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Cada noche, al terminar mi trabajo, me dirijo al cementerio central de mi ciudad. Allí se encuentra mi esposa desde aquel terrible accidente. Todos piensan que está muerta, pero no es así. Siempre me está esperando sentada sobre su lápida, una cálida sonrisa nunca abandona su rostro y, con la voz un poco apagada, aún dice que me ama. Nuestra cita es a las ocho, pero cuando tardo por el tráfico, la encuentro un tanto inquieta. Entiendo que se preocupa por mí, nadie más lo hace. A veces quisiera llevarla a casa, pero cuando intento tomar su mano desaparece inexplicablemente. Por eso intento no tocarla, aunque las ganas de hacerlo se apoderen de mí. En repetidas ocasiones me pide que vaya con ella, pero no sé muy bien a donde.
Hoy no está. Quizá tenía muchas cosas que hacer, siempre se ha preocupado por mantener todo limpio y en su lugar. Claro, eso es, debe estar organizando el lugar a donde quiere que vayamos. Doy la vuelta para regresar al auto y me detienen sus palabras, pero ella no está por ningún lado. ¿Qué?, ¿Debo morir para estar con ella?... Su tierna voz me lo asegura, me lo suplica, necesita que la siga. Me siento algo débil, pero aún soy capaz de llegar al auto y volver a casa. Entro, vacilante, rápidamente busco el veneno para ratas y lo ingiero. Minutos después, el dolor me absorbe, pero sé que cuando todo pasé… estaré con ella.

Comentarios
Hola, Ana Maria.
Te pongo comentario en el foro, si lo encuentro, que ando perdida.