El calcetín rojo

Imagen de CarmeNiebieska

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  • Cuento

Enlace al taller: 

Melusina se ha pasado una hora buscando el calcetín rojo. Ha mirado en el lavadero y en el tendal, en la cómoda y en los armarios. Ha puesto patas arriba todas las habitaciones del castillo, y ha enviado a sus sirvientas a inspeccionar el bosque.
Está invitada a un bautizo, de una princesa de alta alcurnia, y ya llega tarde.
Según le han contado, los padres estaban muy afligidos porque no conseguían tener hijos, pero al final ¡voilá! Princesita al canto. Y claro, bautizo por todo lo alto. Parece ser que han invitado a todas las hadas del reino.
—Mal asunto —piensa Melusina. Hoy no está de humor para una competición de egos.
Además, es obvio por qué la invitan. Quieren que le ofrezca un don a la dichosa niña.
—Por el interés te quiero Andrés —masculla Melusina, mientras rebusca con afán en el cesto de la ropa sucia. Su nerviosismo va en aumento: no puede hacer magia sin sus calcetines rojos. Ellos son los que le dan el poder de realizar encantamientos. Melusina juraría que los guardó en el primer cajón de la cómoda después de lavarlos la última vez… ¿Por qué hay sólo uno?
Y hoy encima es viernes.
—¡Mierda! —exclama mientras sube a todo correr las vetustas escaleras—. Es que se me junta todo. ¿Quién celebra un bautizo en viernes? A ver cómo hago yo ahora para escabullirme del convite antes de medianoche…

Quizá algunos no estéis al tanto de la historia de la desafortunada Melusina, pero es que su mamá -una señora muy suya- la castigó un día por un asunto (que ahora no viene al caso y, además, seguro que viene en la Wikipedia), y le echó una maldición: todos los sábados, en lugar de tener su forma humana habitual, es una serpiente de cintura para abajo. Melusina, como es comprensible, odió a su madre durante un tiempo, pero no hay nada como el paso de unos cuantos siglos para que ciertos sentimientos se suavicen… Aunque su aspecto de los sábados le sigue pareciendo desagradable.

El palacio está maravillosamente engalanado. Luces de mil colores resplandecen en las ventanas, creando hermosos juegos tonales en las sombras del jardín. Tiestos llenos de mágicas flores cantantes pueblan cada rincón de las escalinatas y de los pasillos, y esparcen por doquier sus delicados murmullos, apacibles y cautivadores.
Sin embargo, cuando Melusina entra con una tensa sonrisa en el gran salón -tarde y sin calcetines-, esperando unirse discretamente a la fiesta, se da cuenta de que algo no va bien. Hay caras tristes por todas partes y las hadas parecen trastornadas.
Al verla llegar, al punto se le acercan todas, y le cuentan entre cuchicheos que justo cuando ya le habían dado sus dones a la princesita, había aparecido Carabosa, con un cabreo de mil demonios. Se sentía tremendamente insultada por no haber recibido la invitación, así que había lanzado a la niña uno de sus terribles conjuros.
—¿No le mandaron invitación? ¿Con la mala uva que tiene? —dice Melusina con una sonrisa socarrona, y al momento recibe un codazo del Hada de Cabellos Turquesa:
—¡Chist! ¡Que te van a oír!
Melusina mira a su alrededor y ve a los angustiados padres, llorando con su niñita en brazos… Ve a los invitados, cabizbajos y hablando entre murmullos, y las caritas mustias de las hadas… Y de repente, se da cuenta de la encerrona que le han preparado: como no le ha dado aún su don a la niña, pretenderán que anule la maldición o al menos que la suavice. Efectivamente:
—Mira —le dice Puca—, Carabosa ha dicho que la chavalita se pinchará con un huso siendo aún moza y se morirá. ¿Por qué no lo dejas tú en que sólo duerma unos cientos de años o algo así?
A Melusina no le cae bien Puca. Va por la vida como si fuera un hada, pero no es más que una apestosa pixie, que además aprovecha cualquier oportunidad para ponerla en ridículo.
Pero al resto de hadas les ha gustado la propuesta y comienzan a presionarla. Melusina lleva puesto un vestido largo hasta los pies y nadie se ha dado cuenta aún de que no ha traído sus calcetines de hacer magia. Pero en breve sospecharán de su persistente negativa y sabrán lo que sucede. ¡Se morirá de vergüenza! No puede soportarlo: aparta a las otras hadas a empujones, echa a correr y baja a saltos las escaleras de palacio.

Melusina se mete en la amplia bañera, llena de agua tibia y jabonosa. Sus piernas ya se han convertido en cola de serpiente, pero poco a poco el calor del baño la hace sentir mejor. Se va olvidando del bochorno que ha pasado por la tarde y de la dichosa Puca. Chapotea un poco en la tina y después se peina delicadamente los largos cabellos de oro.
—Al final —piensa Melusina—, han dicho que la niña se morirá, ¿con cuántos? ¿Quince? ¿Dieciséis años? Bueno, ya es bastante —se dice a sí misma, mientras enrosca y desenrosca perezosamente su larga cola—. Además, siendo un ser humano se va a acabar muriendo igual, ¿no? Vita brevis…
Un agradable sopor se va apoderando de ella y, finalmente, con la hermosa cabeza reposando en los mullidos cojines que sus sirvientas han dispuesto en el cabecero de la tina, se queda dormida. Sueña con bosques de antaño y auroras de plata, mientras el agua se va enfriando lentamente…
El pesado tirador de la puerta baja despacio y ésta se abre con un leve quejido. Por la abertura aparece Raimundo, sonriente:
—Querida, ¿estás aquí? No te encontraba por ninguna parte… Este calcetín rojo estaba en mi morral, ¿es tuyo?
Se acerca diligente a la bañera, calcetín en mano, y descubre aquella horrenda cola serpenteante.
Melusina, que ha despertado al oír la voz de Raimundo, se queda paralizada. De sus ojos, abiertos como dos lunas llenas, brotan dos lágrimas amargas.
Raimundo es su marido, el único que nunca debía verla en su forma de serpiente, bajo pena de permanecer con esta apariencia para el resto de sus días.

Comentarios

¡Qué imaginación tienes!. Me

Imagen de DavidRubio

¡Qué imaginación tienes!. Me ha gustado ese tono moderno a una historia de hadas. Te dejo un par de cosas en el taller.

Saludos

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DavidRubio