Capítulo 2 - Novela

Imagen de Kiko Labiano

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En ningún momento estuvo cerca de morir. Su padre le explicó en una ocasión que, justo antes de que la muerte llegara, su vida pasaría frente a sus ojos en segundos. Experimentaría todos y cada uno de los momentos de su existencia. Sus pocas alegrías y sus muchas penas. No, no estuvo cerca de morir pero, por un momento, casi deseó haberlo estado.

Cuando se zambulló en el agua helada el mundo giró a un ritmo frenético. Su cabeza emergía y se sumergía, impidiéndole respirar bien. Sus ojos viajaban de las oscuras aguas a las ramas, unas desnudas otras cubiertas de hojas, de los pinos, robles y hayas. Los árboles le miraban, impasibles, sin importarles que se ahogara. Juraría que entre el crujir del agua podía oír la risa de aquellos seres centenario. Pero fue precisamente uno de ellos el que le salvó. Una rama le golpeó en la cabeza y a punto estuvo de dejarlo inconsciente. Tragó agua y le supo a sangre. Se agarró con su brazo derecho mientras el izquierdo sostenía su precioso caballo de peluche. En aquel trozo de trapo, relleno de algodón sucio y harapiento también le iba la vida. Era lo único que quedaba de su vida anterior, y aunque él no lo supiera, lo poco que quedaba de su inocencia.      

A medida que el río descendía, la corriente perdía más y más fuerza. Aquello le permitió ver qué era lo que tenía alrededor. El bosque seguía ahí, sempiterno. A lo lejos se veían las montañas nevadas e inexpugnables. Apenas se podía discernir dónde terminaban las cumbres y dónde comenzaba el cielo. El sol descendía ya y pronto sería de noche. Y mientras esperaba a la oscuridad, el cielo se tornaba en una amalgama de colores que bailaban desde púrpura más tenue al naranja más intenso, erigiendo una calidez impropia de aquel clima frío y duro.

De pronto, una figura se dibujó en la orilla izquierda. Una mancha gris y peluda le observaba atenta. Era un lobo enorme, con un pelaje gris manchado de líneas blancas y marrones. Dos ojos amarillos y profundos reinaban sobre un rostro sereno. Sin duda había oído los disparos y sabía lo que implicaban. Tras seguirlo durante un buen rato dio media vuelta y desapareció.

No sabría decir cuánto tiempo estuvo en el agua, pero sí que fue demasiado. No sentía ya su cuerpo. Tenía las extremidades totalmente entumecidas, la cabeza le daba vueltas y no dejaba de sangrar. Notó el familiar hormigueo de la sangre tratando de abrirse paso entre la piel fría. Tenía que salir ya del río o moriría congelado.

El río fue expandiéndose y en el margen derecho del río apareció un pequeño claro en el bosque. Brazada a brazada, llegó a la orilla, atestada de suaves cantos rodados, pulidos durante siglos. Sus pies tocaron fondo y el alivio de pisar tierra firme dio paso al dolor intenso en sus piernas. El agua había evitado que sus músculos trabajasen, pero aquello ya no valía; tenía que caminar.

               Intentó levantarse pero sus piernas no respondían. Simplemente no querían; o no podían. Apoyado en sus cuatro extremidades trató de mover el tobillo derecho. Poco a poco, la articulación giró, en círculos lentos pero seguros. Notó como si miles de clavos le penetraran a la vez, pero también percibió la sensación cálida de los músculos al trabajar. Siguió con la rodilla, flexionando y estirando, sin prisa pero sin pausa. Pronto sería de noche y tenía que hacer un fuego.

               Entró en el claro a gatas. El viento había formado un mar de pequeñas dunas sobre el manto nevado y los árboles le rodeaban en un semicírculo casi perfecto. Buscó alguna señal de refugio o una cueva; algo donde pasar la noche, pero allí no había nada. Tras ponerse de pie, tambaleante, comenzó a trabajar. Se quitó la mochila y la cazadora. Rebuscó entre los bolsillos la yesca y el pedernal. Sabía en qué bolsillo los tenía, pero allí no estaban. Vació la mochila sobre la nieve  pero allí tampoco había rastro ni de la yesca ni del maldito pedernal.

               “¿Dónde están?”, se preguntó ansioso y asustado.

               La noche ya estaba cerca. El sol se había ocultado del todo tras las enormes cumbres blancas y su fulgor se apagaba lentamente.  No le quedaría más de media hora de luz. Ahora sí que no veía salida. Podía sobrevivir a una bala que le rozara la cabeza, incluso a un río helado y furioso, pero a una noche mojado y a la intemperie no. Nadie podía sobrevivir a una de aquellas noches sin un fuego que le calentara. En su desesperación ni siquiera se acordaba de que tenía una herida abierta en la cabeza.

               Una gota le recorrió la frente, prosiguió su camino por su sucia nariz y, cuando no tuvo más piel que seguir, se desprendió hasta el suelo, tiñendo la nieve de rojo. Aquello le devolvió al mundo real y, asustado, imploró porque no  hubieran olido el inconfundible olor ferroso de la sangre.

               —Por favor... Que no vengan... —murmuró en voz baja.

               Entonces lo oyó. Inconfundible. Un aullido bronco, rasgado. Pronto se unieron a él muchos más. Hasta donde pudo contar eran cuatro o cinco. Luego dejó de contar.