Paco Ibáñez está muerto

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El teléfono resonó en la mansión como las campanas de una iglesia. Ella, vestida de luto, se encontraba echada sobre el sofá; con desgana, alargó su brazo y cogió el auricular.

—Diga —Su voz sonó hueca y seca.

—Buenos días, ¿Podría hablar con el Sr. Ibáñez?

— ¿Es una broma? ¿Quién es usted? —vocalizó tras sentir una punzada en el pecho.

—Le llamamos del Centro médico-diagnóstico, ¿con quién hablo, por favor?

—Soy su mujer.

— ¿Podría decirle que ya puede pasar a recoger los resultados de la prueba?

— ¿Qué prueba?

— ¿Le puede dejar este mensaje? —insistió la secretaria sin querer dar más detalles.

—No, Paco Ibáñez está muerto.

 

****************

 

Un espeso humo negro cubría el barranco; en él se reflejaban los destellos rojos, azules y naranjas de los coches de emergencias. La noche era cerrada cuando los bomberos consiguieron apagar las llamas que calcinaron el turismo. Por el talud descendían los agentes de policía y el personal sanitario; las luces de sus linternas se asemejaban a un baile de luciérnagas.

— ¡Qué asco! —Se oyó decir a quien sujetaba un cráneo cuya carne carbonizada se desgajaba.

Uno de los policías extendió una sábana blanca en el suelo: sobre ella, conforme aparecían, se depositaron los restos humanos para ser inspeccionados por el forense.

— ¡Muchachos!, ¡Quiero la puta matrícula ya! —gritó el sargento a los agentes.

Cuando por fin apareció la placa llamó a las oficinas centrales para comunicar la titularidad del vehículo. Tras un instante de espera, le informaron que se trataba del automóvil robado con el que huyeron, esa mañana, los atracadores de la sucursal bancaria. Se habían llevado un rehén.

—Repíteme su nombre —contestó mientras observaba como el forense guardaba, en una bolsa de plástico, los cinco dientes que se habían desprendido del maxilar.

Al colgar comprobó que casi se había completado el macabro puzzle: sólo faltaba el muslo izquierdo y el antebrazo derecho.

— ¿Ha descubierto algo?—le preguntó al forense.

—Ya era un cadáver antes de quemarlo: he visto un agujero de bala en el pecho. También sabemos que estaba casado —le respondió mostrando un anillo de boda.

—Doctor, en este coche viajaban tres atracadores y un rehén. ¿Podemos identificar a este desgraciado?

—Sí, aunque tendremos que confirmarlo mediante el ADN de los dientes, creo que este desgraciado tiene nombre —le dijo al entregarle una cartera.

El sargento la abrió con sumo cuidado. Extrajo un permiso de conducir con los bordes quemados.

—Francisco Ibáñez —leyó— ¡Maldita sea! Es el rehén, ¿Qué habrá podido hacer para acabar así?

 

****************

 

Tras un pírrico desayuno, Sonia fue al lavabo. “Él me quiere a mí”, se repetía en silencio: “Me quiere sólo a mí”.

Una vez se sentó en el inodoro, abrió con parsimonia la cajita de cartón que contenía el test de embarazo y rompió el plástico que lo envolvía. Con mano firme lo sostuvo debajo de su vagina. Orinó. Y esperó.

“Él quiere vivir conmigo, pero no tiene valor para pedir el divorcio. Sólo necesita que le demuestre cuanto le quiero”. Seguía diciéndose conforme, una a una, se marcaban las tres rayas que confirmaban que su embarazo.

Sonrió.

Cogió el teléfono móvil que descansaba en el mármol del lavamanos y marcó el número.

—Hola Sonia —Contestó Francisco Ibáñez.

—Paco, tenemos que vernos esta tarde.

—Hoy es miércoles, ¡Coff!, ¡Coff!

—Ya lo sé, pero necesito verte.

—De acuerdo, una hora, ¡Coff!, te espero a las siete donde siempre.

— ¿Has ido ya al médico?, llevas mucho tiempo con esa tos.

Paco ya había colgado.

 

****************

 

Francisco Ibáñez hojeaba una trajinada revista en la sala de espera del Centro diagnóstico. Eran las ocho de la mañana y faltaba la llegada del anestesista para realizar la biopsia.

Por supuesto no le había dicho nada a su esposa. Lo haría tras conocer si el tumor era maligno o no. Hasta ese momento era innecesario aguantar uno de sus espectáculos de histerismo habituales, seguido del discurso espiritual aprendido en esos cursos de autoayuda para ricas aburridas que tanto frecuentaba.

Sin embargo no era eso, ni los nervios por la intervención, lo que, desde la tarde anterior, ocupaba la mente de Paco.

»Me la ha jugado bien. “No te preocupes cariño podemos hacerlo sin preservativo me tomo la pastilla, no hay riesgo”. Y una mierda. ¿Pero qué se le ha pasado por la cabeza? Tendría que haberla dejado cuando me insinuó que me divorciara. ¿No le bastaba con disfrutar de un buen rato los martes y los jueves? No, tenía que complicar las cosas. ¿Cómo me voy divorciar? Le he dicho mil veces que todo está a su nombre y que la empresa que dirijo es propiedad de mi suegro.

—Sr. Ibáñez, ya llegó el anestesista pero antes acompáñeme a la consulta un momento —le dijo el cirujano sacándole de su ensimismamiento.

Paco le siguió y tomó asiento.

—Quiero insistirle en que la intervención no supone ningún riesgo, sólo extraeremos una pequeña muestra. En un par de horas habremos terminado. Los resultados los tendremos en una semana.

—Doctor, ¡coff!, ¿Si fuera maligno cuánto tiempo me quedaría? —preguntó mientras doblaba el pañuelo con el que se tapaba la boca cada vez que tosía.

—No adelantemos las cosas. La medicina ha avanzado mucho y tenemos muchos tratamientos. El cáncer ya no es sinónimo de muerte.

—Respóndame ¿Cuánto? Cada día respiro peor y la sangre de mis esputos cada vez es más espesa.

—Le quedaría, a lo sumo, un año —Le informó con la franqueza solicitada.

En ese momento entró la enfermera: el quirófano ya estaba listo.

 

****************

 

—Me pica la barba —dijo Eme rascándose las mejillas en el asiento trasero del turismo—. Insisto en que hubiera sido mejor usar las medias. He visto en la tele que la poli tiene programas que te borran cualquier postizo que te pongas.

—Eme, ya lo hemos hablado —le recriminó Jota aferrado al volante— Deja de quejarte. Son casi las cuatro, abrirán en seguida. Hache, ¿podemos repasar el plan por última vez?

Hache, sin perder de vista la entrada de la sucursal bancaria, explicó los pormenores del atraco que iban a cometer:

»Primero voy a entrar yo para comprobar que no haya imprevistos y le pediré a la cajera para solicitar una domiciliación bancaria, es bastante simpática. Sólo habrá dos empleados más: el director que es bastante mayor, casi jubilado, y un cuarentón bastante enclenque. No opondrán resistencia. No habrá clientes; durante toda la semana he visto que empiezan a acudir a las cuatro y cuarto. Pasados tres minutos entrarás tú, Eme. Quiero que lo hagas fuerte, con violencia. Yo encañonaré a la cajera. Un minuto después ya soltarán la pasta. Jota, vigilarás la puerta, pero deja el motor encendido. Antes de irnos les quitaremos sus carnés de identidad. Asusta muchísimo que el malo conozca dónde vives. Nos llevaremos a alguien en garantía para que no avisen a la policía hasta que nosotros se lo digamos. Cuando salgamos de la ciudad, y lleguemos donde hemos escondido el otro coche, soltaremos al rehén, le daremos los carnés y llamaremos al banco. ¿Alguna duda?

Al terminar faltaba un minuto para llegar a las cuatro de la tarde. Hache se guardó la pistola en el bolsillo de su abrigo y salió del automóvil.

 

****************

 

Paco tenía hambre y se encontraba mareado. Entró en un bar. Al sentarse en el taburete de la barra vio, en los expositores, un delicioso surtido de bollería industrial. Su esposa no le dejaba probarlos. “Tienen grasas y suben el colesterol”, le decía.

—Quiero un café y tres donuts.

» ¿Cómo voy a decírselo? Cariño, me han detectado un tumor y esta mañana me han realizado una prueba para ver si es maligno, ¡Ah!, por cierto, también espero un hijo de otra. No, conociéndola, sería mejor cambiar el orden. ¡Maldita sea! Me pueden quedar sólo unos meses de vida y los voy a pasar entre reproches y malas caras. ¡No me lo merezco!   

—Aquí tiene —El camarero le interrumpió, dejando sobre la barra el café y un platillo con tres donuts.

Empezó a notar molestias en el costado, por donde practicaron la incisión. Cogió el arrugado periódico que el bar ofrecía a sus clientes. Empezó por las últimas páginas, como lo hacía siempre.

Al terminar el almuerzo llegó a la sección de las loterías. Sacó su cartera y buscó un apuesta del Euromillón. Siempre jugaba a escondidas de su mujer. Ella le decía que era cosa de pobres y ella tenía dinero de sobra.  

—Que tenga suerte, amigo —Le dijo el empleado que se acercó para recoger la taza y el platillo.

— ¿Perdón?

El mozo señaló su boleto.

— ¡Ah! Gracias. ¡Coff!

—Mi esposa no me deja jugar, dice que es tirar el dinero, ella no cree demasiado en la fortuna. Yo sí. Pienso que si hacemos lo correcto siempre la tendremos de nuestro lado, ya sabe: hay que cultivar el karma.

—Usted se llevaría de maravilla con mi mujer, ¡Coff!, ella también es muy espiritual —respondió al camarero mientras se marchaba para atender a otro cliente.

 Paco sacó un bolígrafo del bolsillo interior de su americana. Siempre rodeaba con un círculo los números acertados, y eso hizo con el dos; después sobre el diez, luego el quince, el veinticinco y el cuarenta. Finalmente marcó los números estrellas: el uno y el nueve. En total hizo siete circulitos. El corazón se le aceleró y sus ojos se quedaron secos por la falta de parpadeos. Comprobó hasta en tres ocasiones los resultados y fue entonces que buscó la tabla de premios: “premio 1ª categoría: 30.000.000 €”.

Por primera vez en su vida sintió la sensación de libertad. Ya le pareció insignificante que su mujer le pidiera el divorcio; o que su suegro lo echara de la empresa. ¿Y Sonia? ¿Y el hijo que esperaba de ella? Ese dinero era solamente suyo y le daba la posibilidad de hacer lo que quisiera.

— ¿Hubo suerte amigo? —preguntó el camarero de camino a la caja registradora

— ¿Qué? No, lo normal, ¡Coff! —contestó, tapando con su mano el boleto.

—Como se dice “que por lo menos tengamos salud”. Por cierto, ¿Ha ido al médico?, esa tos suena mal.

En ese momento se sintió ridículo: se había olvidado del tumor. Un pálpito le nubló su mente y ya no le quedó la menor duda de que sería maligno.

Salió del bar y llamó a un taxi: lo más urgente era ingresar el premio en un banco, eran casi las tres de la tarde pero seguro que por treinta millones de euros harían horas extras.

 

****************

 

— ¿Es necesario que me claves el cañón en las costillas? —dijo Paco.

— ¿Te vas a poner chulito? —Le respondió Eme apretando aún más la pistola en su costado.

— ¡Relajaos los dos! —Intervino Jota sin apartar las manos del volante— Amigo, nos falta poco para llegar a nuestro destino. Pronto le dejaremos libre.

— ¿Lo ves tío? No somos de esos que van matando gente —intervino de nuevo Eme— A pesar de todo eres un tipo con suerte.

— ¡Ja, ja, ja! —Carcajeó— Soy un tipo con muchasuerte y con un tumor en el pulmón.

—Estás muy jodido —Sentenció Hache desde el asiento de copiloto.

Salieron de la autopista y, apenas un kilómetro después, tomaron un desvío.

Paco se recostó en el asiento; sus captores escudriñaban a través de la ventanilla, y en silencio, los alrededores. El vehículo redujo su marcha al llegar a una esplanada donde se distinguía un coche blanco entre unos matorrales.

—Ya hemos llegado, bajad —Ordenó Jota tras accionar el freno— Amigo, pronto volverás a casa.

— ¿Vosotros creéis en el Karma? ¡Coff! —Paco lanzó la pregunta al aire y los tres atracadores se miraron desconcertados—. Ya sabéis: todo ese rollo de que la vida recompensa o castiga según nuestros actos.

—Colega se te ha ido la cabeza —dijo Eme mientras se limpiaba las gotas de sudor de la frente.

—No soy una buena persona, lo reconozco. Soy egoísta y he llegado a pensar que el cáncer es un castigo justo. Pero no. La vida es caprichosa: todo pasa sin más ¡Coff!

—Bajemos, ya he oído demasiadas tonterías —Zanjó Hache golpeando el brazo de Jota.

— ¡Esperad! ¡Coff! Os pagaré quince millones de euros si conseguís simular mi muerte.

Los atracadores se detuvieron con la mano agarrada a la manija de la puerta.

—Habla, tienes un minuto —le concedió Hache.

—Me encontraba fuera de horas en el Banco por una razón. He ganado el Euromillón y tramitaba el cobro del premio. ¡Coff! La muerte de Paco Ibáñez es la única posibilidad para que pueda disfrutar del poco tiempo que me queda.

—La verdad es que he oído en las noticias que el boleto premiado se había sellado en esta ciudad —comentó Jota.

— ¡Joder, merece la pena! Con eso podríamos retirarnos —exclamó Eme— ¿Qué hemos sacado hoy? ¿Doce mil asquerosos euros? Está claro que este tipo quiere pasarlo en grande y bastaría con un anónimo para la policía. El tipo nos da la pasta y sale del país.

—Con eso sólo no basta —Comentó Hache—. Hay dos problemas. El primero es que debemos meter a los empleados del banco en esto. Todavía no habrán llamado a la policía y debemos comprar su silencio. Amigo, tendrá que preparar otro millón para taparles la boca.

— ¿Y el segundo? —preguntó Eme.

Hache en un rápido movimiento sacó su pistola del bolsillo y disparó. Un olor asfixiante a pólvora llenó el interior del coche. Eme, con los ojos abiertos, tocó el agujero en su pecho y vio la sangre en su mano antes de morir.

— ¡Joder! Hache ¡Te has vuelto loco! —gritó Jota abriendo la ventanilla.

—Apreciaba a Eme —explicó tranquilamente Hache—. Nunca le hubiera disparado por menos de quince millones de euros. No basta con un anónimo y una desaparición: la policía necesita un cuerpo y él se parecía más a nuestro socio que tú.

Jota se quedó helado hasta que pudo decir: —Pero al hacer la autopsia descubrirán que no es él.

—Vamos a explotar este auto con Eme dentro, rociaremos su cuerpo con gasolina. No podrán identificarlo —explicó Hache—. Amigo, necesito su cartera, saque el carné de identidad, deje el resto de tarjetas y el permiso de conducir; también necesito su anillo de boda. Jota en el maletero hay unas tenazas, ¿verdad?

Paco se quitó el anillo, le dio la cartera y le preguntó: “¿Para qué quieres las tenazas?”.

—Los dientes será la única parte de la que van a poder extraer muestras de ADN: Espero que su dentista sea bueno.

 

****************

 

Llamaron a la puerta cuando Sonia terminaba de poner el pañal a su bebé. ”Lo primero es lo primero”, pensaba al acostarlo en la cuna. El timbre volvió a sonar.

Al abrir se encontró con una persona mayor, bien vestida. Llevaba una carpeta de piel.

— ¿La Sra. Sonia Buendía?

—Sí, soy yo.

—Perfecto ¿Me permite entrar? Mi cliente me designó albacea de su patrimonio y me encargó hacerle entrega de un talón a su muerte.

— ¿De quién se trata?

—Mi cliente me prohibió que lo identificara. Créame, la cifra que le traigo merece obviar ese detalle.

Comentarios

¡Caray! ¡Cuántas cosas le

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¡Caray! ¡Cuántas cosas le pasan al pobre Paco! Vamos al taller.

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Geli

Eres bueno, vampiro.

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Eres bueno, vampiro.

Hay algunos lugares comunes y explicaciones sobrantes (muchísimas menos que en otros textos), pero el relato "corre bien". Aplauso

Estoy bastante liado, trataré de hacer alguna observación en el taller.

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¿No quedamos en que era un

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¿No quedamos en que era un Lobisón?. ¡No puedo con tanta transformación!. Ja, ja, ja Venga me pongo a las correcciones estructurales ahora que ha pasado una semana y me he desapegado de la historia. Saludos

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DavidRubio

Eso mismo pensé yo, que había

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Eso mismo pensé yo, que había menos explicaciones sobrantes que en otros textos. Un salto cualitativo de David, lobisón aventajado.  Se ve su empeño por absorber sus conocimientos, Master, y ponerlos en práctica. ¡Muy bien, David! Aplauso.

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Geli