Varela y el presunto asesino

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Nuevo Cuento publicado.

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1. El relato va de lo general

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1. El relato va de lo general a lo concreto. La descripción de la estación primero; después los personajes son altos, bajos o macizos y al final tienen nombre y una historia. La estructura creo que es coherente. Pero, dado que lo guay está en la sugerencia del inspector que le ayudará a salir bien parado en el juicio, creo que podría reforzarse la angustia de Rodriguez, el miedo a ser capturado, temer a su perseguidor para que la salida del Inspector sea un alivio. Algo así como tu me temes pero en el fondo se por lo que has pasado y te quiero ayudar.

2. Un hombre bajo, casi calvo por completo (creo que si está casi calvo se sobreentiende el por completo) y con gafas de montura negra,

3.los labios convertidos en una línea lívida bajo el bigote oscuro. Antes realizas una descripción bastante detallada de quien luego será Rodríguez y no describes que tuviera bigote o no lo he sabido ver que solo me funciona medio ojo. Creo que allí habría que decirlo para mayor claridad.

4. Sujetó el pasamanos de bronce, en el mismo momento, alguien lo retuvo por el brazo. Aquí haces un punto y a parte ¿mejor un punto seguido?,  La acción es la mismay se ve más fácil quien los retiene. Era el calvo de gafas. Había apoyado la mano izquierda en el brazo del hombre, y mantenía la derecha en el bolsillo. En su cara redonda había una sonrisa bonachona.

5. El hombre delgado suspiró. ¿Resignación, alivio? ¿Qué tal? El hombre delgado suspiró; tal vez por resignación, tal vez por alivio.

6. Era El hombre macizo que debía de haber cruzado por dentro de los vagones hasta aquel acceso, cerrando y con su humanidad cerraba el paso. En esta parte hay mucha descripción y el amigo Viviani hasta ese momento era una constitución maciza. Creo que con el "era" queda claro que ya había salido antes por lo menos para los desmemoriados como yo. Si te das cuenta cuando el calvo vuelve a aparecer lo inicias con el era.

Ya me dirás que te parece y si no ¡corrección de las correcciones!

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DavidRubio

Ahí van algunas de mis

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Ahí van algunas de mis observaciones:

En la estación de trenes todo era ajetreo y confusión. Los viajeros, agitando los pasajes, se apresuraban por el andén en busca del vagón correspondiente. Un pequeño ejército de mozos de cordel maniobraba con sus carretillas pintadas de gris, atiborradas de baúles, maletas y bolsos de todas las estirpes posibles. Algunos niños correteaban entre las piernas de los adultos, llamándose a gritos. Un matrimonio mayor, ella con vestido floreado y sombrerito con tapafeas, y él con un abrigo oscuro, caminaban del brazo, muy parsimoniosos. Un marinero besaba a su chica al pie de la escalerilla, ella levantaba el tacón como si no pudiera resistir la intensidad de aquel beso. Se oían gritos, llamados (Suena a "argentilinandia"), nombres pronunciados con alguna urgencia. Había pañuelos agitados y manos en alto que saludaban hacia las ventanillas.

Un individuo muy alto y delgado se asomó por la puerta de lo que parecía ser un trastero o un pequeño depósito. Llevaba una chaqueta gris un tanto maltratada y un pantalón a juego. Los rasgos delicados de su cara contrastaban con las mejillas sin rasurar. En sus ojos se advertía un brillo febril, de agotamiento. Con largos pasos se encaminó hacia el primero de los vagones, el que iba pegado a la máquina, en el extremo más alejado del andén. Cruzó entre los otros posibles viajeros sin prestarles más atención que la necesaria para no chocar con ellos.

Un hombre bajo, casi calvo por completo y con gafas de montura negra, se despedía de otro, de constitución maciza y manos enormes. El de las gafas palmeaba al grandullón y parecía susurrarle algo. El otro asentía con gravedad.

El individuo delgado pasó a su lado sin notarlos, la vista fija en el primer vagón, los labios convertidos en una línea lívida bajo el bigote oscuro.

Sonó una campana y un silbato, anunciando la próxima partida del convoy.

Se multiplicaron los saludos, las recomendaciones y los encargos. El marinero se despegó de la muchacha, sonrió y volvió a besarla. El matrimonio mayor se instaló en la sección de primera clase. Los niños, a instancias de sus padres, abandonaron sus correteos y se dispusieron a abordar el tren.

Los revisores, uniformados de azul, los botones relucientes como pequeños soles de latón, ayudaban a subir a las señoras y señalaban las ubicaciones a quienes exhibían sus billetes.

El hombre delgado llegó hasta la escalerilla del primer vagón. Parecía un nadador exhausto que alcanza, justo antes de sucumbir, la orilla salvadora. Sujetó el pasamanos de bronce, (Fuera coma. Mejor punto)  en el mismo momento, alguien lo retuvo por el brazo. (¿Por qué no decir ya aquí que el calvo de gafas lo retuvo del brazo? Así evitaría el verbo ser en la siguiente frase.)

Era el calvo de gafas. Había apoyado la mano izquierda en el brazo del hombre, y mantenía la derecha en el bolsillo. En su cara redonda había una sonrisa bonachona.

—Usted no abordará este tren —dijo.

El hombre delgado suspiró. ¿Resignación, alivio?

—Es necesario que suba —dijo con voz cansada—. Por favor...

—¿A dónde piensa ir?

—A... A cualquier parte... Luego me entregaré.

—¿Todo en orden, inspector?

El hombre macizo debía de haber cruzado por dentro de los vagones hasta aquel acceso, y con su humanidad cerraba el paso. En una de sus manazas tintineó un par de esposas.

—Aquí, nuestro amigo —contestó el inspector—, insiste en hacer una excursión.

—Sólo hasta la primera estación, luego... Luego estaré a su disposición.

—Son cuarenta minutos —inquirió el inspector—, ¿para qué quiere retrasar su detención en tan poco tiempo?

—No pido más —dijo el hombre delgado—. Después de eso confesaré el asesinato, todo... Soy el único culpable.

—¿Lo has oído, Viviani? —el inspector parecía más apenado que alegre—. Va a confesarlo todo... Si dejamos que transcurran cuarenta minutos. ¿Cuántos aviones despegan en ese tiempo?

Viviani se rascó la mandíbula cuadrada.

—¿No fue lo mismo que nos contó la mujer en el aeropuerto? ¿Que iba a confesarlo todo?

—¿Qué mujer? —se sobresaltó el detenido—. ¿Cómo? ¡Es una trampa! Ella no...

—La detuvimos hace media hora —dijo el inspector—. Ella también dijo ser la única culpable.

El hombre pareció derrumbarse sobre sí mismo, como si se le hubieran licuado los huesos.

Viviani sacó un pequeño radiotransmisor del bolsillo.

—Operativo terminado, muchachos. Ya nos hacemos cargo de Rodríguez con el inspector Varela.

Varios hombres que fumaban o leían periódicos en rincones discretos de la estación se dirigieron hacia la salida sin mirarse entre ellos.

Varela hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza, Viviani guardó las esposas y bajó del tren.

—Olivares los chantajeaba —dijo el inspector hablando para sí—. Hasta que la situación se hizo insoportable.

—Usted no sabe bien hasta qué punto—asintió Rodríguez ―. No se trataba sólo de dinero, él quería que ella… que se rebajara a…

—Deberíamos leerle sus derechos —terció Viviani.

—En un momento —dijo Varela, y se apoyó en el hombro del presunto asesino—. Vamos.

—Sí, vamos. Todo está perdido.

—¿Perdido? ¿Sabe a qué cargos se enfrentará?

—Asesinato...

El inspector Varela recuperó su sonrisa.

—¡Hombre! Tanto como eso...

—Pero, ¡yo lo vi caer!

—Hay un detalle —dijo Varela—. Una nada, que no creo que interese al abogado defensor.

—¿De qué habla?

—Verá. Olivares, como buen chantajista, era un cobarde, un miserable. Pero, además, sufría de una grave insuficiencia cardiaca.

—¿Y con eso?

—Cuando alguien, usted o su mujer (apuesto a que lo hizo ella) —especuló Varela—, lo encañonó, Olivares sufrió un infarto masivo.

—Entonces...

—Que le dispararon a un muerto.

—¿No le da vergüenza? —terció Viviani que los seguía un paso por detrás—. Cargarse un finado. ¡Es lo último!

—Pero... Pero... —tartamudeó Rodríguez―. Le apunté y apreté el gatillo.

―Quiso amedrentarlo, y al ver que Olivares se derrumbaba se le escapó un tiro.

—Un abogado listo —dijo Varela—. Un abogado listo diría que el cargo máximo sería el de profanación de un cadáver o algo así, un tecnicismo.

Al llegar al Volkswagen negro, el inspector Varela hizo subir al detenido. Antes de cerrar la portezuela, metió la cabeza hasta que policía y arrestado quedaron cara a cara. Las gafas bailotearon en la punta de la nariz cuando Varela murmuró:

—Un abogado listo... No diga que yo se lo comenté, pero un abogado listo...

Desde el interior de la estación les llegó el largo silbato del tren, que partía.

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Geli

Me gustan estas observaciones

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Me gustan estas observaciones. Muchas son coincidentes, lo que facilita el trabajo. Trataré de hacer los ajustes lo antes posible.

Gracias, chicos.

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