Rings of Magic: Book 1 (Capítulo 2)

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Rings of Magic: Book 1 - Portada

Itsmoor estaba rodeada por tres muros concéntricos (llamados también anillos) que protegían la ciudad de cualquier ataque. Y, aunque ahora no eran necesarios porque Ringworld vivía una época dorada de paz, antaño sirvió como bastión contra los ejércitos de Xel Cateel. La Torre del Anillo fue la única torre, junto con la Torre de la Niebla, que resistió ante las ansias de poder de Cateel, el invasor que unos dicen que vino más allá del Mar del Norte y otros aseguran que vivía en una legendaria torre que nadie sabe a ciencia cierta si existió.

 

    Las zonas entre anillos se llamaban sectores. En el tercer sector (el más cercano al exterior) predominaba la clase trabajadora y estaban ubicados el cuartel militar y el mercado. El segundo albergaba, mayoritariamente, las casas de los más adinerados, aunque también había comercios, la escuela, la biblioteca y la iglesia. Y, por último, el sector uno era el sector en donde estaba construida la torre.

 

    En cuanto a la torre, estaba dividida en seis plantas, más la planta baja y el sótano. Este último se utilizaba de bodega y almacén. En la planta baja se hallaban ubicados los comedores, las cocinas y demás habitaciones de servicio. En la primera planta se hallaban, principalmente, la enfermería, la sala de juntas, las habitaciones de los profesores y dirección. Las plantas segunda y tercera estaban destinadas, principalmente, para las clases. En la cuarta y la quinta estaban ubicadas las habitaciones de los alumnos. La sexta planta estaba totalmente reservada al rector.

 

    Eran poco más de las nueve y media cuando Gerald pasaba por el portón del primer anillo camino de la biblioteca. Le gustaba pasar sus ratos libres entre libros y, aunque la torre contaba con su propia sala de lectura con muchos libros, él prefería visitar la biblioteca de la ciudad porque era mucho más completa, tenía muchísimos más libros para consultar y porque ésta estaba abierta hasta las once de la noche. Bueno, esa no era la única razón por la que Gerald se sentía atraído por esa biblioteca en concreto. Darah, la chica que se encargaba de mantener cada libro en su estantería correcta, también era un buen revulsivo para visitarla de vez en cuando, aunque no necesitara realmente consultar ninguno de los numerosos tomos con los que contaba. Y parecía que a Darah tampoco le molestaba en absoluto que Gerald se pasara por allí. "Ella siempre tiene una sonrisa para mí" –pensó mientras alcanzaba el primer peldaño de las escaleras que conducían a la puerta de la biblioteca.

 

    Abrió la puerta con sumo cuidado, pues sabía que ésta chirriaba en demasía si se abría de golpe, y no quería molestar a nadie que estuviera dentro leyendo, si es que había alguien a esas horas.

 

    –Buenas noches... Darah –dijo suavemente, y su voz sonó casi como un susurro.

 

    –Hola, Gerald –contestó la joven muchacha que se hallaba al otro lado del mostrador mostrando sus blancos dientes.

 

    Darah era bajita, apenas llegaba a metro y medio. Lucía una preciosa trenza negra como el azabache. Los brillantes y enormes ojos que se escondían tras unas gafas de color marrón oscuro también eran negros como la noche. Vestía una ceñida bata azul que hacía las veces de uniforme de trabajo.

 

    –Hacía días que no venías por aquí –dijo mirando fijamente a Gerald–.

 

    –Bueno... sí... –dijo Gerald intentando no atollarse al hablar–. Es que el principio de curso está siendo más intenso de lo que esperaba.

 

    –Pero eso no es nada para ti, Gerald –contestó la chica–, tú eres un buen estudiante. Seguro que eres el que mejores calificaciones tiene de toda la clase.

 

    –Er... bueno... –comenzó a decir Gerald mientras sus carrillos comenzaban a sonrojarse–, no me puedo quejar.

 

    –Bueno, ¿y qué te trae por aquí? –preguntó Darah apoyando los codos en el mostrador.

 

    –Tengo que hacer un trabajo –contestó el rubio muchacho mientras se frotaba el ojo derecho por debajo de las gafas.

 

    –¿Algo en especial? –volvió a preguntar Darah– Si buscas algo en concreto, dímelo y yo te diré por donde puedes empezar a buscar. Aunque a veces creo que te conoces la biblioteca mejor que yo.

 

    –Em... Bueno, aún no me he decantado por ningún tema –contestó, esta vez sin ruborizarse.

 

    –Pues cuando te decidas, ya sabes donde encontrarme –dijo Darah mientras se apartaba de la frente un rebelde mechón de pelo. Por cierto –añadió–, ya sabes que son las reglas... ¿has traído pase?

 

    –Sí, claro –metió su mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una tarjeta–. Aquí tienes, Darah –dijo mientras extendía la mano con el pase de estudiante que le permitía estar fuera de la torre a esas horas.

 

    –Gracias, Gerald –contestó la chica recogiéndolo–. Esta noche puedes coger la mesa que quieras, no hay nadie más. Y, ya sabes, si tienes algún problema para encontrar algún libro –añadió mientras le devolvía el pase correctamente sellado–, ya sabes que no tienes más que preguntarme.

 

    –Gra-gracias Darah –balbuceó de nuevo el tímido muchacho mientras recogía el pase de manos de la guapa bibliotecaria. Y se perdió entre los pasillos repletos de cientos de libros.

 

 

* * *

 

 

Llamaron a la puerta. Tres golpes seguidos y dos más pausados. Era la contraseña que tenía el grupo para saber que era uno de ellos.

Julius fue el encargado de abrir la puerta, que para eso esa noche era el anfitrión. Bueno, esa noche y la mayoría de las noches, pues había tenido la suerte de haberle tocado una de las habitaciones que estaban perpendiculares a los ascensores de madera, que eran más grandes que las demás.

 

    Frente a él se encontró a Alana. Julius asomó la cabeza y miró al pasillo en ambas direcciones–. ¡Rápido, pasa! –le dijo a su amiga con urgencia.

 

    Las normas de la torre eran muy claras al respecto: ningún alumno podía salir de su habitación pasadas las diez de la noche (a no ser que, por una buena razón, te concedan un pase para poder hacerlo). Pero el grupo de Bylo se saltaba a la torera esa norma muchas noches. A veces se juntaban para hacer los deberes, otras para celebrar alguna fiesta improvisada, y otras porque, simplemente, deseaban estar juntos un rato antes de acostarse.

 

    Alana entró en la habitación de Julius con toda la celeridad que pudo. Si algún vigilante les pillaba, se les caería el pelo con todas las de la ley.

 

    –¡Hey, cuidado, que casi me pillas con la puerta, bruto! –se quejó Alana. Julius rió entre dientes.

 

    En el amplio sofá se encontraba Bylo y, a sus pies, Pommet, el cual, miró a la recién llegada, bostezó y volvió a recostar la cabeza.

 

    –Bueno, pues ya estamos todos –dijo Bylo estimándose.

 

    –Todos no. Falta, para variar, Gerald –puntualizó Julius.

 

    –Sí, pero a eso ya estamos acostumbrados –dijo Bylo–. Ese ratón de biblioteca... ¡Es un empollón empedernido!

 

    –¿Y qué tiene de malo ser listo? –dijo Alana saliendo en defensa del rubio muchacho– Gerald es uno de los mejores estudiantes de la torre, y seguro que el día de mañana llegará a ser un poderoso mago al cual respetará todo el mundo.

 

    –Bueno, bueno, no he dicho nada –contestó Bylo lanzando una mirada de complicidad a Julius–. ¡Mujeres!  –le dijo entre dientes.

 

    –¿Lo has traído? – preguntó Julius a Alana cortando la conversación.

 

    –Sí, pero cuidado con él –contestó la chica–. Si mi padre se entera de que lo he cogido...

 

    –Tranquila, que sólo le echaremos un vistazo rápido –dijo Julius.

 

    Alana desenvolvió un viejo joyero de un trozo de tela y sacó de él un objeto metálico que dejó sobre la mesa. Alana vivía en el segundo sector, entre el segundo y el tercer anillo, lo cual le confería cierta libertad a la hora de poder ir y venir a su casa.

 

    –¡Guau! –dijo Bylo, soltando un silbido– ¡El anillo del mismísimo Varen!

 

    Varen era el abuelo materno de Alana. En sus tiempos llegó a ser uno de los magos más poderosos de Ringworld.

 

    –Este anillo estuvo a las órdenes del mismísimo Patriarca –informó, como si no lo supieran, Alana a sus amigos–. Incluso, una vez le salvó la vida. Mi abuelo fue el mago de confianza del Patriarca durante muchos años hasta que... –calló momentáneamente– ocurrió aquello.

 

    –¡Tu abuelo fue un héroe! –alegó Bylo–. Sólo que el destino le tenía deparada una inesperada sorpresa. ¿Quién iba a imaginar que el mismísimo hermano del Patriarca fuera un traidor y que quisiera el trono para sí? No debes avergonzarte ni entristecerte por ello. Tu abuelo no pudo hacer nada por evitarlo.

 

    –Sí, pero ese... acontecimiento... –se paró para tragar saliva– ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Por qué tuvo que quitarse la vida? –dijo amargamente, casi con lágrimas en los ojos.

 

    –No te atormentes más, Alana –dijo Julius tratando de calmar a su amiga–. Bylo tiene razón, tu abuelo no pudo evitarlo. Lo único malo del asunto es la decisión que tomó después. Supongo que sintió que le había fallado al Patriarca... y también a sí mismo.

 

    –Bueno, bueno, cambiemos de tema, ¿vale? –dijo Bylo tratando de cortar la conversación– ¿Qué tal si lo vuelves a guardar en su caja y jugamos un rato al Rodro?

 

    El Rodro era un juego de mesa para magos en el que podían jugar hasta un máximo de 4 jugadores, solos o por equipos. Se jugaba sobre un tablero de madera con agujeros. Cada jugador tenía 8 fichas y en cada turno, cada jugador debía lanzar un hechizo (el mismo para todos) para desplazar una de sus fichas e intentar que ésta empujara una o varias fichas de los otros jugadores para que cayeran en los agujeros o fuera del tablero (cosa que era más difícil porque el tablero tenía un pequeño borde alrededor). Ganaba el último jugador con fichas sobre el tablero.

 

    –¡Preparad vuestros anillos! ¡Hoy volveré a ganar yo! –dijo Bylo bravuconeando.

 

 

* * *

 

 

Gerald aún no sabía exactamente sobre qué hacer su trabajo de historia. ¿Quizá sobre los antiguos pobladores que reinaron las tierras de Ringworld? ¿O buscaría información sobre todos los Patriarcas que había tenido hasta ahora Ringworld? ¿O, tal vez, sobre...?

Se quedó parado repentinamente con la mirada fija en un pequeño resquicio, de aproximadamente dos centímetros de ancho por dos metros de altura, que recorría la pared de arriba a abajo–. Hay un panel suelto – se dijo para sí. Tiró de él, pero no se movió –. Parece una puerta –pensó.

 

    Fiel a su inagotable curiosidad, regresó a la mesa, se quitó la mochila y la dejó en una de las sillas; la abrió y sacó de ella un montón de libros, varias piezas de fruta y, tras rebuscar en el fondo, sacó una pequeña navaja que usaba para cortar la fruta que se guarda del postre.

Navaja en mano, volvió a acercarse al panel y lo fue apalancando con ella de arriba a abajo hasta que la apertura se hizo lo suficientemente grande como para que le cogieran cómodamente los dedos. Se guardó la navaja en el bolsillo y tiró con todas sus fuerzas hasta que logró abrir el panel unos 40 centímetros.

 

    –Sí, es una puerta. ¡Una puerta oculta! –dijo maravillado– Seguro que dentro guardan los mejores libros, libros antiquísimos y tan valiosos que no pueden exponerse al público. ¡Una verdadera mina de oro! –pensó.

 

    Tiró un poco más de la puerta y asomó la cabeza por el hueco, pero todo estaba demasiado oscuro. Ni siquiera la luz de los candelabros cercanos conseguía romper esa impenetrable oscuridad.

 

    Se acercó a las mesas y, tras recoger todo lo que había sacado de su mochila y cerrarla, de un zarpazo cogió uno de los candelabros  que había sobre una ellas. Con el movimiento, la cera de la vela se derramó y le cayó en la mano. ¡Dian... tres! –aulló de dolor, apretando los dientes.

 

    Dejó el candelabro en la mesa y corrió de puntillas hasta la entrada del pasillo para comprobar si Darah había escuchado su grito que, aunque había intentado ahogarlo, había sonado con cierta intensidad. Se asomó por la estantería de la esquina y la vio. Seguía en el mostrador revisando libros–. ¡Bien! No se ha enterado –se dijo con satisfacción. Y regresó a la recién descubierta entrada.

 

    Volvió a tomar el candelabro y se asomó por la puerta. Parecía como si la oscuridad campase a sus anchas ahí dentro y ésta no quisiera dejar su morada. Volvió a echar otro vistazo hacia el pasillo que daba a la entrada de la biblioteca (no quería que Darah le pillase husmeando por ahí) y, candelabro en mano, se decidió a entrar en la oscura habitación.

 

 

* * *

 

 

–¡Síii! ¡Toma! ¡Volví a ganar! –gritó entusiasmado Bylo mientras saltaba de alegría– ¡Ya os lo advertí! ¡Soy invencible en este juego! –volvió a gritar otra vez alardeando.

 

    –Lo tuyo es suerte –le respondió Julius algo picado.

 

    –Sí, ya… ¿Suerte cuatro veces seguidas? ¡Ja! –dijo Bylo, devolviéndole la pelota a su amigo.

 

    –Vale, vale, se te da muy bien este juego –dijo Alana intentando apaciguar las cosas–, pero no hace falta que nos lo repitas tan efusivamente tantas veces –dijo remarcando las dos últimas palabras.

 

    –Seguro que si hubiese estado aquí Gerald, no hubieras ganado ni una sola partida –añadió Julius mientras cerraba la caja del juego.

 

    –Por cierto, y ahora que mencionas a Gerald... Es muy tarde ya –dijo Alana mirando el viejo reloj que pendía de la pared, el cual, marcaba casi las once y media–, y nunca regresa tan tarde. Además, la biblioteca ya ha cerrado hace rato.

 

    –Estará en su habitación –dijo Bylo, aún eufórico por su victoria.

 

    –Pero siempre que nos reunimos se pasa por aquí, aunque sólo sea para decirnos que se va a dormir. Es muy raro –dijo Alana, algo preocupada.

 

    –Ya sabéis que Gerald no es muy trasnochador... a no ser que tenga que estudiar para un examen –añadió Julius algo sarcástico–.  Seguro que ha venido de la biblioteca y se ha ido derechito a la cama.

 

    –No sé –contestó Alana algo preocupada–. Aún así, me parece algo inusual en él.

 

    –Bueno, hagamos una cosa –dijo Bylo viendo que su amiga no estaba muy convencida–. Vayamos a ver si está en su habitación.

 

    Los tres amigos salieron de la habitación de Julius una vez que se hubieron asegurado de que no había ningún vigilante por los alrededores y, usando las escaleras, se encaminaron al piso superior.

 

 

* * *

 

 

La habitación estaba muy fría y se notaba un fuerte olor a moho en el enrarecido ambiente. Ni siquiera con el candelabro se podía ver nada–. Será algún tipo de hechizo –pensó Gerald.

 

    –¡Diantres, un hechizo! ¡Eso es! –dijo de repente, recapacitando en voz alta. Y, acto seguido, levantó la mano en la que llevaba su anillo y pronunció una palabra: "¡Lumia!".

El haz de luz proveniente del anillo tampoco era lo suficientemente potente como para rasgar la tupida oscuridad. Entonces, dejando el candelabro en el suelo, se concentró y probó otro hechizo: "¡Lumia-Ovo!", y una bola de luz le envolvió. Ahora sí podía ver algo mejor aquella misteriosa habitación.

 

    Había varias estanterías llenas de libros en la pared de la izquierda. Se acercó y les echó un vistazo rápido. No vio ninguno que llamara su atención.

Siguió recorriendo con la mirada la habitación de izquierda a derecha. A continuación de las estanterías, había una mesa con un candelabro de dos velas, apagado. Y un poco más a la derecha una vieja estufa de carbón con la puerta rota.

En la pared de la derecha encontró algo que sí llamó poderosamente su atención. Entre dos estanterías de libros había una inscripción tallada en la fría pared de roca y, bajo ella, dos especie de aldabas circulares sobre seis círculos (también tallados en la pared) y otros tantos agujeros (uno por círculo) del tamaño de un guisante. Se acercó más para ver la inscripción. Observó que eran palabras escritas en ringual antiguo. Podía entender parte del mensaje, pues el ringual era una de las lenguas que estudiaban en clase de lenguas muertas.

 

    –Sol... Luna... –comenzó a traducir las palabras que más le sonaban– eclipse... ¿Qué querrá decir esto?

 

    Alargó su mano derecha, agarró una de las aldabas y tiró de ella. Sin apenas hacer resistencia, ésta se soltó, lo cual provocó que Gerald soltase una exclamación– ¡Diantres, la he roto!

Con la aldaba en la mano, comenzó a examinarla y vio que, aparte de parecer antiquísima, de ella salía un pequeño trozo de metal del mismo grosor que los agujeros de la pared. Dicho trozo era cilíndrico, y su punta tenía forma hexagonal–. ¡Un mecanismo! –dijo asombrado– Quizá, interpretando la inscripción, ocurra algo.
Tiró de la otra aldaba, comprobando así que también salía de su sitio. Esta tenía el hierro saliente más largo que la primera.

 

    –Debe de haber una manera de colocarlas para que ese "algo" ocurra –dijo convencido–. ¡Y seguro que la clave está en la inscripción!

 

    –A ver... Sol, Luna, eclipse... –dijo en voz alta volviendo a leer la enigmática inscripción.

 

    –Tras unos segundos de reflexión, se decidió a meter las aldabas en dos de los agujeros de la pared. Encajaron perfectamente, pero no ocurrió nada. Se quedó pensativo.

 

    –La Luna tapa al Sol cuando hay eclipse –pensó para sí–, supongo que, como una aldaba tiene el enganche más largo que la otra, será porque una va encima de la otra. ¡El Sol y la Luna!

 

    Así que volvió a meter las aldabas en otros dos agujeros, pero no llegaban a superponerse, así que probó en otros dos. En estos últimos sí que quedaba una aldaba por encima de la otra. Pero tampoco pasó nada.

 

    –¡Aquí hay algo que falla! –dijo, algo frustrado– Y volvió a examinar la inscripción.

 

    –Sol, Luna, Eclipse... –comenzó a leer– ¡Pero las demás palabras no las entiendo! "Giroe Lunum ei Son den sum clipsum faum tor enfinitae" –volvió a releerla por tercera vez.

 

    –"Giroe" suena como "girar". Probaré –Y tomó una aldaba con cada mano y las giró hacia la derecha. Éstas giraron, pero... nada. Volvió a probar de nuevo, pero esta vez hacia el lado contrario. Tampoco sucedió nada. Y volvió a leer la inscripción una vez más, la cual, ya estaba empezando a sacarle de quicio.

 

    –Girar, Luna, Sol, eclipse... –siguió leyendo intentando relacionar las palabras con las de su idioma– Faum, enfinitae... ¿Y si "enfinitae" fuera "infinito"? ¡Ya sé qué hacer! –dijo esbozando una sonrisa triunfal.

 

    Puso el candelabro en el borde de la puerta para que no se cerrara, volvió a la mesa y abrió su mochila–. Debe de andar por aquí –dijo mientras rebuscaba en su interior–. ¡Vaya, me lo he dejado en la habitación! –exclamó al comprobar que el libro de ringual no se encontraba dentro de su mochila–. No hay problema, no hay problema... estoy en el sitio adecuado –dijo mientras volvía a cerrarla.

 

    Se encontraba en el pasillo que tenía la sección de historia y sabía muy bien donde encontrar el libro que necesitaba. Le costó menos de un minuto cogerlo y regresar a la mesa con él. Se sentó y empezó a ojearlo.

 

    –A ver... –dijo mientras buscaba una de las palabras del grabado– F... Fa... Faun...  ¡Aquí! –dijo emocionadamente–. Faun quiere decir "hasta".

 

    –E... En... –comenzó a buscar la segunda palabra– Enfi... ¡Enfinitae! –volvió a exclamar– Significa "infinito".

 

    Volvió a quedarse pensativo unos instantes con la frase en la cabeza– "Girar Luna y Sol desde su eclipse hasta el infinito" –dijo al fin–. Sí, debe ser eso. ¡Tiene que serlo! –gritó mentalmente.

 

    Regresó hasta la estantería para dejar el libro en su lugar y desandó de nuevo el camino hasta la puerta. Empujó con el pie el candelabro hacia el interior de la oscura habitación y entró, acercándose de nuevo al enigmático grabado.

Puso sus manos sobre las aldabas y, esta vez, giró una para cada lado hasta que quedaron una opuesta a la otra. En ese preciso instante se oyó un sonido de cadenas y engranajes provenientes del otro lado de la pared. Tuvo que apartarse porque la estantería de la derecha, con un leve crujido, empezó a deslizarse hacia la izquierda, lugar donde Gerald se encontraba.

 

    –¡Oh, vaya! ¡Impresionante! –dijo, mientras su expectación crecía por momentos.

 

    La estantería escondía tras ella una entrada, cuyo interior también estaba oscuro como una noche sin luna (y nunca mejor dicho). Encaminó sus pasos hacia ella y, cuando se encontró en su interior, la estantería volvió a moverse hasta su sitio con inusitada rapidez, dejando la salida cerrada.

 

    Gerald se giró todo lo rápido que pudo, pero al hacer tal movimiento, su pie derecho no encontró el apoyo adecuado, lo que hizo que resbalara. Su cabeza encontró la puerta-estantería violentamente, sumiéndole en la inconsciencia.

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