Capítulo 1 - Novela

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Con una maldición entre los dientes, desmontó el rifle de su hombro y corrió hasta la orilla del río, solamente para comprobar lo que ya sabía. Había fallado el último tiro. Aquel mocoso se le había escapado cuando podía acariciarlo con la punta de sus dedos.

Siguió con la mirada la corriente del río con la esperanza, que sabía vana, de encontrar su cuerpo flotando inerte, pero varias decenas de metros río abajo le vio braceando entre las blanquecinas crestas que se formaban en el agua enfurecida. Se agachó para tocar el agua y comprobó que estaba helada.

“Más fría de lo habitual. No creo que sobreviva”, trató de convencerse. Pero no podía asegurarlo.

Contempló, absorto, la orilla contraria. Los pinos se multiplicaban, colonizando el terreno en un orden perfecto. Sólo alguna planta desafiaba la hegemonía arbórea, luchando por crecer en la oscuridad de sus raíces pero con escasas posibilidades de supervivencia.

Un largo silbido bastó para que los tres enormes mastines acudieran a su llamada. Jadeantes y con la lengua rezumante de babas, gemían inconsolables ante la pérdida de su presa.

—Buenos chicos —les dijo palmeando el lomo del mayor de ellos.

Aquello pareció alegrarlos, aunque seguían moviéndose inquietos, olfateando el suelo en busca del rastro perdido.

—Volvamos con los otros.

El camino de vuelta era sencillo. Las señales de la persecución eran evidentes por todo el bosque. Cuando vio las marcas de los disparos en la corteza de los árboles las palpó suavemente, recreando mentalmente la escena. Repasó una y otra vez qué había hecho bien y, sobre todo, en qué había fallado. Aquello no les gustaría. No, definitivamente no les gustaría.

Siempre había presumido de ser un gran tirador. Desde pequeño había demostrado tener una habilidad especial, pero acertar a un objetivo en movimiento, aunque fuera del tamaño de aquel crío, no era fácil; y más si se movía en medio de un mar de troncos y ramas. Verificó la mirilla, en busca de una excusa para su error, pero no encontró nada. Estaba como debía estar.

A medida que se acercaba al campamento el miedo se fue apoderando de él. Padre no iba a estar orgulloso. Le había fallado otra vez. Se sentiría defraudado. Y no solo él. Muchos de los otros confirmarían lo que no se cansaban de decir: que no era más que un estúpido crío. Un chaval débil, que no valía más que para explorar y cazar ardillas. Los odiaba. Los odiaba tanto como se odiaba a sí mismo.

Comentarios

Hum,...esta novela me suena.

Imagen de Geli

Hum,...esta novela me suenaBurla. Mis observaciones en el taller.

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Geli