Un cuento que no fue porque ya era

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Género: 

  • Cuento

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A veces, algún amigo —de los que conocen mi afición por las teclas— se me acerca y dice: «Oye, voy a contarte una anécdota» Y lo hace. «¿Por qué no escribes un cuento con eso?» concluye. Lo que no sabe el bien intencionado es que nunca podré componer ese texto, porque acaba de quemar la idea. El cuento en ciernes se diluye porque ya me lo ha contado.

Hace muchos años, yo hacía mis primeras armas en este oficio. Atravesaba la etapa diogénica en que uno revisa cualquier cosa que se le cruce en busca de temas para escribir. Los cuentos me salían a borbotones. Un escrito de mil palabras me llevaba el mismo tiempo que tomar un café. Eso hacía, surgía la idea y me zambullía en el bar más miserable de la zona, pedía un express, y el borrador quedaba listo junto con el último sorbo.

También hacía cosas más prosaicas, que no poéticas, como ir al supermercado.

Un viernes tórrido, a principios de mes, fui de compras. Para los que lo ignoran, el verano porteño es como envolverse en polietileno y sumergirse en una bañera con agua caliente. Eran cerca de las ocho de la tarde, y el súper estaba a reventar. Fastidiado, aguardaba mi turno en la fila, espiando a izquierda y derecha por si alguna otra caja se desagotaba más rápido que la que había elegido.

Más de una hora de espera, gente que refunfuña, críos que lloran de aburrimiento, abuelas con una pieza de pan y que se obstinan en pagar con las monedas más pequeñas que pueden encontrar en el fondo de sus monederos, la cajera consultando precios por el altavoz al tiempo que enarbola una botella de detergente.

Por fin nadie antes que yo, me toca. La cajera, a la que suponía prima de algún rumiante, se transforma en un rayo capaz de fichar los productos de tres en tres, y de empujarlos por la rampa de acero inoxidable. No da tiempo ni a meterlos en las bolsas que, pertinaces, se pegan entre ellas y se resisten a abrir la boca. Antes de que termines de acomodar tus bártulos, ya se deslizan artículos que no has comprado, y hay una señora que te mira muy seria por encima de las gafas, no sea que le birles una pastilla de jabón.

Salí a la calle y hasta el aire húmedo y caliente me resultó maravilloso.

Llegué a mi piso resoplando, y con la camisa pegada a la espalda. Más tranquilo, y luego de beber un litro de agua, guardé la compra. Lo que iba en el frigo, en el frigo, lo que iba en la alacena, en la alacena. Casí concluía cuando voló algo blanco. No era el tiquet, que llevaba en el bolsillo, sino un papelito cuadrado, de unos diez centímetros de lado, de esos que vienen en un taco y que suelen usarse en las oficinas, cerca del teléfono. ¿Cómo habría llegado hasta mí? No recordaba haberlo recogido ni guardado. Con seguridad pertenecería a alguien que me precedía en la fila.

Ahí me atacó otra vez el espíritu de Diógenes. Di vuelta el papel y leí:

Pasta de dientes

Macarrones

Servilletas de papel

 

Te quiero

Escrito con boli azul, quizá una Bic, la letra era menuda y redonda. Letra de mujer. No lo intuí, lo supe: letra de recién casada. Las instrucciones de una muchacha enamorada para su embobado marido. Imposible que fuera de otra manera, los delataba el “Te quiero”, los macarrones, las letritas tan redondas. Enamorada, ella, hasta el punto de revelar su amor en dos palabras; enamorado él, ¿cómo no estarlo? ante tal declaración.

De inmediato —mentira, necesité unos momentos para reponerme— pensé aquí hay un cuento. Al mismo tiempo me sentí un intruso, un ladrón barato, un voyeur que espiaba la felicidad de otros. ¿Con qué derecho me entrometía? Me deshice de la nota. La arrugué hasta convertirla en una bola y la arrojé al cesto de los desperdicios.

Era tarde, como un nuevo zahir se me había clavado en la memoria.

Han pasado dos décadas desde aquella tarde de estío, y muchas horas de cavilaciones. He imaginado cantidad de argumentos donde encajar el papelito de marras, y nunca he dado con el que le corresponde. Tampoco he podido apartar el recuerdo, que se ha vuelto como uno de esos sueños recurrentes en los que uno sabe que sueña, pero no puede evitarlo. ¿Seguirán juntos mis enamorados? ¿Cómo los habrán tratado estos veinte años? ¿Los habrá devorado el tiempo, la costumbre? ¿Habrá más papeles con tequieros? Los imagino compartiendo la pasta de dientes, gozando de los macarrones y limpiándose los labios con resplandecientes servilletas de papel. Quizá estas líneas me permitan exorcizar el recuerdo y atreverme a pensar, o desear, que sí, que han vencido a la rutina y los contratiempos.

Algo he aprendido, ya lo mencioné al principio: el cuento se diluye porque ya me lo han contado. Es un cuento hermoso, límpido, inobjetable, maravilloso.

Dice Te quiero, escrito con boli azul y letra menuda y redonda.

Comentarios

El cuento dentro del cuento.

Imagen de Geli

El cuento dentro del cuento.

Bien logrado el calor porteño, la incomodidad en la cola, la cajera lenta y rápida -según se mire- y esa tierna historia de amor inventada que, desde el principio, se desea con final feliz.

¡Qué bien que esté dejando la sequía atrás! (Seguimos sin el marcianito palmeroDecepcionado).

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Geli

Es que no puede inventar nada

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Es que no puede inventar nada, apenas una suposición o el deseo de que ese supuesto fuera posible.

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Qué excelente relato. Veo que

Imagen de DavidRubio

Qué excelente relato. Veo que las cajeras no le tienen manía a mí sólo. No sabía que la busqueda de historias se llama espíritu de Diogenes. La estructura y la narración es magnífica. Un estilo claro y directo, como a mí me gusta.

Pronto las historias volverán a tí porque no van a ser tan estúpidas de ir a parar a cualquiera que apenas sepa construir frases. Necesitan de escritores como tú para lucir.

Saludos

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DavidRubio

Ea, Marcelo! Un cuento

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Ea, Marcelo! Un cuento redondo, en dos palabras.

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Gracias David y Samo. Lo de

Imagen de Oscar

Gracias David y Samo. Lo de Diógenes me lo inventé, una forma menos brusca de reconocer que me la paso juntando bolsas negras para ver qué puedo usar. Desde el día en que me tropecé con el papelito de marras —eso es verídico—, espío a los que están en cualquier fila por si se repite el milagro.

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