El tesorero

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Género: 

  • Cuento

Enlace al taller: 

Era un estupendo día de sol,

y aunque todos lo veían horrible,

él sabía que estaban equivocados.

Todos.

 

Tuve la suerte de conocer a Carlos cuando éramos jóvenes, coincidimos por casualidad en un grupo de escalada. Él era un experto y yo quería desconectar un poco de los temas que ya conocéis. Me sumé a su grupo gracias a algunos amigos comunes, el mundo en el que nos movemos es así. Hoy recordando aquellos momentos en los que casi perdemos la vida juntos por abrir nuevas rutas en alguno de los ocho miles puedo decir que las cosas no han cambiado tanto. Tenía veinti-pocos y comenzaba junto a la aventura de ser montañero, la aventura de ser un político. Eran los principios, la familia —de las con buen respaldo— no lo veía bien, pero podían permitirle al joven Carlos participar en las juventudes del partido más cercano a sus intereses. Con sólida formación en empresariales y económicas —ciencias— hizo un hueco entre tanto “hijo de” gracias a su inteligencia fuera de lo normal. No era de los más abiertos ni expresivos, pero sí tenía un don para la política: la gente se interesaba por lo que decía. Era como un nuevo estilo, hasta entonces todo había sido gritos, aspavientos y poco más. Hizo una pequeña inversión personal, unos trajes a medida, estilista, corte de pelo y gomina. Se creó una imagen que fuera inconfundible, propia. Dejamos de vernos tan a menudo, dejó la escalada, pero yo no dejé de seguirlo, me pareció un personaje interesante para seguir, uno de mis elegidos.

 

En poco tiempo pasó a ser parte del grupo de organización del partido a nivel nacional. Se instaló en la capital y desde allí podía tener una visión general de todo el movimiento, de todas las posibilidades que ofrecía un partido de ámbito nacional como el suyo. Apostó otra vez más e invirtió más horas que nadie, convenció a su familia para que le dejara hacer uso de contactos en las grandes empresas del país. Fue así como contactó a los diputados, a los senadores, concejales y alcaldes con gente que podía tener interés en que este partido ganara cada vez más elecciones. La propuesta era clara, hoy por ti, mañana por mí, pero solo eso era claro, porque cómo se resolvería la apuesta mutua era algo que descubriría con el tiempo.

 

Y así fue. Con el tiempo mi amigo Carlos llegó a la dirección del partido, le costó siete años entrar y quince llegar a lo más alto, pasó por muchos cargos importantes, pero los que más me llamaron la atención fueron los de diputado y tesorero. Estaba orgulloso de mi amigo, lo había logrado todo en la vida y según me contaban amigos comunes era muy querido dentro del partido, mucho. En esa época es cuando menos nos vimos, pero recuerdo que después de las navidades, el mismo año en el que era diputado nacional y tesorero del partido al mismo tiempo tuve la suerte de quedar a cenar con él. Quedamos los dos solos porque su familia se había quedado en lo de sus suegros todo el mes de enero. Su casa era la más ostentosa y grande que yo jamás haya visto. En pleno centro de la capital, tres plantas y no sé cuántas habitaciones y baños. Pensé por un momento que eso podría haber sido usado como un hotel, o dos. Nuestra relación se basaba sobretodo en las experiencias de la juventud y poco más, pero últimamente él se había interesado en mi trabajo, sabía que yo tenía una consulta cerca de la sede de su partido, pero imagino que no se había atrevido a concertar una cita. Antes de ir a cenar me imaginé que era lo que quería, pero como siempre, la realidad supera a la imaginación.

 

Después de mostrarme la casa tomamos algo en uno de los salones y luego pidió al servicio que nos preparara la cena en el comedor secundario, que a mí me pareció el principal. Intenté no expresar sorpresa o asombro por nada de lo que veía u oía, pero era realmente complicado no hacerlo. Lo que estaba presenciando era algo fuera de lo normal, era como si estuviera en la zarzuela con el rey o algo similar. Obras de arte, oro, piedras preciosas y todo lo que el buen gusto y el dinero puedan darle a una persona estaba allí. Cuando noté que la conversación tenía que ir al punto que él estaba rodeando y no me apetecía más estar así dando vueltas, le pedí que por favor me contara la razón por la que estaba allí.

 

—No eres ningún tonto, veo que te imaginabas algo ya. Debo decirte que creo que últimamente noto que tal vez necesite los servicios de alguien como tú.

—¿Un amigo o un psiquiatra?— dije con una sonrisa en la cara, aunque en realidad estaba hablando muy en serio, siempre me ha molestado la gente que no sabe distinguir entre las dos cosas y, por desgracia, en mi vida ese tipo de gente abunda.

—Ambos, pero para ser sinceros, en este momento con el segundo me conformaría— noté algo de dolor en su expresión, lo dijo con expresión bastante diferente a la que se solía ver en el congreso, en la televisión.

—Entiendo. No voy a engañarte, esto no me gusta mucho, porque ya sabes que esta profesión no nos permite tratar a gente con la que estamos implicadas o conocemos, pero, también entiendo que nuestra relación no es lo demasiado profunda como para que pueda hacer una obstrucción subjetiva en mi diagnosis. Un tratamiento ya sería otra cosa. Pero, si quieres, puedo contarte si estás loco o no— noté como se relajaba al oírlo y, por el contrario, yo me contraría de nervios, porque él no sabía que yo sí sabía bastante de él, pues, como dije antes, era unos de los que nunca dejé de seguir.

—Perfecto, pues déjame que te cuente de a poco y como me venga y si quieres después puedes preguntar lo que quieras. Lo que sí, antes que nada, quisiera que esto lo mantengas en secreto. No sé si existe eso del secreto profesional o como se llame, pero si existe quiero que lo apliques a partir de ahora, por favor.

—Si existe, y, aunque no pensaba tratarte como a un paciente, si quieres que esto sea tan formal, pues aplicamos el secreto profesional inviolable. Además, como ya sabes, soy de confianza, sabemos cosas el uno del otro, desde hace mucho tiempo que podrían hacernos daño a los dos y allí están guardadas. Imagino que eso debe valer más que el secreto profesional, nunca olvides lo que pasó a los cinco mil.

—Nunca lo olvido y sé que es algo que nos une, pero bueno, no estaba de más recordar el tema del peligro de mis palabras.

—Soy todo oídos.

—Creo que un día de estos saldré en las noticias, pero no por nada bueno. A mí tampoco me parece que sea algo malo, pero me parece que esto se me está yendo de las manos…

 

Comenzó a contarme una historia bastante complicada de números, cuentas, personas e intereses. Parecía que se trataba más de una película de gansters que de una historia real, de nuestro país, en nuestro tiempo y dentro de un partido político como el suyo. Algunos personajes de los que me hablaba me sonaban, pero de otros no tenía ni idea a quién se refería. Básicamente estaba tratando de decirme que se movía en un entorno en el que el dinero pasaba de manos alegremente por el sólo hecho de estar en política y poder dar favores en un futuro. Me contaba las cosas con completa seguridad de que lo que estaba contando era algo normal, por lo que no entendí en ningún momento cuál era el conflicto que él tenía al respecto, porque tal naturalidad y espontaneidad al contar la historia que a cualquiera fuera de ella lo habría dejado de piedra, a Carlos no le generaba el más mínimo sobresalto en la explicación. Pensé que tal vez fuera la costumbre, que a todos nos transforma en animales domésticos, o su forma de ser pausada y tranquila, que quitaba dramatismo a la escena dramática que requería una historia de tal calibre, pero no, no era nada de eso. Al final de la locución —porque fui entendiendo después de treinta minutos que estaba pronto a llegar— entendí que es lo que preocupaba a Carlos. No era aquella historia, no era la película de gansters ni el spaghetti western que acababa de contarme. Su mayor preocupación era que comenzaba a sentirse “solo”. Se emocionó mientras me decía que cuando más tenía, menos podía compartir, porque todos en su entorno sólo lo buscaban por los sobres, por el dinero, por la trama que había alrededor suyo y por el sistema que había creado junto a los otros “rebeldes” de la cúpula del partido. Estaba viviendo un sueño y a la vez una pesadilla.

 

—No te imaginas lo que es esto. Pasó sin darme cuenta, todos estos años, uno tras otro como si nada. De pronto llega un día y te das cuenta… Estás solo. Y todos comienzan a tenerte miedo. Todos comienzan a tener miedo de lo que sabes, de todo lo que llevas armando, paso a paso, sobre a sobre, negocio a negocio durante todos estos años. Nadie se acuerda del Carlos de las cenas, del Carlos trabajador que hacía las cosas mejor que nadie y en la mitad de tiempo, del Carlos de las ideas únicas. No, ahora soy el Carlos que guarda el secreto, el que no tiene que destapar la olla nunca… No sé cuánto tiempo podré vivir con esto. La gente comienza a hablar, algunos están molestos. La nueva directiva está planteándose acabar con el “sistema”. A mí me parece una estupidez, llevamos tanto tiempo con esto, ¿quién se puede enterar? Si nadie abre la boca no tiene por qué pasar nada. Después de todo, somos una sociedad pública, pero privada a la vez, tenemos derecho a administrar los ingresos en donaciones y otros negocios a nuestra manera, pero algunos, sobretodo los que acaban de llegar arriba no quieren entenderlo. Me están haciendo el vacío, ¿entiendes? ¡A mí! Es lo que me faltaba. Si no tenía ya suficiente con lo del secretismo, con lo del menosprecio por saber lo que sé, ahora vienen estos y quieren arruinar todo. ¿Me estoy volviendo loco?

 

Me dejó pensativo un momento, y aunque sabía que estaba esperando una respuesta, me tomé un tiempo para la reflexión. No era para menos, estaba delante de un verdadero corrupto, pero de esos a los que nunca les pasa nada. De esos que todos odiamos por la televisión, pero que sabemos que se van a salir con la suya hagamos lo que hagamos. Y, para mi sorpresa, estaba dándome cuenta de que él mismo no llegaba a entender lo que estaba haciendo. No lo veía como el resto de los que pagamos los impuestos lo vemos. Me sentí otra vez yo por un momento, porque lo entendí. Entendí a aquel antiguo amigo y comprendí que estaba tan enfermo como yo, pero de otra manera. Como todos en definitiva.

 

—Carlos, todos estamos loco, quédate tranquilo— le dije con una sonrisa y le cogí el hombro en señal de amistad, mientras él levantaba la mirada sorprendido —entiendo lo que estás sufriendo y es justo que sufras por ello, porque no es bueno sentirse solo, sentir que lo que haces por los demás no vale para nada. Por otro lado, creo que puede que haya más cosas que estén ocurriendo y de las que tal vez no te des cuenta. ¿Has hablado de esto con tu familia, con algún amigo?

—No. No sé por qué, pero no creo que pueda hablar de esto con mi mujer, ni con el resto de la familia. ¿Amigos? Creo que te lo he explicado bien, todos los que yo creía amigos han pasado a ser socios, y los que no lo son, enemigos. Pensé en ti no sé por qué, tal vez porque no me quedaba nadie más cerca, tal vez porque hace tanto que no nos vemos que igual te tomarías esto como lo que es, pero creo que ha sido sobretodo por lo de nuestro secreto. Eso y además porque eres un tío oscuro. No te ofendas, pero sí, siempre he visto algo en ti que no llego a comprender y ahora mismo yo me siento así. No me comprendo, no sé que es lo que hago mal, o lo que la gente no entiende, pero me mira como si yo fuera alguien oscuro, como yo te miraba a ti. Creo que ahora me siento más como tú, espero que esto no te ofenda.

 

Sentí por dentro un cosquilleo. Ese cosquilleo. La sangre hacía su recorrido triunfal, del corazón a los pulmones, el diafragma, oxígeno, de nuevo al corazón y de allí a la punta de mis dedos, los pies, las manos y el lóbulo frontal, el córtex, éxtasis,  luces, destellos blancos aumentaban la realidad delante de mí.

 

—Claro que no me ofendo, al contrario Carlos, estoy completamente de acuerdo con lo que dices y siento un enorme placer el oírlo. Soy oscuro, lo sé, siempre lo he sabido y el que no haya querido verlo, o me lo haya ocultado, sabe que está equivocado. Ahora que sientes lo mismo, que sabes lo mismo que yo puedo compartir contigo mucho más de lo que compartimos en aquella expedición. Pero antes de eso, tengo que recordarte que además de lo que has visto, soy un terapeuta y no puedo faltar a mi deber como tal. Tienes que buscar el origen de esa sensación, la diferencia con respecto a lo que todos llaman “correcto” en la sociedad y entenderlo. No te estoy diciendo nada sobre la moral, sobre los errores y aciertos. Sólo te digo que tienes que ver como te ven los demás, para ser luego como eres, pero sabiendo más de lo que los otros saben de ti.

—No te sigo.

—Más fácil. Tienes que entenderte. Te sientes oscuro, pero no sabes por qué. Los demás tal vez sí, y eso es una desventaja para ti. ¿Te has parado a pensar que ocurriría si tus enemigos te quieren destruir?

—Mil veces. Lo pueden hacer, pero tengo un as en la manga. Yo puedo con ellos.

—¿Por qué?

—Porque sé mucho y eso les da miedo. Se cosas por las que no deberían temer, pero temen. Porque son unos hipócritas, porque no quieren decir lo que todos deberían saber. ¿Por qué esconder la cara?

—¿Por qué no? Dime tú.

—Porque esos que votan al partido, y a los demás partidos no se enteran de nada. Nunca se han enterado. Siempre ha sido así, y si se enteran me da igual, porque estamos en nuestro derecho. Ya lo pasamos mal por el pueblo como para tener que vivir como ellos. Tío, es lo que pensamos todos, pero cuando salen allí todos son sonrisas y abrazos con la gente que no vale nada. Somos la clase dirigente, somos los que nos pelamos el culo por ellos y eso se paga. Si no quieren entenderlo, pues que se vayan a otro lado.

—Veo lo que planteas, puede que millones de personas no lo vean como tú. Creo que eso es lo que tienes que ver. Tienes que ver que si tus enemigos, esos que piensan como tú, pero que hacen luego lo contrario, quieren hacerte daño, quitarte del medio, les estas dejando el camino fácil al no darte cuenta de lo que pueden hacer. Además, si lo piensas bien, uno nunca sabe… tal vez puede que un día te toque estar del otro lado…

—¿A mí? Antes muerto que un desgraciado de esos. En serio, me mato. Tengo muchos, muchos millones repartidos por medio mundo. No todos es mío, claro está, pero si esto se complica sólo yo, y algún otro, tenemos acceso a esas cuentas. A veces no sé que hago aquí… Tienes razón, tengo que pensar un poco más en mi estrategia contra los que me quieren sacar del medio. Si ya te lo he dicho antes, voy a salir en las noticias, pero tengo que estar preparado. Cuánto te lo agradezco, veo todo más claro. Creo que lo de la soledad, teniendo un objetivo como este, me va a dar igual…

—Bueno, no debería, es un tema serio y es parte de lo que te hablaba antes, pero es un comienzo, piensa en lo que crees que pueden ver de negativo, de débil en ti. ¿Crees que podrías hacer mejor las cosas para los que te rodean?

—Creo que se te está yendo un poco la pinza a ti también ahora… ¿los que me rodean? Si te refieres a mi familia, ya tiene suficiente. Si te refieres a alguien más, no sé a qué te refieres. Estoy solo en este puto mundo. Si te refieres a ti, me sorprenderías amigo mío, pero por lo que te he contado ya estoy habituado, te haré llegar un bonito regalo por esta sesión tan constructiva para mí, sé que nadie hace nada por nada.

 

Me dí cuenta con ese gesto que no tenía sentido ahondar en esa psiquis. Una de las grandes dificultades de un terapeuta es saber reconocer sus límites y las situaciones con las que se encuentra. Saber reconocer el momento exacto en el que todo deja de tener sentido, utilidad a corto plazo y preocuparse más por otros temas que por el que uno tiene entre manos. Pero por suerte, además de mi enfermedad —la que me ha enseñado tanto— está la práctica y los años de experiencia y muchos errores cometidos. Sonreí cortésmente.

 

—Gran gesto de tu parte. Es tarde. Espero que no te moleste que me vaya, mañana tengo unos asuntos que resolver.

—No, seguro que no. Te agradezco mucho y espero que sigamos en contacto. Me siento mucho mejor después de esta charla, creo que por ahora no tendré que acercarme por la consulta, pero guardo siempre tu número, nunca se sabe… no estaba tan loco, ¿no?

—No más que ninguno de nosotros Carlos, llámame si te apetece. Nos vemos.

 

Salí con una extraña sensación de su casa. No tiene el más mínimo interés para mí saber si obré bien o mal con él. Desde la primera palabra que dijo se había transformado para mí en un sujeto de estudio más que en un amigo o lo antes hubiera podido significar su persona. Ese sujeto me dejó maravillado. No era capaz de ver el mundo con otros ojos más que con los suyos, estaba alucinando todo el tiempo y eso es algo maravilloso. No es algo único, por Dios, no. La gran mayoría de nosotros alucinamos por momentos, por temporadas, algunos toda la vida, como Carlos, pero su alucinación me ayudó a entender muchas cosas de nuestra vida actual, de la vida social y de la economía en la que estamos sumergidos. Me alejé de su portal caminando, mirando al suelo, pateando basura entre los adoquines. Me alejé pensando en el futuro.

 

Volví a mi rutina, a mis asuntos, a mis casos y a mis experimentos. Un día lo vi en las noticias, como había anunciado. Había salido a la luz algo de lo que me contó, una pequeña parte ya era suficiente para un escándalo y, como era previsible, perdón, como yo había previsto para esta posible historia en mi mente, sus colegas, esos que no lo querían mucho o que más bien lo querían lejos le habían dado un empujón al abismo. Parecía ser el único culpable de toda la trama, un hombre sucio y vil, frío y calculador que se había apropiado del dinero del partido, y que había aprovechado su posición en el mismo para hacer negocios de dudosa honestidad. En una de las entrevistas en la que intentaron crucificarlo vi al Carlos de aquel día y mi sangre volvió a vibrar como entonces. Sus ojos eran otros, no había la más mínima debilidad en ellos. Miraba girando levemente la cabeza hacia abajo, dejaba ver blanco de los ojos por debajo de las pupilas, sus párpados no estaban del todo abiertos. Estaba tranquilo, por completo. Defendía su inocencia como nadie nunca lo había hecho. Nada era lo que parecía y lo que parecía era nada en ese momento, porque Carlos era la víctima de una trama, porque Carlos era el pobre embaucado y al que todos querían inculpar de algo que él sabía, que yo sabía y que muchos comenzaron a temer que se supiera. Mi sangre vibraba al verlo allí sentado, al verlo impasible y hasta feliz. Su mayor miedo se había transformado en una victoria y yo tenía parte de la culpa de todo eso. Era parte de aquella tranquilidad, de aquella verdad tan sincera y bien estructurada, tan pensada y meditada, tan organizada. Yo era parte de aquel caballo de Troya por el que en unos días se verían imputados varios de sus antiguos compañeros, ese tanque armado que soltaba toda la artillería contra los que lo querían quitar del medio y que ahora estaban temerosos de lo que el tanque les pudiera tirar encima. Sentí que era parte de aquella guerra y que estaba del lado que no quería estar. Pero no era mi guerra, por lo menos no esa batalla. Porque sé cuando es mi momento, sé cuando es el momento de cada uno, y Carlos debía saberlo también, porque aquel día compartió conmigo además de su debilidad —luego fortalecida— su carácter oscuro, su interior como el mío y seguramente al hacerlo se tuvo que dar cuenta que eso, eso es algo que tarde o temprano tiene sus consecuencias. Lo sabe y lo asume, como yo lo he asumido todos estos años. Carlos está en mi lista, Carlos me espera como me esperó aquel día y aunque hoy la luz del sol le haga saber que ha triunfado, sabe que alguien más oscuro que él está siempre cerca.

Comentarios

Espero los disparos, atento y

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Espero los disparos, atento y con un ojo avisor...

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Pernando Gaztelu

Hola de nuevo.

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Geli

¡Hola Pernando! Recién acabo

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¡Hola Pernando! Recién acabo de terminar de leer tu relato. ¡Vaya que es largo! Me gustó el tono anecdótico. Te dejo más comentarios en el taller.

¡Abrazo!

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