y entre la maleza encontró el origen de aquel hedor que hería su nariz. Cuatro droogs yacían en el suelo. En dos de ellos, profundos cortes delataban que una espada había hecho su mortífero trabajo. El tercero llevaba un horrible orificio en su pecho, tan negro que parecía como si le hubieran quemado con una antorcha. Un cuarto cadáver tenía la cabeza cercenada y multitud de heridas, como si se hubieran cebado con él.

 

    –No me extraña que estuvieran cabreados e hicieran eso con el puente. Alguien les atacó y, posiblemente, cortaron el puente para que no volvieran a hacerlo –dijo Tyron acercándose por detrás de la mujer–. Ya me parecía a mí raro que sólo hubiera cuatro droogs en ese grupo que encontraste.

 

    –Pues, si las cuentas no me fallan –dijo Alana–, cuatro que hemos dejado atrás, más estos otros cuatro, suman ocho. Lo que quiere decir que si van en grupos de diez, aún quedan un par más por ahí.

 

    –Los que había en esa especie de campamento estaban heridos –confesó Celine–, como si acabaran de librar una batalla.

 

    –Huellas de caballos –dijo Tyron, el cual se encontraba en cuclillas cerca de donde estaba el puente–. Cuatro jinetes.

 

    –¿Soldados de Itsmoor? –preguntó Bylo agachándose junto a él.

 

    –Desde luego, haces unas preguntas... –bufó Julius cruzando los brazos–. ¡Como si con unas simples huellas se supiera de donde vienen!

 

    –No eran soldados de Itsmoor –declaró Tyron.

 

    –Pero, ¿cómo...? –dijo Julius perplejo.

 

    –Estos caballos llevan herraduras especiales –le cortó el hombre–. Si os fijáis bien, veréis que cada una de ellas tiene nueve pequeños agujeros. Estas herraduras se usan en las baldías tierras del sur, más concretamente en Kaldia, ya que dan mejor sujeción al animal –explicó.

 

    –Eso está en las inmediaciones de la Torre de Fuego –musitó Celine pensativa.

 

    –Venga, continuemos –dijo Julius dando un par de palmadas–, que a este paso se nos va a hacer de noche. Y si hay más bichos de esos por aquí sueltos, me gustaría alejarme cuanto antes de este lugar.

 

    –Yo no me muevo del sitio si no me desatáis las manos –amenazó de nuevo Tyron.

 

    –Mi decisión es inapelable –dijo Celine.

 

    –Como gustes –respondió Tyron, sentándose en el suelo, muy seguro de sí mismo–. ¡Que tengáis suerte!

 

    –De acuerdo, tú lo has querido así –dijo Celine–. Te dejaré atado a un árbol. Tal vez a los droogs les des pena y no se ensañen demasiado contigo.

 

    –¡Eh, eh, tampoco hay que ponerse así! –dijo el hombre poniéndose rápidamente en pie con una agilidad pasmosa.

 

    –Sabía que mis argumentos te convencerían –dijo la huesuda mujer esbozando una pérfida sonrisa.

 

 

* * *

 

 

Gerald, junto con Noran, comandaban el grupo. Cuatro o cinco metros por detrás iban dos hombres que se habían unido a ellos, de los cuales, uno cubría su cabeza con un casco de batalla. El otro, totalmente vestido de negro, llevaba la cabeza cubierta por una capucha. A continuación, iba Rofus tirando con su caballo de una cuerda que llevaba tres droogs en fila, maniatados. Fungus iba en último lugar y, de vez en cuando, tenía que actuar con mano dura para evitar que los droogs se hicieran el remolón.

 

    –¡Más deprisa, engendro! –gritó Fungus a la par que, desde su caballo, propinaba una patada en el hombro al exhausto droog. Éste, le devolvió una mirada asesina.

 

    –¿Falta mucho para llegar a esa cueva, maestro? –preguntó Noran.

 

    –Antes del anochecer estaremos allí –respondió el rubio muchacho–. El momento ideal para llevar a cabo mi trabajo.

 

    –Aún no sé como vamos a convertir a esos droogs en soldados –dijo Noran desconfiado– No son, ni jamás lo serán, disciplinados. Sólo tienen rabia en sus venas. Además, son demasiado débiles, cualquier soldado de Ringworld acabaría con ellos en un abrir y cerrar de ojos –añadió.

 

    –Ten fe en tu maestro, Noran –respondió Gerald con voz suave mientras acariciaba la crin de su caballo–. Esta noche serán los primeros soldados de un ejército invencible.

 

 

–¿Cómo llevas tu herida, Roel? –preguntó Fungus al hombre con aspecto de guerrero.

 

    –¡Malditas bestias asquerosas! –tronó el hombre tocándose el brazo izquierdo– ¡Cómo disfruté cortándole la cabeza al me mordió! –añadió poniendo una expresión cercana a la demencia–. Aunque, lo que más me duele es que alguno de esos descerebrados me robara una de mis «niñas» –dijo señalando una espada cruzada en su espalda.

 

    –Al menos, tenías a tu lado a Bastiran –dijo el tuerto–. Gracias a su magia, tu herida dejó de sangrar.

 

     –Ya –contestó escuetamente echando un escupitajo al suelo.

 

    –Y además, esos estúpidos droogs nos hicieron un favor derribando ese puente –dijo Fungus con cierto júbilo–. Ahora, los soldados de Itsmoor perderán bastante tiempo en arreglarlo o en encontrar otro camino para llegar a este lado.

 

    –¡Sabes de sobra que hay uno, hermano! –gritó Rofus desde atrás–. Pero dudo de que tengan las agallas suficientes para atravesarlo –añadió socarronamente.

 

    –El Paso del Aguijón –corroboró Fungus.

 

 

* * *

 

 

Es aquí –dijo Tyron–. Apartad esas ramas –ordenó.

 

    Julius y Bylo comenzaron a quitar las ramas que el hombre les había dicho. Era casi mediodía y el cielo estaba completamente despejado. Cuando hubieron limpiado la zona, encontraron la entrada a una cueva. Una gran cantidad de polvorientas telarañas la cubrían.

 

    –¿Una cueva nos va a conducir al otro lado? –preguntó Bylo receloso.

 

    –Esta cueva atraviesa ese gran arco rocoso que une ambos lados –respondió Tyron–. Y, antes de que me lo preguntéis, no, no se puede atravesar sobre él, ya que al otro lado, la pared, aparte de ser casi totalmente lisa, está demasiado lejos de la cornisa –puntualizó–. Se puede ver desde aquí.

 

    –Tyron, ¿has estado alguna vez en la cueva? –preguntó Bylo tras comprobar que el hombre estaba en lo cierto.

 

    –¡Ni loco! –exclamó– Sé de su existencia por cierto amigo que tuve en Verdier. Me contó varias cosas sobre ella, ¡y ninguna buena! Así que, ¿por qué no me desatáis las manos?

 

    –¿Otra vez estamos con lo mismo? –replicó Celine– Ya hemos hablado de eso, y ya sabes mi respuesta.

 

    –Pues, por lo menos hagamos unas lanzas para defendernos –propuso–. Según mi amigo, terribles peligros aguardan en su interior.

 

    –A saber con qué tipo de gente te juntas –dijo Celine–. Seguro que sería algún borracho o mendigo.

 

    –¡Oye! ¿Con qué derecho insultas a mis amistades? –se quejó el hombre–. Aunque, para serte sincero, aquella noche que me lo contó estaba como una cuba –confesó.

 

     –¡Pues no hay más que hablar! –tronó la mujer– No perderemos más tiempo.

 

    –Por favor, hacedme caso –dijo con tono sosegado mirando uno por uno a los componentes del grupo–. No podemos entrar ahí dentro desarmados. Mi amigo era un borracho, ¡pero no un loco!

 

    –Quizá tenga razón, Celine –dijo Bylo–. No nos llevará mucho tiempo fabricarnos unas lanzas. Además, no sabemos qué podemos encontrarnos en esa cueva.

 

    –Tenéis diez minutos –dijo con voz autoritaria la huesuda mujer tras titubear un instante.

 

    Los chicos buscaron entre la maleza ramas lo suficientemente largas y resistentes como para poder ser usadas como arma. Julius sacó su oxidado cuchillo y comenzó a afilar las puntas de las ramas que le traían sus amigos.

 

    –¡Diantres! –exclamó Bylo tras unos arbustos.

 

    –Qué ocurre, Bylo –le preguntó Alana preocupada.

 

    –¡Mirad lo que he encontrado! –dijo levantando sobre su cabeza una espada de forma ligeramente curva.

 

    –¡Ostras, que preciosidad! –dijo Julius atónito al contemplar la magnífica espada que Bylo acababa de encontrar.

 

    –Yo la guardaré –dijo Celine tras aparecer detrás del muchacho y arrebatársela de las manos.

 

    –¡No! –gritó Bylo molesto.

 

    –¡La guardaré yo! –repitió la mujer–. Es un objeto demasiado peligroso como para que lo use un muchacho –expuso–. Además, es demasiado grande como para que un chico de tu envergadura pueda blandirla correctamente.

 

    –Pero yo... –comenzó a decir Bylo.

 

    –¡Basta! –le interrumpió violentamente la mujer– Sólo la usaremos en caso de emergencia –dijo mientras regresaba a la entrada de la cueva–. ¡Os quedan dos minutos! –les recordó.

 

    –Borde –musitó Julius.

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Comentarios

Doorstein, siguiendo tu

Imagen de Oscar

Doorstein, siguiendo tu comentario me salté los capítulos intermedios y leí este. A pesar de lo que dices, no hallé una evolución en la escritura: sigue plagada de lugares comunes y repeticiones.

Yo te sugiero que aproveches Borradores, tomes el primer capítulo y trabajes en él a fondo. No estarás solo, cada uno de nosotros te acompañará con comentarios y observaciones.

Una vez que hayas pulido ese segmento, tú mismo encontrarás cosas que revisar en el resto de la obra. Si tropiezas, bueno, otra vez a Borradores y a continuar con la tarea.

No importa si escribes una novela como Guerra y paz o un recetario de cocina; lo importante —quizá lo más importante— es que encuentres tu propia voz, que es única e irrepetible. Para desenterrar esta piedra, claro, hay que cavar mucho.

Digo esto para que no te rindas ni creas que todo lo que te llueve son palos. Bien o mal hay que tener muchas ganas para escribir todo lo que has escrito, y ese esfuerzo se valora.

Estamos en verano, entramos poco y pocos (estaré ausente, o casi, hasta el 5 de septiembre, más o menos), pero ya se animará la fiesta.

Si mi comentario te parece pertinente, te animo a concentrarte en ese primer capítulo, que es por donde comienzan las cosas. Ya me dirás qué piensas.

Saludos desde Punta Cana el patio de mi casa,

Oscar

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Imagen de Kiko Labiano

Hola Doorstein, coincido con Oscar.

Una de las cosas que más me ha chocado es el uso excesivo de acciones después de los diálogos (dijo, aclaró, comenzó, preguntó, etc.). Es algo de lo que se adolece con mucha frecuencia (yo mismo lo hago muy a menudo) pero que resta dinamismo a las conversaciones. Trata de añadirlos sólo si es necesario aclarar un cambio de tono o situación, o si la conversación es entre más de dos personas y hay que aclarar quién habla en cada momento.

Te animo a seguir con la novela y a darle un buen repaso. Seguro que mejora. Yo mismo estoy en plena revisión de mi primera novela y en ocasiones es espectacular lo que puede mejorar con una revisión crítica y una reescritura.

Un saludo!

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