Nimiedades: El niño desconocido

Género: 

  • Microrrelato

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En una discusión que tuve hace tiempo con mi mujer en Bruselas, de esas en las que vuelan platos, tazas, tenedores, vasos, floreros, y hasta sillas, me pidió el divorcio. Yo quedé completamente desconsolado y bajé al jardín del complejo habitacional donde vivíamos para tratar de recobrar la calma. Era un jardín enorme que conectaba con cuatro edificios multifamiliares, y en aquel aciago momento de mi vida un grupo de niños de diferentes nacionalidades se divertía jugando futbol. Yo me senté en las escaleras sin prestarles atención, porque mi corazón se consumía en la angustia de la controversia matrimonial y yo me concentraba tan solo en mi muy egoísta y personal sufrimiento. De pronto, uno de los niños dejó de jugar y se me acercó. Debe haber tenido unos cuatro o cinco años, no más. Se me quedó viendo con unos enormes ojos negros, y por su complexión morena y su pelo negro rizado, deduje que tenía que ser árabe. No sé, de pronto era judío. Me miró fijamente unos instantes y luego se acercó más, me abrazó tiernamente, y con su voz típicamente infantil me dijo: no llores. Nunca en mi vida había recibido mayor ternura de un ser totalmente desconocido, y creo que nunca he vuelto a sentir algo similar. El niño regresó a su juego y yo subí al departamento y en cinco minutos arreglé el problema con mi mujer, con la cual sigo casado. Nunca he olvidado, sin embargo, aquel hermoso gesto de simpatía del niño desconocido. Por eso, cuando veo en las noticias los reportes de esa estúpida guerra eterna del Oriente Medio, mi corazón se crispa y se estremece ante la idea de que aquel niño -o cualquier otro niño-, pudiera estar entre las víctimas inocentes de esa locura infernal. Parece que no saben, árabes y judíos, que ambas tribus proceden de un tronco común, como todos, o tal vez, con tanto odio inútil,  ya lo olvidaron.