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Su esposo en el suelo, lejos cubierto de sangre y sin signos vitales. Ella a su lado, con un cuchillo y anonadada todavía por el hecho. Una bolsa negra, él envuelto en sábanas adentro junto al arma con el que fue asesinado. Un abismo y la bolsa negra rodando hasta el fondo. Todo pasa tan rápido que ella aún no es totalmente consiente de lo que ocurrió, perdió la cuenta de las puñaladas, no sabe en qué momento pasó todo. Limpia litros de sangre e intenta evadir su conciencia. La policía hace mil preguntas…
—¿Desapareció?, ¿Desde cuándo?, ¿Cómo estaba la última vez que lo vio?.
Ella solo puede llorar para esconder su mentira, finge preocupación por no saber el paradero de su esposo.
—¡Sabes bien dónde y cómo está!— le grita su conciencia, que ha sido su mayor enemiga las últimas semanas. La incertidumbre, el llantoy el pánico se apoderan de la familia. Ella observa desde lejos.
—Se lo merecía.— dice entre dientes—Nadie juega conmigo.
Su conciencia sigue atormentándola, sigue recordándole cada día que es una asesina. Luego de varias semanas, suponiendo y buscando culpables en todas partes, la policía encuentra el cuerpo, lo examinan y encuentran sus huellas digitales en el cuchillo con el que fue asesinado. A ella no le queda más que confesar su crimen, sin ningún tipo de arrepentimiento.
Se encuentra encerrada en una oscura celda, sentada en el borde de una cama que más parece una pieza de cemento, recuerda la forma en que su esposo suplicaba que se detuviera y aun así ella seguía, se ríe al recordarlo. Aunque está encerrada cree que valió la pena.
— ¡Es un cabrón!— grita furiosa, un segundo después esboza una sonrisa y vuelve a hablar entre dientes: —Bueno, era.
Martha, su compañera de celda, tiene un arma blanca. Tarda varios días en encontrarla, pero por fin una noche, mientras Martha duerme, ella la hurta. Entre llanto y una risa perversa, se dirige a su conciencia:
–No viviré contigo encerrada tantos años.
La navaja encuentra su cuello, justo ahí donde la herida no puede fallar y aunque el golpe es certero, no alcanza a ser lo suficientemente potente. Guardias de seguridad que pasan por la zona la descubren, le prestan servicio médico y la salvan.
Años después, termina su condena y tras varios intentos de acabar con su vida, regresa a su casa, halla una pistola que había conseguido hace unos años y con un disparo en la sien encuentra su final.

Comentarios
¡Qué relato tan intenso!, me
¡Qué relato tan intenso!, me ha encantado la idea de matar a tu conciencia aún a costa de tu vida. en el taller apunto un par de cosillas si te parece.
DavidRubio