Género:
- Microrrelato
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Las manos rugosas y experimentadas de la mujer palparon el abultado vientre con la delicadeza de una caricia, la oreja que había oído tantos cuentos y leyendas, escuchó con inocencia el gorjeo de la nueva vida en su interior, los ojos se humedecieron de emoción al oír el latido de aquel minúsculo corazón que luchaba por vivir. La vieja matrona sintió en sus manos cómo el pequeño, se removía dentro de su madre, buscando una postura más cómoda, se iba dando la vuelta hasta prepararse para nacer.
Este niño quiere ver el mundo -vaticinó la matrona.
El augurio de la partera se cumplió. Con la séptima luna, la mujer rompió aguas dejando un charco de esperanza a su alrededor, fue notando cómo su cuerpo se abría lentamente con cada golpe de dolor, su niño quería nacer, ella lo sentía inquieto, acomodándose, hasta encontrar la abertura de su cuerpo que con un último esfuerzo, le depositara en este mundo.
El poblado estaba expectante. Los hombres preparaban una fiesta, habían cazado un venado. Las mujeres se vistieron con sus atuendos festivos. Cada nacimiento era un prodigio. Nunca supieron la causa de tanta infertilidad, por eso creían que los dioses estaban enojados con ellos. Cuando el milagro se obraba los agasajaban con un gran convite para aplacar su ira.
Durante el parto, cada movimiento fue un deslizamiento silencioso, cada gesto una caricia, la partera hablaba en murmullos, los gritos que anunciaban las dolorosas contracciones fueron ahogados por el rumor de los árboles que iban anunciando el acontecimiento al resto de sus congéneres. La alegría del milagro desbordaba a la comunidad, que no explotaría con una inusitada felicidad, hasta que el niño exhalara su primer aliento con el llanto.
La madre respiraba entre suspiros, el futuro de su tribu dependía de su embarazo, las mujeres, conscientes de la supervivencia de su comunidad, se turnaron para cuidarla, la alimentaron con frutas frescas, los hombres cazaron los últimos venados de la región, masajearon su espalda con aceites, el chamán sacrificó una gallina cuya sangre derramó sobre su vientre, ella era el último eslabón de la cadena.
El niño en el vientre de su madre, sonreía, las ancianas del poblado le confesaban sus secretos entre susurros. Todo el poder se concentraba en él, ya gobernaba sus vidas como un pequeño Rey antes de nacer. En aquella lejana tribu, protegida por el gobierno estatal, cada nueva vida era un regalo de los dioses a los que debían adorar, para evitar una vez más, su extinción.

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Comentarios
Hola a todos,
Hola a todos,
Os dejo este texto para que me digáis que os parece y por supuesto hagáis las correcciones que considereis oportunas.
Gracias,
Besos,
Bea
Las sociedades se pueden
Las sociedades se pueden entender en cómo entierran a sus muertos y en como reciben a sus hijos. Me pareció un buen texto. En el taller te paso dos comentarios. Saludos
DavidRubio