Rings of Magic: Book 1 (Capítulo 11)

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Rings of Magic: Book 1 - Portada

Julius y Bylo llegaron a las puertas de la ciudad con el temor de que no les dejasen entrar, más no había ningún soldado guardándolas.

Dentro, el espectáculo era sobrecogedor. Dos grandes columnas de humo decoraban diabólicamente el cielo de Itsmoor. Corrieron hacia la más cercana, la cual se hallaba a dos calles de distancia.

Una desmesurada cantidad de gente se congregaba intentando apagar las llamas que, sin piedad, devoraban un vetusto edificio. Parecía como si media ciudad se hubiera congregado allí. Un viejo recuerdo atravesó las mentes de Julius y Bylo como una aguja atraviesa una fina tela. Una experiencia difícil de olvidar.

 

    –Espero que no hubiese nadie dentro cuando empezó a arder –dijo Bylo–. O, al menos, que les diese tiempo a salir.

 

    –Estate tranquilo –respondió Julius–, que ese edificio es la antigua serrería. Allí dentro no vive nadie desde hace tiempo. Aunque creo que su dueño lo usa como almacén –aclaró.

 

    –¡Uff, menos mal! –resopló Bylo aliviado– Al menos no tenemos que lamentar ninguna muerte.

 

    –¿Qué habrá pasado? –dijo Julius– Parece como si hubiesen atacado la ciudad.

 

    –No tengo ni idea –respondió Bylo–. Pero lo que sí sé es que tenemos que llegar a la torre. Espero que no haya ningún camino cortad...

 

    –¡Eh, chicos! –gritó una voz interrumpiendo al joven muchacho– ¡Sí, vosotros dos! ¡Deteneos ahí! –ordenó.

 

    –¡Ostras! ¡Los guardias! –exclamó Bylo al ver como un grupo de soldados se acercaban a ellos con las espadas desenvainadas– ¡Rápido, Julius, salgamos de aquí!

 

    –Pero... ¡no hemos hecho nada! –respondió el alto muchacho.

 

    –¡Pues yo no pienso quedarme a discutirlo con ellos! –dijo mientras tiraba de su amigo.

 

    Ambos comenzaron a correr calle adelante como si en ello les fuera la vida. Al llegar al tercer cruce de calles, giraron a la derecha y, recorridas dos más, lo hicieron en el  sentido contrario. Siguieron corriendo por ella hasta llegar a otra calle en la que un nutrido grupo de curiosos contemplaba con estupor como estaba siendo sofocado otro incendio.

 

    Los soldados, aunque portaban armaduras ligeras, no eran lo suficientemente livianas como para permitirles llevar la misma velocidad que los chicos, por lo que la distancia entre ambos grupos se iba acrecentando poco a poco.

 

    Julius y Bylo se abrieron paso entre la multitud, alcanzaron el otro lado de la calle y corrieron hasta llegar a un pequeño callejón cortado por unos grandes toneles de vino. Escalaron por ellos y continuaron corriendo como alma que lleva el Diablo. Tras recorrer un par de calles más, giraron a la izquierda justo en la esquina donde se encontraba la tienda de frutas del señor Rievel.

 

    Julius, echando la vista atrás, se percató de que, o habían dejado muy atrás a sus perseguidores, o habían conseguido despistarlos.

 

    –¡Bylo! ¡Para! –le gritó a su amigo, usando para ello la última bocanada de aire que quedaba en sus pulmones.

 

    Bylo se detuvo unos cuantos metros por delante y, volviéndose para mirar a su amigo, se dejó caer de rodillas totalmente exhausto. Julius, pausadamente, se acercó a él y se sentó en el suelo a su lado.

 

    Los dos amigos se miraron por un instante y, aunque apenas tenían fuerzas para ello, comenzaron a reír.

 

    –¡Otra... carrerita más para... contar a... nuestros nietos! –dijo Bylo con la voz entrecortada por el esfuerzo realizado.

 

    –Sí –corroboró su compañero–. Aunque... si tenemos que... contarles todas nuestras carreritas... nos harán falta dos vidas –y volvieron a reír con ganas.

 

    –Venga –dijo Bylo, mientras se ponía en pie, tras unos minutos de descanso–, movámonos antes de que esos soldados vuelvan a dar con nosotros –concluyó mientras ayudaba a Bylo a levantarse.

 

    Recorrieron las calles que les separaban de la torre asomándose en cada esquina y ocultándose en cuanto divisaban algún guardia o soldado. Después de veinte minutos llegaron a la torre exhaustos. Allí, la situación era similar a la del resto de la ciudad. Incluso, y a juzgar por la humareda y el olor a quemado, también había tenido lugar un incendio, el cual parecía que ya había sido sofocado.

 

    Un vistazo rápido a la planta baja les bastó para localizar a Alana en un banco. Se encontraba encogida y con la cabeza apoyada en las rodillas.

 

    ¡Alana! –gritó Bylo mientras se dirigían corriendo hacia ella– Ésta, levantó ligeramente la cabeza. Las lagrimas cubrian su pálido rostro.

 

    –¿Qué... qué ha ocurrido? –preguntó el muchacho algo asustado– ¿Te encuentras bien? –Alana se levantó y se le abrazó sin dejar de llorar.

 

    –Ge... rald –es lo único que pudo pronunciar la aterrada chica, entre sollozos.

 

    –Tranquila, Alana, estamos aquí contigo –dijo Bylo con voz suave mientras acariciaba la larga melena de su amiga–. Primero intenta calmarte, ¿vale? Luego nos contarás lo que ha sucedido.

 

    –Bylo, mira –dijo Julius señalando la prenda que Alana tenía entre sus manos–. Parece la capa de Gerald.

 

    –¿Dónde está Gerald? –preguntó Bylo ostensiblemente preocupado– ¿No le habrá pasado algo?

 

    –Bylo –balbuceó la temblorosa muchacha mirando fijamente a los ojos a su amigo– Ya no es él... es... otra persona.

 

    –Tranquila, Alana –volvió a repetir Bylo–. Cálmate, por favor. Vamos, coge aire y...

 

    –Es malvado, Bylo. ¡Malvado! –le interrumpió la pálida chica con renovadas fuerzas– ¡Él ha sido el causante de todo esto!

 

    –¿Qué... qué estás diciendo? –preguntó Julius sorprendido por las palabras de su amiga– ¿No te referirás a los incendios? Gerald jamás haría una cosa así.

 

    –El profesor Gibson... Le oí decir a la guardia que tenían que atraparle –contó a los atónitos muchachos mientras se limpiaba las lágrimas con la mano–. Hablaba de Gerald como... como si fuese un peligroso delincuente. Se fue con un grupo de soldados a buscarle por la ciudad –agregó.

 

    –Ven, te llevaremos a la enfermería –dijo Julius–, estás conmocionada. Allí te...

 

    –¡No me estáis escuchando! –aulló la alterada muchacha– ¡Os acabo de decir que Gerald ha cambiado! No es el mismo... Ya... no es como lo conocíamos –ahora ya comenzaba a hablar más coherentemente, pues la furia que sentía en esos momentos era mayor que su indignación y miedo.

 

   –¿Nos estás diciendo que Gerald ha prendido fuego media ciudad y parte de la torre? –preguntó Julius algo escéptico.

 

    –Os estoy diciendo que... –comenzó a decir Alana.

 

    –¡Espera, espera! –la interrumpió Bylo– Empieza desde el principio para que nos enteremos –le pidió.

 

    –Bueno –asintió la chica–. Todo empezó nada más marcharos –dijo mientras retorcía su pelo nerviosamente–. Íbamos hacia la biblioteca de la torre y, en el camino, Turo se metió con él. Gerald le dio una lección y le humilló delante de todos. Después se desmayó y lo tuvieron que llevar a la enfermería.

 

    –Pero... ¡No entiendo nada! –exclamó Bylo– Si está inconsciente, ¿cómo es posible que haya sido él quien ha liado este caos?

 

    –Gerald... Él... escapó de la enfermería –dijo, continuando su relato–. Lanzó hechizos de bola de fuego desde la última planta de la torre y provocó los incendios. Cuando subí a investigar, le vi salir de las habitaciones del rector. Él... saltó al vacío y yo... yo... –se detuvo un par de segundos–. Cuando llegué abajo, tan sólo estaba la capa que llevaba puesta –concluyó lanzando una mirada a la prenda que ahora Julius sostenía entre sus manos.

 

    –¿Se lo contaste a alguien? –preguntó Julius– ¿Fuiste a decírselo al rector?

 

    –El rector no está en la torre –respondió–. Lo vi salir a caballo con varios guardias. Supongo que fue al lugar de los incendios.

 

    –Pues habrá que contárselo a alguien –dijo Bylo–. El rector debe saberlo.

 

    –Yo creo que lo mejor será decírselo al profesor Gibson –sugirió Julius.

 

    –Pues no perdamos más tiempo. ¡Vamos a buscarle! –ordenó Alana rotundamente mientras cogía la capa de las manos de Julius.

 

    –Pero, no está en la torre –dijo Bylo–. Tú misma nos dijiste que estaba en la ciudad buscando a Gerald.

 

    –¡Pues iremos a buscarle a la ciudad! –concluyó tajantemente la cérea muchacha.

 

 

* * *

 

 

Raymond Twidd no era precisamente una gacela. Sus cortas piernas y, sobre todo, su más que notable adicción a la comida, habían hecho de él un soldado no apto para la acción. Debido a su acentuada obesidad, tan sólo se le podía ver en puestos de vigilancia. Apenas había aguantado cien metros tras los chicos, por lo que había tomado la decisión de regresar a las puertas de la ciudad y realizar lo que mejor se le daba hacer: vigilar.

Unos metros antes de llegar a ellas, divisó la figura de una persona a punto de cruzarlas.

 

    –¡Alto ahí! –gritó a la vez que, con torpeza, sacaba la espada de su funda y se acercaba a la enigmática figura, la cual, y dada su estatura, parecía pertenecer a un chico o chica joven.

 

    La figura se detuvo a poco más de un metro de las grandes puertas y levantó las manos a la altura de los hombros en signo de rendición.

 

    –Muy bien, así me gusta –dijo Twidd.

 

    Con cautela, se acercó un par de metros más al desconocido, comprobando así, que se trataba de un muchacho rubio, el cual, desoyendo la orden del voluminoso guardia, dio un paso al frente.

 

    –¡He dicho que no te muevas! –gritó Twidd con autoridad. Pero el muchacho, aún con las manos en alto, volvió a dar otro paso más, plantándose al otro lado de las puertas.

 

    –¡Maldita sea! –volvió a tronar el guardia blandiendo su espada– ¡Te he dicho que te quedaras quieto!

 

    De repente, el misterioso personaje cerró su puño derecho y un asfixiante dolor atenazó la garganta del rechoncho guardia, el cual, echó sus manos a su grueso cuello intentando zafarse de una mano invisible. Tras unos segundos de angustia y lucha, perdió el conocimiento y se desplomó.

Acto seguido, y sin volver la vista atrás, el rubio muchacho abandonó la ciudad por el camino principal.

 

 

* * *

 

 

Los tres amigos salieron de la torre dispuestos a encontrar al profesor Gibson. Habían decidido que el primer sitio en buscar sería la vieja serrería, y después el lugar del segundo incendio. Sin embargo, recorridos unos metros, Julius se paró en seco.

 

    –¡Esperad un momento! –dijo a sus compañeros.

 

    Bylo y Alana se detuvieron y se volvieron, intrigados, hacia él.

 

    –¿Qué ocurre? –preguntó Bylo a su amigo.

 

    –¿Creéis que preguntarle al profesor Gibson servirá de algo? –respondió seriamente– Quiero decir... ¿creéis que será lo suficientemente sincero con nosotros?

 

    –¿Qué quieres decir con eso? –volvió a preguntar Bylo.

 

    –Pues que si, como dice Alana, Gerald es el que ha provocado los incendios –contestó–, no creo que nos cuente nada. Y tened por seguro que aquí está pasando algo muy gordo y...

 

    –No sé a dónde quieres ir a parar –le cortó su amigo–. El profesor Gibson es una buena persona y seguro que lo de Gerald es una confusión. No puede haber otra explicación.

 

    –Creo que, por desgracia, Julius tiene razón –dijo Alana interviniendo en favor del alto muchacho–. Tan sólo somos unos críos interfiriendo en asuntos de adultos. Seguro que nos cuentan cualquier cosa para tenernos contentos.

 

    –Y, bueno, según vosotros, ¿qué se supone que debemos hacer? –preguntó Bylo, frustrado, a sus amigos.

 

    –Como ya dije antes –contestó Julius–, esto tiene pinta de ser algo muy gordo y serio. Quizá, algo tan gordo como lo que te contó esa mujer en la cueva –dijo, refiriéndose de esta manera a la predicción del Oráculo.

 

    –¿No me digas que te has tragado todas esas paparruchas? –contestó Bylo– Esas mujeres están mal de la cabeza.

 

    –No sé –respondió el espigado muchacho–. Pero, ¿no te parece muy raro que después de hablar con ellas empiecen a suceder cosas inexplicables?

 

    –¿De qué estáis hablando? –preguntó Alana perpleja– ¿Y de quién?

 

    –Ya te lo explicaremos por el camino –dijo Julius.

 

    –¿Por el camino a dónde? –volvió a preguntar la pálida muchacha.

 

    –De camino a la mi habitación. Tenemos que preparar el equipo –respondió rotundamente Julius.

 

    –¡Un momento! –gritó Bylo atónito– ¿Pero no me dijiste que no volverías allí ni por...?

 

    –Eso era antes –le interrumpió Julius–. Ahora, han cambiado las cosas y necesitamos respuestas. Además, la vida de Gerald está en juego.

 

 

* * *

 

 

Llamaron a la puerta y, sin apenas dejar tiempo de obtener respuesta, ésta se abrió. Por ella aparecieron dos soldados con aspecto de haber recorrido un largo trecho corriendo.

 

    –¡Rector Delius! –gritó uno de ellos– Err... perdón por la intromisión –se disculpó al ver a los congregados.

 

    –¿Ocurre algo, Bernard? –preguntó el rector arqueando una ceja.

 

    –Señor, hemos encontrado a uno de los guardias de la puerta principal totalmente amoratado –relató el otro soldado–, como si le hubieran intentado estrangular.

 

    –Sí, señor, le hemos llevado a la enfermería –dijo Bernard nervioso–. El caso es que... creemos que... –comenzó a decir, indeciso.

 

    –Lo que queremos decir, rector –dijo el otro soldado viendo que su compañero no se atrevía a hacerlo–, es que creemos que ha sido obra del muchacho que estamos buscando –argumentó–. Lo cual, nos lleva a pensar que ha huido de la ciudad.

 

    –Gracias por el aviso –dijo Delius–. Pueden retirarse. Obraremos en consecuencia –concluyó mientras se pasaba la mano por el mentón.

 

    Los soldados se retiraron tras hacer una leve reverencia.

 

    –Como podéis ver, esto se nos está yendo de las manos. Primero, fueron atacados Gilbert Fawnee y Davis Strann. Después, el robo de los barriles de pólvora, los incendios... Y ahora esto –dijo el sabio rector–. Tenemos que darle fin de una vez por todas antes de que salga más gente herida... o muerta.

 

    –Prepararé un destacamento inmediatamente –dijo Goobard adelantándose al rector.

 

    El rector asintió con la cabeza y el recio capitán salió de la habitación.

 

    –En cuanto a ustedes –dijo dirigiéndose a los hermanos Rexmont–. Tienen mi permiso para obrar como sea necesario. Pero, a ser posible, y esperemos que lo sea, quiero a ese chico con vida.

 

 

    * * *

 

 

Bylo y Alana, seguidos por Julius, abandonaron la habitación de éste último con, al igual que la vez anterior, mochilas llenas de víveres y herramientas.

 

    –¿Estás segura de querer hacer esto? –preguntó Bylo a su amiga– No tienes por qué venir.

 

    –Ya os lo he dicho –respondió la chica–. Gerald también es mi amigo y no pienso quedarme cruzada de brazos.

 

    –Puede ser peligroso –corroboró Julius–. La otra vez que estuvimos allí...

 

    –Sí, ya me lo habéis contado –le interrumpió Alana–. Casi te devora un bicho... y, además, te perdiste en una cueva oscura.

 

    –No es broma, Alana –dijo seriamente Bylo–. Esta aventura puede costarnos la vida. Si es cierta la profecía del Oráculo, esto se va a poner muy, pero que muy feo.

 

    –Pues razón de más para ir con vosotros –respondió la valiente chica–. Además, si se está gestando la destrucción de Ringworld, no estaría a salvo en ningún sitio.

 

    Al parecer, los argumentos de su guapa amiga, les bastaron a los chicos, pues sin mediar ni una palabra más, el grupo bajó las escaleras y salieron de la torre por la puerta principal con Bylo en cabeza.

 

    –¡Alto! –gritó éste mismo mientras alargaba un brazo para empujar a sus amigos contra la pared– Fijáos en esos dos –dijo señalando a un hombre y una mujer que estaban subiendo a sus monturas.

 

    –Yo ya los había visto antes –dijo Alana–. Creo que son mercenarios o algo por el estilo. Se fueron con el profesor Gibson a buscar a Gerald.

 

    –¡Puñetas! –se quejó Julius– Pues si el rector ha contratado a mercenarios para atrapar a Gerald, es que está ocurriendo algo más grave de lo que pensamos... o es verdad lo que te dijo el Oráculo –concluyó dirigiéndose a Bylo.

 

    –No me puedo imaginar a Gerald haciendo daño a nadie –dijo Bylo con tristeza–. ¿Qué le habrá pasado?

 

    –Ya os dije que no era el mismo –comentó Alana–. Incluso, me atrevería a decir, que ni me conoció la última vez que me encontré con él.

 

    –Yo creo que todo empezó el día que desapareció en la biblioteca –opinó Julius–. ¿O no recordáis que se escondió en el armario cuando estuvo en la enfermería? Tenía miedo de algo... o alguien.

 

    –Pues descubriremos qué le pasó y le ayudaremos –dijo Alana.

 

    –Esos dos ya se van –anunció Bylo refiriéndose a los hermanos Rexmont–. Sigamos.

 

    El grupo continuó su camino hacia la salida de la ciudad escondiéndose de cada soldado que veían. Aún no sabían como iban a conseguir atravesar las puertas si éstas estaban vigiladas, pero confiaban en tener la misma suerte que la vez anterior.

 

    En cosa de veinte minutos llegaron a la plaza. La gente ya circulaba con normalidad tras haber sofocado los incendios antes de que afectaran a las casas contiguas.

Desde allí vieron como un carro cubierto por unas enormes telas abandonaba la ciudad. Iba tirado por un animal que, aunque nunca antes lo habían visto de cerca, lo conocían por los libros. Se trataba de un tok, un robusto y dócil animal de largo y duro pelaje, cuyas manadas se criaban en las llanuras de Tonaii.

 

    Tan pronto como el carro hubo abandonado la ciudad, un grupo de ocho guardias se quedó en las puertas.

 

    –¡Vaya, esta vez lo tenemos crudo! –se quejó Bylo tras echar una mirada a los alrededores y comprobar que esta vez no había en las cercanías otro carro llovido del cielo que, como la anterior vez, les sirviese para salir de Itsmoor.

 

    –Tranquilo, compañero, ya se nos ocurrirá algo –le animó Julius dándole una palmada en el hombro.

 

    –No hay forma de atravesar esas puertas –dijo tajantemente Alana– ¡Esos soldados nunca nos dejarán pasar!

 

    –Pues ahora no podemos hacer otra cosa más que esperar y ver si la diosa Fortuna nos echa otro cable –respondió Julius.

 

    –Éso, o cavar un túnel por debajo de los muros –dijo Bylo sarcásticamente.

 

    –Quizá nos llevase menos tiempo –le siguió Julius.

 

    –Bueno... Quizá... –comenzó a decir Alana– ¡No, seguro que es una tontería! –terminó cambiando de opinión.

 

    –¡¿Qué?! –preguntaron los dos chicos al unísono.

 

    –Es que... –volvió a titubear la pálida muchacha– Seguro que es una pérdida de tiempo.

 

    –¡Venga, va! –le incitó Julius– Si no, haberte callado.

 

    –Bueno, es que Gerald una vez me contó que había leído en la biblioteca un libro sobre la historia de Itsmoor –les contó–. Me dijo que durante el asedio de las tropas de Xel Cateel, hubo gente que huyó de la ciudad por los túneles de unas antiguas catacumbas que se supone que comunicaban la ciudad con el exterior.

 

    –¿Y sabes dónde están esas catacumbas? –preguntó Julius.

 

    –Supuestamente están en la parte este de la ciudad, en el interior del antiguo templide Tharr –respondió Alana–. Gerald estaba convencido de que esa historia era verdadera, aunque nunca se atrevió a comprobarlo.

 

    –¡Pues lo haremos nosotros! –gritó Julius esperanzado.

 

    –¿Pero es que no has oído a Alana? –dijo Bylo– Está escrito en un libro, y puede que tan sólo sean paparruchas. Además, si Gerald nunca lo comprobó, es porque seguramente al final descubriría que tan sólo eran historias de viejas.

 

    –Pues yo no veo que aquí esté el panorama muy esperanzador –le contestó su amigo echando un vistazo a los guardias de las puertas–. Y, además, si como Gerald, no lo comprobamos, nunca lo sabremos.

 

    –Yo creo que Julius tiene toda la razón –dijo Alana apoyando la mano en el hombro de su amigo–. Deberíamos comprobar si es cierto. Y, como puedes ver, esos soldados no nos dejarán salir ni de casualidad.

 

    –¡Está bien, está bien! –cedió por fin Bylo levantando las manos– Echaremos un vistazo al templo ese.

 

 

* * *

 

 

–¡Sírvenos otra cerveza, bola de grasa! –tronó el enorme guerrero mientras propinaba un puntapié al obeso tabernero que recogía los pedazos de unas jarras rotas del suelo.

El pobre hombre salió despedido y cayó sobre otro de los componentes del fatídico trío, el cual le agarró de la camisa y le lanzó hacia el mostrador– ¡Y date prisa! –le gritó.

 

    De pronto se abrió la puerta y entró un joven muchacho rubio.

 

    –¡Estúpidos! –dijo plantándose frente a la mesa en donde se encontraban los tres rufianes.

 

    –¡Cuidado, muchachos! –dijo con sorna el herculeo hombre interrumpiendo al muchacho– Acaba de llegar el salvador de los débiles y comemantecas –Añadió mientras movía los brazos temblorosamente, y los tres hombres soltaron una sonora carcajada.

 

    –¡Estoy realmente asustado! –añadió sarcásticamente otro de los hombres– Creo que me lo voy a hacer encima.

 

    –¡Silencio, escoria humana! –ordenó el chico notablemente enfadado. Y con un par de movimientos de su mano derecha apartó con violencia a dos de los guerreros. El tercero de ellos, el que había hablado primero, se levantó ágilmente e intentó desenvainar su espada, pero el rubio muchacho, con un movimiento de su mano, le levantó por los aires como el viento levanta las hojas en octubre– Te ordené, y creo que fui lo suficientemente claro, que debíais pasar desapercibidos –dijo el chico con rabia.

 

    –¡¿Ma... maestro?! –preguntó asombrado el fornido guerrero– El chico soltó su presa y el fornido hombre se arrodilló frente a él, sumiso–. Lo... lo siento mucho, maestro.

 

    –Señor, perdónenos –comenzó a decir otro de los guerreros levantándose del suelo–, tan sólo estábamos...

 

    –¡Basta! –cortó el chico– He necesitado muchos años para conseguir canalizar el poder suficiente para liberarme, y no pienso tolerar que unos rufianes como vosotros echéis a perder mis planes. Aún hay magos lo suficientemente poderosos para detenerme.

 

    –Lo siento, maestro –volvió a disculparse el herculeo guerrero.

 

    –¡He dicho basta! –volvió a gritar– Ya nos ocuparemos de ello más tarde– ¿Tienes lo que te pedí? –preguntó mientras se quitaba las gafas y las dejaba caer al suelo.

 

    –S-sí, maestro, lo llevo encima –dijo el forzudo hombre mientras introducía una mano bajo su ropa. Sacó una cajita con unos extraños símbolos y se la dio al muchacho. Éste, pasó la mano sobre ella y murmuró unas palabras; se escuchó un chasquido. La abrió con sumo cuidado y comprobó su contenido.

 

    –¡Sí! –dijo satisfecho– Un pequeño paso hacia una gran victoria.

 

 

* * *

 

 

El grupo de amigos se paró frente a un pequeño muro que rodeaba un ruinoso edificio de paredes ennegrecidas en su mayor parte, sin lugar a dudas, víctimas de un incendio. Sin embargo, algunas zonas delataban que en su día éstas fueron blancas. Aún así, la vegetación se había hecho dueña y señora del desolado edificio.

 

    –Hacía tiempo que no pasaba por aquí –comentó Alana mirando el edificio por encima del muro que lo rodeaba–. No recordaba el lamentable estado en que se encontraba.

 

    –Y pensar que de pequeño venía con mis padres todos los domingos –dijo Julius con un atisbo de melancolía.

 

    –¡Bueno, venga! –se quejó Alana– ¿Vamos a entrar o no? –dijo poniendo los brazos en jarra.

 

    Julius fue el primero en hacerlo por un gran hueco que había en una pared medio derruida que se encontraba unos metros más adelante de donde se encontraban.

Llegaron a la puerta principal dela viejo templo. Se encontraba entablada, sin duda, para evitar que los niños entrasen a jugar, pues todo el edificio se encontraba en un estado deplorable.

 

    –Habrá que buscar otra manera de entrar –dijo Julius.

 

    –Pues yo creo que estamos perdiendo el tiempo –aulló Bylo–. Seguro que lo de la salida secreta son cuentos de viejas.

 

    –Hay que tener un poco más de fe –dijo Alana–. Si nos damos por vencidos, entonces si que habrá sido una pérdida de tiempo.

 

    –¡Bah! –contestó Bylo apático– No hay más que ver el est...

 

    –¡Venga, no seas aguafiestas! –le interrumpió Julius– No has hecho más que quejarte durante todo el día –le recriminó–. ¡Te necesitamos de nuestra parte, tío!

 

    –Lo... lo siento –dijo algo avergonzado–. Pero es que esa historia del fin de Ringworld y demás... no sé, pero... creo me está trastocando un poco.

 

    –Ya sabes que siempre tienes nuestro apoyo incondicional –dijo Julius–. Nunca estarás solo.

 

    –Julius tiene razón –alegó la pelirroja muchacha–. Siempre podrás contar con nosotros.

 

    –¡Venid aquí! –dijo Bylo abriendo los brazos. Y, acercándose a ellos, les dio un fuerte abrazo.

Pasados unos segundos, se soltó de sus amigos y se puso a caminar hacia la derecha, más allá de la puerta–. Bueno, ¿qué? ¿Buscamos una entrada o pensáis quedaros ahí todo el día? –dijo con determinación. Julius y Alana, con cara de bobo, intercambiaron una mirada.

 

 

* * *

 

 

–¿Qué tal te encuentras, viejo amigo? –preguntó Delius acercándose al hombre que yacía en la cama.

 

    –Cansado, Rasmus, cansado –respondió tristemente el hombre.

 

    –¿Cómo...? –empezó a decir el rector.

 

    –¿...pudo escapar? –dijo el hombre terminando la frase por él– Al final pudo conmigo, Rasmus –confesó casi con vergüenza–. Se fue haciendo más fuerte con el paso del tiempo y yo...

 

    –No es culpa tuya, mi buen amigo –le cortó Delius–. Bastante hiciste con contenerle todos estos años, poniendo en peligro tu integridad fíquica y nental.

 

    –Pero no ha sido suficiente –dijo–. Aunque, desde el primer momento, supe que era más fuerte que yo.

 

    –No sigas por ahí –le regañó el rector–. Nosotros también tenemos parte de culpa. Durante todo este tiempo no fuimos capaces de encontrar una solución al problema –se reprochó a sí mismo–. Aunque mucho me temo que ahora será peor.

 

    –¿Está dentro de un niño, verdad? –El rector asintió con la cabeza.

 

    –Un estudiante de nuestra torre –respondió afligido–. Un excelente estudiante, según me comentó Travis. Lo cual agraba la situación.

 

    –Sí –corroboró el anciano–. Ese demonio usará el talento de ese chico para sus oscuros propósitos. Y lo peor de todo es que ese muchacho no tiene la voluntad suficiente para revelarse contra él.

 

    –Por eso necesitamos ayuda –dijo el rector y, acto seguido, hizo una pausa–. No me satisface, pero he llamado a esos hermanos, los Rexmont –dijo Delius casi avergonzándose de sus palabras–. Dicen que han ideado una jaula especial que creen que podrá retener a ese monstruo. Incluso la han traído con ellos.

 

    –¡Por Mecrial, Rasmus! ¡Otra vez esos dos! –le recriminó– ¿En qué estabas pensando?

 

    –La situación lo requiere, Varen –dijo intentando justificarse–. Quizá esa jaula funcione.

 

    –Nunca me han inspirado confianza esos cazadores de engendros, o lo que sean –dijo en claro desacuerdo–. Tan sólo espero que esta vez tengas razón, Rasmus, porque si no, ¡que los dioses se apiaden de nosotros!

 

 

* * *

 

 

–Esta madera parece que está suelta –anunció Julius señalando una plancha rectangular de madera apoyada en la pared–. Como si alguien la hubiera dejado aquí a propósito –puntualizó.

 

    Bylo se acercó a la madera, que resultó ser la parte superior de una mesa ennegrecida como el resto del edificio, y comprobó que así  era. Entre ambos la apartaron a un lado sin apenas esfuerzo. Un hueco del tamaño de un pupitre permitía el paso al interior de  la construcción. Pasaron agachados a través de ella.

 

    El aspecto por dentro era aún más desolador que por fuera. Los bancos de madera de manie, pese a ser la madera más dura de todo Ringworld (y casi ignífuga), habían sido salvajemente maltratados por el fuego. Las paredes parecían obra de algún demente pintor tratando de emular una noche sin luna. La luz del atardecer se filtraba a través de los numerosos agujeros del deteriorado y alto techo.

 

    –Este sitio da escalofríos –dijo Alana mirando a su alrededor.

 

    –Dicen que el incendio lo provocó una mujer el día en el que el hombre del que estaba enamorada se casó con otra –dijo Julius.

 

    –Sí –corroboró Bylo–. Atrancó las puertas y prendió fuego a todo. Ella, envuelta en llamas, se abrazó a su amado –añadió.

 

    –Es una preciosa historia de amor –opinó Alana.

 

    –Sí, con un final trágico –añadió Bylo.

 

    –Cuentan las leyendas  que desde el más allá, el novio también la rechazó. –siguió relatando Julius–. Desde entonces, el alma atormentada de esa infeliz mujer vaga por estos pasillos.

 

    –Lo que yo decía –dijo Alana–. ¡Este sitio me pone la piel de gallina!

 

    –¡Bueno, va!, dejémonos de cháchara y vamos a buscar ese túnel secreto –dijo Bylo a la par que daba un par de palmadas–, que no tenemos todo el día.

 

    –Habrá que buscar unas escaleras que bajen –dijo Alana.

 

    –¿Por? –preguntó Julius frunciendo el ceño.

 

    –¡Porque los túneles secretos suelen estar bajo tierra, alargao! –respondió Bylo.

 

    –Vale, tenemos que organizarnos –ordenó Alana– Separémonos. Esto no es muy grande, pero tampoco es demasiado pequeño.

 

    Los tres amigos dejaron las mochilas sobre el altar y se pusieron a buscar dicha entrada. Revisaron todas las salas detrás de cada una de las puertas que encontraron, bajo los cascotes desprendidos del techo, incluso abrieron un par de féretros de adorno que se encontraban a ambos lados de la entrada.

 

    –¿Habéis encontrado algo, chicos? –preguntó Alana.

 

    –Nada de nada –contestó Julius.

 

    –Escombros y más escombros –dijo Bylo desde la otra punta de la sala.

 

    –Yo tamp... ¡Un momento! –dijo de repente Julius– Aquí hay algo parecido a una palanca –dijo agachándose tras el altar.

 

    –Quizá sea lo que estamos buscando –dijo Bylo mientras él y Alana se acercaban.

 

    –¡Está atascada! –dijo Julius mientras tiraba de ella.

 

    –Vamos a probar los dos juntos –dijo Bylo. En la base del altar había una barra casi tan larga como éste. Seguramente, antes del incidente, estaría perfectamente disimulada, pero el fuego le había quitado gran parte de la pintura que le hacía parecer parte del frío altar. Los dos amigos tiraron de ella con todas sus fuerzas, pero la palanca apenas se movió.

 

    –¿Y si hacéis palanca con alguna tabla? –sugirió Alana.

 

    –Buena idea, Alana –respondió Julius mientras se limpiaba las manos.

 

    Buscaron un tablón, lo metieron bajo la palanca y usaron un gran trozo de piedra como punto de apoyo. Empujaron con fuerza y... ¡el tablón se partió!

 

    –¡Maldita sea! –aulló Bylo– La madera no sirve, está toda podrida.

 

    –Probad con esto –dijo Alana señalando una barra de hierro semienterrada en los escombros.

 

    Los tres amigos comenzaron a desenterrar dicha barra, la cual parecía ser un trozo de viga del techo, o algo así. La apoyaron en la misma piedra e hicieron palanca entre los dos chicos. La palanca subió un centímetro, pero no pasó nada.

 

    –¡No... tenemos la su... ficiente fuerza! –exclamó Bylo jadeante.

 

    –Tenéis el punto de apoyo demasiado lejos –observó Alana–. Intentadlo poniendo la piedra más cerca del altar.

 

    Dicho y hecho. Los dos muchachos desplazaron, no sin esfuerzo, la piedra hasta donde les había aconsejado su amiga ponerla y lo intentaron de nuevo. Esta vez, no tuvieron que esforzarse tanto. En un santiamén escucharon un sonido. El altar se elevó unos dos dedos y giró 90 grados arrastrando todos los escombros que encontró en su camino, dejando al descubierto unas mohosas escaleras de piedra.

 

    –¡Lo conseguimos! –gritaron ambos chicos al unísono, levantando los brazos victoriosamente.

 

    –¡Venga, vamos! –dijo Alana y, cogiendo su mochila del altar, comenzó el descenso por las escaleras dejando a los chicos recuperando el resuello. Al cabo de unos segundos, éstos también recogieron sus mochilas y la siguieron.

 

    –Esto está muy oscuro –informó la pelirroja muchacha–, necesitaremos algo de iluminación. Y acto seguido, lanzó un hechizo–. ¡Lumia-Ovo! –los chicos la imitaron.

 

    –Esperad un momento –dijo Bylo–. Y volvió a subir las empinadas escaleras. Al cabo de un minuto regresó sacudiéndose las manos.

 

    –¿A dónde has ido? –preguntó Julius intrigado.

 

    –He asegurado el altar con la barra de hierro –contestó–. No me gustaría que nos quedásemos aquí dentro.

 

    –¡Buena idea, Bylo! –dijo Alana.

 

    Comenzaron a andar por el angosto pasillo. Un olor a humedad impregnaba el ambiente. De cuando en cuando se les cruzaba alguna asustada rata, lo que provocó que Alana cediese su sitio a la cabeza del grupo a Julius. De pronto, se oyó un tintineo metálico.

 

    –¡La barra de hierro! –gritó Bylo nerviosamente–. Y acto seguido, el temido sonido de piedra chocando con piedra hizo retumbar las paredes del oscuro túnel. ¡El altar se había cerrado!

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