Género:
- Cuento
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Hola a todos. Mi nombre es Dolcezza Rossi D’ Luca, tengo veintiocho años y soy napolitana, aunque hace ya una caterva de años que vivo en Portofino, en donde hoy en día trabajo como personal shopper en un resort. Quiero ser escritora, así que el tiempo libre que tengo lo dedico a escribir, y lo hago sobre lo que me rodea, conozco o me pasa. Hoy voy a contar sobre un vecino que tengo y de lo que me pasó con él un jueves noche hace ya casi ocho semanas.
Para poneros en situación, primero os voy a describir al sujeto en cuestión.
Su nombre es Giulo, pero yo lo llamo Picio porque es feo con ganas, aunque gracioso en extremo, lo que le salva de ser un simple y patético vecino más. Largo como un día sin pan y escuálido como una anguila desnutrida de piscifactoría, Pifio es una gamba, es decir, todo cabeza; y no porque su volumen craneal sea desmedido, que no, sino porque es poseedor de una gran cabellera que siempre luce alborotada. El pelo, junto con el mostacho a lo “pancho villa” que se gasta (que por cierto, oculta bastante su fealdad y le da si cabe un aspecto más cómico), es lo que le da a su cabeza esa sensación de enormidad.
Siempre va acompañado de un perro. Bueno, lo de perro es un eufemismo, aunque sí, es un chihuahua. En realidad tiene varios de estos; creo que se dedica a comerciar con ellos, pero este dato no es relevante. Lo que importa es que allá donde vaya siempre lleva una de esas cosas encima, cuando no dos o más.
Bien, para ir rematando y que en vuestras mentes se termine de crear una perfecta imagen de mi vecino, solo me queda añadir que tiene, año arriba-año abajo, sobre cuarenta y tantos, que es viudo desde hace unos quince y que bebe el doble de un cosaco.
Cuando lo conocí ya no trabajaba en un puesto renumerado. Por conversaciones de patio entre vecinas me enteré que antaño fue un carnicero muy apreciado por las clientas, al que prodigaban grandes alabanzas por su gran destreza con el cuchillo, ya que al parecer de un kilo de blanquita sacaba entre veinte y treinta filetes para empanar. Al final no me quedó claro de si le rescindieron el contrato por hacer tales maravillas con la carne o por hacer milagros. El caso es que desde entonces se dedica a cultivar un huerto y a cuidar una viña que tiene en un paraje situado a unos cuatro kilómetros de donde vivimos.
Todos los días de la semana, sin excepción, se levanta al alba, agarra al perro y recorre a pie esos cuatro kilómetros. Claro que no los hace de un tirón. Veréis, desde el edificio en el que vivimos hasta su propiedad, debe haber a lo menos cuarenta tascas, y no es que pare a repostar en todas, que no, tan solo en diez; y lo sé porque él mismo me lo contó. Aquel día me dijo: “Necesito carburante para funcionar. Si no me caliento bien calentado, no produzco”. Luego me contó lo que se bebía y en dónde. “Allí sirven —me dijo— la mejor grappa del mundo”. Teniendo en cuenta que a mí dos chupitos de eso ya me tumban, no me explico como él da llegado ileso a su destino. Pero siempre lo hace. Y lo que es más, siempre regresa repostando en los mismos sitios.
Ahora que ya os he puesto en situación y tenéis una pequeña idea de cómo es mi vecino, paso a contaros lo que pasó aquel jueves.
Regresaba de una juerga a eso de las cinco de la madrugada y me disponía a abrir la puerta del portal cuando al otro lado un perro empezó a ladrar como un desquiciado. Total que abro la puerta, le doy al interruptor de la luz y me encuentro con Picio arrodillado en medio de un gran charco de agua. Ni que decir tiene que aluciné al verlo de tal guisa, pero sobre todo, por la enorme brecha que tenía en la frente de la que manaba sangre en abundancia.
Picio, al verme, pareció salir de un estado de trance, y reaccionando, y se puso en pie de un salto.
—Acabo de tener una aparición mariana— me suelta sin más.
—¡Qué me dices! —digo yo siguiéndole la corriente.
— Lo que oyes. Se me acaba de aparecer la virgen de Portofino.
Yo no tenía ni idea de que en Portofino hubiera una virgen tal, pero bueno…, mi cultura…, hemmm, religiosa, siempre dejó bastante que desear.
—¿En serio? —pregunto nada más que por preguntar.
— Sí
—¿Y qué te ha dicho?
— Que este mundo está aquejado de un gran mal y...
— Ah, bueno —intento interrumpir más que nada por zanjar la conversación—, eso un poco yo ya me lo…
— … y que yo soy uno de los elegidos.
—¿Uno de los elegidos…? —pregunto tras una pausa—. ¡Hostís! ¿Para qué?
— Para sanarlo.
Y acto seguido levanta al chihuahua del suelo, que en todo este rato no ha dejado de ladrarnos, y me lo pone en un brazo.
— Toma —me dice—. A partir de ahora tengo una misión que cumplir y no podré cuidarlo.
Dicho lo cual, desapareció escaleras arriba, y yo me quedé mirando al animalito que por fin había dejado de ladrar y me devolvía la miraba con la misma cara de pánfilo que a mí se me debió quedar.
Al día siguiente, o mejor dicho, ese mismo día pero un poco más tarde, bajé hasta su apartamento para ver si se le había pasado la mona y de paso aprovechar para devolverle el chihuahua. Pero, ¡oh, sorpresa! Picio ya no era Picio. El hombre de cabellera leonada que me abrió la puerta y me entregó una caja llena de diminutos chihuahuas, vestía una túnica lila y dijo ser…, Michelángelo.
Pues bien, mi portal desde entonces es un lugar de visitación y culto al que acuden muchos para lavarse en las aguas que manan de una de las paredes. Al parecer, ha corrido la voz de que es milagrosa. Yo, me he convertido en la gloriosa propietaria de unas cositas que no hacen más que comer, ladrar y cagar…, y de un apartamento al que ha dejado de funcionarle la fontanería.
¿Qué si estoy feliz con esta situación? Desde luego que no. Pero quién soy yo para minar la fe de los creyentes. Además, el negocio de chihuahuas es muy productivo y a Picio, es decir, al ahora Michelángelo, tampoco le va nada mal en su nueva faceta de sanador espiritual del mundo.

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Comentarios
Mariav, después de leer tu
Mariav, después de leer tu texto, me surgen estas preguntas:
¿Para qué nos sirven todos los detalles que aportas sobre el protagonista? ¿Son relevantes para la historia? ¿Cuál es realmente la historia?
Geli