El viejo Jack

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  • Cuento

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Aquél era un día espléndido, de fuerte brisa marina: salada, soleada. Era, además, día de paga en los muelles. Una cosa llevó a la otra y ahí estaba el viejo Jack, enfrentando a doce irlandeses igual de bebidos que él, probando sus puños y maldiciendo como un alma sin redención posible.

Era un día, quizá, para recordarse; el viejo Jack enfrentó e insultó –no en ese orden—a sus eternos enemigos, que gustosos volvían a la fila en cuanto se reponían de los recios golpes de aquel fiero inglés, digno descendiente de quien fuera descendiente, que ni él lo sabía de fijo ni maldito lo que le importaba.

Además de los irlandeses, con ser ya bastante, ese día se enfrentó también a dos turistas italianos, a una señora de edad --a la que maldijo hasta la tercera generación; ante las carcajadas de la señora, Jack incluyó una generación más--, a un gato callejero y a una vaca Shetland, recién desembarcada. Lo de la vaca fue más bien lamentable, pero tiene su explicación: los ojos del viejo Jack, requemados por el sol reflejado en miles de olas, y ardientes por la sal de cuatro de los siete mares, ya no son los de antes.

El viejo explicó luego que a ese rumiante, quizá el más feo de toda la especie vacuna, le había tomado por un tal O’Hara, antiguo capataz que en su tiempo le había hecho la vida imposible a bordo de un pestilente carguero que hacía la ruta La Haya-Lisboa. Ninguno de quienes escucharon esta explicación puso el menor reparo o tuvo interés en esa información.

Cuando sus piernas empezaron a temblar y la fatiga le hizo reprimir su empuje, el viejo Jack recibió de uno de los irlandeses un pequeño taburete, en el cual se sentó; los doce lo rodearon y lanzaron un “¡Hurra!” que se llevó el viento. Y con el viento se fueron, a seguir la farra en otra parte. Sólo quedó un pequeño niño, que tras un momento se acercó al anciano.

--Abuelo John—le dijo-- mamá quiere que vuelvas a casa--. El viejo lanzó un gruñido.

El niño guardó silencio un momento, y prosiguió:

--¿Estarás para la cena?

Por toda respuesta escupió de lado. ¡Cenas a él! El niño, con sus cortas piernas, salió disparado y desapareció tras la Bodega 19, rumbo a la casa.

La tarde declinaba: una calma creciente se apoderaba del ambiente. El viejo sol se acercaba a esa fina raya que el mar siempre dibuja, dando sus últimas pinceladas; aquí dorado, allá rosa: gris, el resto. Era un momento de sosiego, que invitaba a la meditación. Jack se mesó la barba y meditó: necesito un trago.

Pero, ¿de quién? ¿Quién iba a pagarle el consumo? Aquellos doce, que Dios confunda, se habían burlado de él hasta que, en la octava ronda de bebidas, se dio por aludido y defendió su honor. Quizá fue demasiado pronto: debió haber aguantado un poco más. Ahora quién sabe dónde andarían. Eran jóvenes y bulliciosos; así había sido también en su tiempo el viejo Jack. Y como ellos ahora, en su tiempo había cobrado su paga, y había hecho con ella gala de largueza y resistencia, que para eso era, pero ahora no había ni juventud ni paga ni irlandeses por donde los buscara.

Se levantó del taburete: un tirón en la espalda lo paralizó y lo hizo volver a caer sentado. Miró en derredor. En sus tiempos, tenía crédito en todos los bares del puerto. Bueno, en casi todos. Recordó a Emily, la dueña del Emperor. Quería que se casara con ella. Él no quiso; fue el fin de la relación comercial. En adelante, cada cerveza en el Emperor tenía que ser pagada de antemano. Y así no saben igual. Hinchó el menguado pecho: tuve mi momento. Todavía lo tengo.

Emily había muerto ya, y uno de sus sobrinos vendió el local a unos forasteros. Lo mismo pasó con el Ole Glory, y con el de… ¿cómo se llamaba aquella taberna? Estaba junto a la Bodega 14, allá donde luego abrieron un malecón. Bueno, no importa. Y luego todos los locales se volvieron temáticos, que si éste es de Fiesta Latina, aquél de Motociclistas Rockeros, el de más allá Camarones para la Familia. Y de conocer a todos los dueños de todas las tabernas de pronto el viejo Jack se encontró con que todos eran ahora unos desconocidos, empleados de unos dueños invisibles: nadie era jefe.

Los tiempos habían cambiado; habían cambiado tanto, que ya no conocía a los dueños de los barcos en los que antes se empleaba: también esos se volvieron invisibles. Y los viejos barcos fueron desguazados y reemplazados por nuevos barcos, barcos sin carácter ni historia, eficaces navíos que eran todos iguales uno al otro y daba igual cuál fuera que todo tenían ya razón social Limited y eran gobernados por empleados. Sabe Dios quién será el dueño de esa taberna; quién será el dueño de aquel barco. A lo mejor son japoneses, a lo mejor coreanos. Escupió de nuevo. Hoy es día de paga. Alguien traerá dinero. Cuestión de buscar.

Alrededor de una minúscula sombrilla, en taburetes altos, estaban sentados tres gordos. Tatuajes, lentes oscuros. Éstos son de los míos. El viejo Jack se acercó y probó su frase, ésa que nunca fallaba:

“¡Camaradas! ¿Un cigarrillo para un viejo marino?”

En vez de mirarle, los tres gordos miraron al camarero; que de inmediato se acercó y como sin quererlo fue empujando a Jack más allá del límite de las falsas amarras que delimitaban el bar. Jack se dejó llevar; no tenía caso. Para salvar su honor, hizo con el brazo un gesto que abarcaba a todos: a los falsos tatuados, al camarero, al bar, al Mundo Moderno.

El viejo Jack siguió su camino. Extrañaba a sus camaradas, pero ésos ya habían muerto: murió Scott, murió Douglas; hasta Emily murió. Quizá si se hubiera casado con Emily, sería hoy dueño de una taberna. El viejo Thomas, Tommy Boy, no murió, al menos hasta donde se sabe: simplemente no regresó. Se fue al mar, y no volvió.

Quién sabe qué será eso: perderse en el mar. En el ancho mar, ése que miras y mides hasta que te arden los ojos y no tiene fin. Su barco, el de Tommy Boy, sí regresó; las pesquisas duraron medio año, luego el interés fue decayendo. Quién sabe si el viejo Thomas estará ahora recostado en una hamaca, allá por los mares del Sur, rodeado de una serie de pequeños Tommy Boys y añorando a sus viejos camaradas, como él, el viejo Jack, estaba ahora. ¿Quién sabe? O quizá el viejo Thomas descansaba en la panza de un escualo; también eso podía ser. Nunca se sabe.

El anciano caminó hasta el borde del pretil, justo encima de las rocas bañadas por el mar. Miró hacia abajo y, como ya en otras ocasiones, se maravilló de lo manso del oleaje: son esos modernos rompeolas, se dijo, que hasta la mar más brava han domado. El mar ya no producía esas olas brutales, que restallaban en esas mismas formaciones rocosas y a cada instante amenazaban hundir una embarcación: ahora eran unas ondulaciones blandas, sumisas, como de alberca de hotel. Les habían domado: el viejo Jack las escupió, indignado.

Echó a andar, como un turista cualquiera que disfrutara aquella plácida tarde; pero el viejo Jack iba rumiando, enfurecido, su coraje: pero, ¿contra quién? ¿Quién le había ofendido? ¿Quién le había humillado? Nadie, por supuesto, a riesgo de enfrentarse a sus puños, a su furia, que en sus tiempos le trajo reputación de bravo; o quizá sí.

Quizá sí había alguien que se había atrevido contra él, contra su hombría, contra su mundo. Dentro de su rabia, el viejo sonrió: si acaso había sido alguien, ése sería el Tiempo. El Tiempo, el Padre Cronos, le había retado y ahora, burlón, desde algún lugar miraba hacia abajo y veía vencido a Jack, a ése que ahora llamaban viejo Jack. La sonrisa cuajó en mueca. Pues maldito seas, padrecito. Redaños tuve, y lo sabes, y aún mantengo los suficientes.

“Una limosna”, oyó decir. Iba a seguir de largo, pero algo hubo en esa voz que le hizo detenerse. “Una limosna”, volvió a escuchar.

Era un hombre flaco, con las piernas muy juntas y las rodillas arriba, sentado justo al arrimo de un moderno farol. Parecía vestir andrajos; sostenía una taza en la que, a pesar de los dedos morenos de uñas sucias, podía leerse: Camarones para la Familia. Jack se fue acercando. Aquel hombre parecía mirar hacia el suelo; era una postura de humillación extrema. “Una limosna”.

Jack no podía creerlo. “No tengo dinero”, le dijo. El otro agitó la taza, tintineando una solitaria moneda. “Una limosna”. El viejo Jack le tomó de las manos, preguntó: “¿Puedes ponerte en pie?” El mendigo se fue alzando, y a cada instante parecía hacerse más y más flaco, tan delgado como un espíritu. Por fin se irguió por entero: y dentro de la extrema decadencia de aquel cuerpo, aún parecía adivinarse en él una cierta fortaleza, una sombra de lo que quizá en su tiempo fue una complexión de extraordinaria reciedumbre.

Jack le descubrió la cabeza. “Eres ciego”, le dijo. Por fin el mendigo abandonó su cantaleta. “¿Quién eres?”, preguntó. Jack permaneció en silencio. “¿Qué quieres?” Había ahora una medrosa ondulación su voz.

El viejo Jack sintió que esa voz lo hacía retroceder en el tiempo, muy atrás, hasta un tiempo en el que era joven y fuerte y había soportado jornadas de trabajo capaces de rendir al más hombre, y capaz aún de soportar, por necesidad, injurias y maltratos de un capataz injusto, cruel, al que alguna vez, frente a una retahíla de compañeros del mar, había jurado matar en cuanto tuviese oportunidad. Y ese juramento le hizo, por segunda vez en ese día, sonreír.

Aún mantenía sujetas las manos del mendigo; buscó en derredor y, en efecto, ahí cerca estaba el niño. Le hizo un ademán con la cabeza.

“Ven”, le dijo al mendigo. “Llévanos”, dijo al niño. El niño tomó en su manita la callosa mano de su abuelo, el cual fue guiando de la mano al mendigo. Y así, el viejo Jack, O’Hara, y el niño, formaron una curiosa cadena humana que se fue perdiendo entre la muchedumbre de la primera oleada de noctámbulos en el muelle.

Comentarios

¡Qué bueno, Samo, que estés

Imagen de Geli

¡Qué bueno, Samo, que estés de vuelta! Acabo de leer tu cuento. Mis impresiones en el taller.

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Geli

Un "Samo" de pies a cabeza,

Imagen de Oscar

Un "Samo" de pies a cabeza, con esas pinceladas de ternura y esos espacios que pueden verse y olerse.

Me encantó.

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