Un testigo

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Nuevo Cuento publicado.

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¡Hola, otra vez!

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¡Hola, otra vez!

Primero: ¡Buenísimo el cuento, Oscar! Leer un cuento bien armado es siempre un placer. 

En general, para mi, el cuento está bien. La narración a través del diálogo quedó fabulosa. No tiene mayores cuestiones qué corregirle. Sin embargo, a medida que avanzaba en la lectura fui notando algunas cosillas que me hicieron ruido. Por ejemplo, no me costó ubicarme en la típica comisaría de pueblo, de hecho eso está muy bien logrado (¡Con tan poco! ¡Maravilloso!), pero no me ubiqué en el horario. Es decir, no vi que era de madrugada cuando el hombre va a hacer la denuncia. Por supuesto, más adelante me entero pero creo que ese detalle entra tarde. Otra cuestión es el servilismo de Gómez (buena la selección del apellido), hay como una dualidad en su actitud. Por momentos es cancherito y por momentos servil. Esto es creíble si la relación entre el narrador y Gómez es de tu a tu cuando no los ven, pero se nota cuando están charlando con el testigo, ahí es cuando me hace ruido. Además, hay algunos lugares donde tuve la impresión de que se iba el punto de vista. Pero lo te lo marco en las observaciones puntuales mejor. Acá abajo te las marco:

—Bueno, hombre —dije—, tranquilícese.

—¡Tranquilícese, tranquilícese! (con uno solo basta) —dijo con voz llorosa—. Lo hubiera querido ver a usted en ese trance.

Se retorcía las manos, los hombros le temblaban.

—A ver, Gómez —pedí—, tráigale un café a este cristiano.

—A la orden, mi comisario.

Antes de dejar el despacho, Gómez miró al tipo de reojo y meneó la cabeza.

El frío cortaba el aire en tajadas. (¡Muy buena metáfora!) Extendí las manos sobre el calefactor. (Quizás acá puedas mechar algo para que quede claro que es de madrugada, el frío no me bastó para verlo)

—Empiece de nuevo —dije—. ¿Nombre?

—Abelardo Battistella.

—Battistella, Abelardo —puntualicé— ¿Y de dónde venía, usted?

—De la casa de unos amigos —dijo. Se rascó la calva con uñas amarillentas—. De una fiesta de cumpleaños. (Tampoco esto me basta para darme cuenta que es de madrugada)

Gómez irrumpió en la oficina con dos vasos de plástico humeantes.

—Le traje a usted también, jefe —arrastró una silla y se sentó al costado del infeliz. 

Battistella cruzó los dedos alrededor del vaso. Sopló por encima del café, tomó unos sorbitos cuidadosos. 

—Siga —le dije.

—Eso, que venía manejando y al llegar a la rotonda lo ví...

Gómez se inclinó hacia adelante y apoyó los codos sobre las rodillas.

—¿Qué es lo que vio?

—Esa cosa. Esa La (así no repites "Esa") nave que bajaba en el campo, en medio de luces de colores.

—Una nave del espacio... —el tono de Gómez revelaba sus pensamientos (tendrías que pensar algo más para ilustrar esta sensación porque como está, para mi, se desliza el punto de vista porque ¿cómo puede saber ese narrador en primera persona lo que piensa Gómez? En todo caso, ese narrador sólo puede "intuir", "imaginar", "suponer"... lo que piensan los otros—. Un plato volador, bah. (¿Esto no sería al revés? Es decir: "Bah, un plato volador")

—No era un plato volador —Battistella me miró—. Nunca dije eso, señor comisario, dije que era una especie de nave, una cosa rara.

—¿Cómo un helicóptero? —le pregunté.

—¡Pero qué helicóptero ni ocho cuartos!

—Antes de eso —le dijo Gómez—. En la fiesta, ¿estuvo tomando, usted?

—No. Sí, una cerveza. ¿Qué me quiere decir?

—¿Una sola? —la voz socarrona de Gómez—. ¿No se habrá olvidado de alguna?

—Una, dos —Battistella alzó los hombros—. ¿Qué diferencia hay?

—Mucha —lo interrumpo. Y a Gómez:—. Deberíamos a hacerle un dosaje de alcohol.

—¿Un dosaje? Pero, si yo vine a hacer una denuncia y... (me sobró)

—Son las tres de la mañana, viejo (el "viejo" no va con el registro de Gómez, es una de las cosas que lo hacen cancherito cuando no lo es)—le dice Gómez—. Las tres. Y usted se nos viene medio en pedo, con una historia de marcianos y qué se yo cuántas macanas.

—¡No son macanas!

—¿Dónde vive?

—A dos kilómetros de La Herminia, por el camino que va a Los Chospes. Les repito que...

—¿Solo? —pregunta el implacable (dejaría sólo implacable, ese "el" le da una importancia a la actitud que no me parece necesaria) Gómez—. ¿Vive solo?

—Sí —dice Battistella, y hay desesperanza en su tono—. Vivo solo.

Pruebo el café, que ya se ha enfriado. Me paso la mano por la cara y noto la barba crecida.

—Entonces —le digo a Battistella—, al pasar por la rotonda vio que esa especie de helicóptero con luces de colores bajaba en el campo.

—Le repito, comisario, no era un helicóptero. Y cuando bajó, se me paró el motor de la camioneta. Después se abrió como una compuerta y bajaron dos seres con apariencia humana.

—Ya entiendo...

—Dos enanos verdes —dijo Gómez—, con antenas.

—¡No eran verdes! —se revolvió Battistella—. Tampoco enanos ni con antenas. Eran, parecían, dos hombres. Con uniformes grises, muy ajustados y brillantes.

—¿Tiene seguido estas visiones? Estos... ¿encuentros?

—Es la primera vez en mi vida.

—ET, phone home —dice Gómez, que se aprieta la nariz.

—¿Por qué no se va a su casa, Battistella, y duerme un poco? —le digo—. Después, si sigue con la misma idea, se da una vueltita y lo charlamos.

—Si no me creen, no importa —Battistella parece decidido—. Mañana mismo voy a hacer la denuncia en la Departamental.

Gómez se incorpora y da unos pasos hacia la ventana, parece observar algo que sucede afuera, frunce el entrecejo.

—Battistella —le digo—. No haga el ridículo. Primero consúltelo con la almohada, ¿sí?

Los dedos de Gómez desempañan el vidrio, la vista clavada en la noche.

—Ustedes, los policías, son todos iguales —se amarga Battistella—: Lo que no entienden, no existe.

—Jefe —la voz helada (este adjetivo confunde, da la impresión de que de verdad Gómez está viendo algo cuando no es así, en todo caso debería ser una apariencia, una supuesta voz helada) de Gómez.

—Por esta vez, Battistella —digo, y le apunto con el índice—. Sólo por esta vez voy a pasar por alto su comentario.

—Haga como quiera, comisario. Pero voy a hacer la denuncia en otra parte, donde alguien me escuche.

—Jefe —repite Gómez. Retrocede señalando la ventana—. Mire, jefe. Allá afuera...

—¡Qué pasa, Gómez! —me fastidio.

Gómez apoya las espaldas en la pared. Sus ojos son dos círculos.

—Unos tipos —balbucea—. Unos tipos con uniforme gris brillante, como de aluminio. Y vienen hacia acá.

Sujetándose el pecho, Battistella se levanta de golpe, su silla cae hacia atrás.

Gómez suelta un alarido y toquetea el botón de la luz, que se enciende, se apaga, se enciende.

—¡Son los marcianos! —grita Gómez y ya no puede (¿cómo sabe que no puede? En todo caso cree que no puede, parece que no puede, etc...) contener una carcajada feroz. 

Battistella se queda contemplándolo, con la boca abierta.

Furioso, sacó la Browning del cajón y le pego un tiro. La cabeza de Battistella estalla en fragmentos rojos y grises.

—Sos un pelotudo —digo, y casi no me escucho: el estruendo me ha dejado sordo—. Lo podíamos haber convencido...

—¡Qué lo vamos a convencer! —Gómez se apantalla el humo—. ¿No viste que seguía y seguía con eso de ir a la Departamental? (Acá queda planteada esa relación de tu a tu que decía arriba de todo)

—Y si encima lo tomás para la joda, ya me dirás.

Hay un tufo pegajoso en el aire del despacho.

—Hacé desaparecer la camioneta, el cadáver, y después me limpiás la oficina bien a fondo. ¿Comprendido? —ordeno.

—Comprendido, jefe. Yo me ocupo de todo.

—¿Hubo más testigos del aterrizaje?

—No —dice Gómez—. Este fue el único.

—A propósito, ¿los recién llegados?

—Ya van camino a Base 2 —y (me sobró) la voz de Gómez es pura eficiencia.

¡Listo! Espero haber sido útil...

¡Abrazo!

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AquaVioleta
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Me gustó el cuento, Óscar.

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Me gustó el cuento, Óscar.

Te pongo algunos detalles:

—¡Tranquilícese, tranquilícese! —dijo con voz llorosa—. Lo hubiera querido ver a usted en ese trance.

No estoy de acuerdo, AquaVioleta, con que sobre ese segundo "tranquilícese", es habitual duplicar la palabra en ese tipo de expresiones. Sobre todo,  cuando se habla en tono burlón. Y en este caso me parece correcto.

—Battistella, Abelardo —puntualicé—. ¿Y de dónde venía, usted?

—Le traje a usted también, jefe.Aarrastró una silla y se sentó al costado del infeliz.

—Una nave del espacio... —Eel tono de Gómez revelaba sus pensamientos—. Un plato volador, bah.

—No era un plato volador. —Battistella me miró—.  Nunca dije eso, señor comisario, dije que era una especie de nave, una cosa rara.

—¿Coómo un helicóptero? —le pregunté.

—¡Pero qué helicóptero ni qué (siempre he oído esta expresión así) ocho cuartos!

—Una, dos. —Battistella alzó los hombros—. ¿Qué diferencia hay?—¿Solo? —pregunta el implacable Gómez—. ¿Vive solo?

—Le repito, comisario, que no era un helicóptero. Y cuando bajó, se me paró el motor de la camioneta. Después se abrió como una compuerta y bajaron dos seres con apariencia humana.

—¡No eran verdes! —Sse revolvió Battistella—. Tampoco enanos ni con antenas. Eran, parecían, dos hombres. Con uniformes grises, muy ajustados y brillantes.

—Si no me creen, no importa. —Battistella parece decidido—. Mañana mismo voy a hacer la denuncia en la Departamental.

—¡Qué pasa, Gómez! —Mme fastidio.

Furioso, sacó la Browning del cajón y le pegóo un tiro. La cabeza de Battistella estalla en fragmentos rojos y grises.

—Ya van camino a Base 2.y (a mí, también, me sobra esa "y") La voz de Gómez es pura eficiencia.

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Miguel

Gracias a ambos por las

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Gracias a ambos por las observaciones.

¿Edito el texto o agrego la versión corregida?

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Hola, Óscar.

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Hola, Óscar.

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Miguel

Una cosa que se me olvidó

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Una cosa que se me olvidó comentarte. En esta frase:

Furioso, sacó la Browning del cajón y le pego un tiro.

Dudé de cuál era la tilde errónea. Porque el resultado sería distinto:

Furioso, sacó la Browning del cajón y le pegó un tiro.

Está claro que, así, es Gómez el que le pega un tiro al testigo. Pero si fuera la otra tilde:

Furioso, saco la Browning del cajón y le pego un tiro.

Es el comisario el que lo mata.

Por el resto del diálogo, intuyo que es Gómez el que lo hace pero también encajaría que lo hiciera el comisario.

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Miguel

Correcto, la tilde que sobra

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Correcto, la tilde que sobra es la de "sacó".

Saludos

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Óscar, he disfrutado con esta

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Óscar, he disfrutado con esta narración. Los comentarios hechos por Aqua y Miguel me han parecido excelentes. Con la repetición de ¡Tranquilícese! también estoy de acuerdo. Sirve para reforzar que esa persona está en estado de schock. Te comento un par de cosas que me han llamado la atención:

—Mucha —lo interrumpo. (Me llama muchísimo la atención que hasta ahora el narrador nos lo cuenta en pasado y a partir de esta frase, pasamos al presente). Y a Gómez:—. Deberíamos a hacerle un dosaje de alcohol.

—¡Qué pasa, Gómez! —Me fastidio. (Esta expresión me suena rara. Me suena mejor "con voz de fastidio", "dije con fastidio". Dicha así, parece que se fastidia a sí mismo, cuando es Gómez quien lo está fastidiando).

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Geli

Se retorcía las manos, los

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Se retorcía las manos, los hombros le temblaban. Levanté los ojos hacia el reloj de pared: tres y media de la mañana, hay que joderse.

Antes, se me ha olvidado comentar: esta frase que piensa el comisario ¿no debería ir entre comillas? Tengo esa duda.

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Geli

Hola Geli, acabo de ver este

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Hola Geli, acabo de ver este comentario y me quedó también la duda. Sin embargo, me quedé pensando que como el cuento está narrado en primera persona quizás no hace falta la cursiva. Habría que investigarlo mejor, pero creo que en todo caso es una cuestión de estilo.

¡Abrazo!

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AquaVioleta
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A ver. Hice una pésima

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A ver. Hice una pésima revisión. Se me quedaron muchas cosas en el tintero. Además, como tenía que salir de viaje, trabajé a las apuradas. O sea, hice todo lo que critico...

Otra cosa: ¿habrá un modo en que, al responder, aparezcan todos los comentarios del hilo? Es que sólo se muestra el último y me pierdo un poco.

Esta semana tampoco estaré por aquí. Prometo tomarme la próxima corrección con más tiempo.

Por si no lo dije, excelentes las observaciones.

Muchas gracias, tribu.

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Hola, Óscar.

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Hola, Óscar.

Edito mi comentario:

El problema de los comentarios ya está resuelto. Guiño

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Miguel