Género:
- Cuento
A pesar de su corta carrera como comisario conocía muy bien que solo había dos tipos de casos: los difíciles y los fáciles. Los primeros, atrapan el intelecto en un juego de pesquisas y lógica; los segundos, sólo dejan horror, podredumbre, asco. El doble crimen que inspeccionó esa mañana era de los sencillos. En eso pensaba cuando entró en la floristería de camino a su casa.
—Desearía unas flores —pidió el comisario a una joven dependienta.
— ¿Tiene alguna idea? —le preguntó la florista— ¿Tal vez un ramo? ¿Un bouquet?
— Perdone, no suelo comprar flores, ¿qué diferencia hay? —dijo el comisario un tanto desorientado.
—Depende de la persona a quien le quiera hacer el regalo —comentó la florista con un tono muy profesional—. Un bouquet es una composición diseñada según los usos florales: es ideal para un compromiso; pero si es un detalle para alguien especial, yo regalaría un ramo para que lo dispusiera según su gusto. ¿Ha pensado en alguna flor en especial?
— ¿Tiene alguna que haga desaparecer los enfados y los reproches?
Tras una minuciosa selección, el comisario salió de la floristería con un ramo de orquídeas, rosas rosadas, lirios y tulipanes.
El piso que visitó esa mañana estaba en la segunda planta de un edificio cercano a su casa. Cuando llegó le estaba esperando el inspector en el vestíbulo.
—Comisario Benítez—le recibió el inspector—. Ya casi hemos terminado. El juez y el forense acaban de irse. Pronto llegarán los de la funeraria.
Sobre el mueble del recibidor descansaba la foto de una pareja de niños. La niña tendría unos nueve años; el niño, más pequeño, siete.
—Están en el colegio —comentó el inspector—. El equipo de psicólogos ya está avisado. Hemos localizado a la hermana de la mujer. Todavía no hemos contactado con ningún familiar de él.
El comisario entró en el amplio salón. Era rectangular y su decoración era convencional; en la zona más interior estaba la mesa de comedor; en la parte que daba al balcón se encontraban, a modo de rincón de lectura, un par de sillones y una lámpara; entre las dos zonas se hallaba el sofá familiar: sobre él, en posición de decúbito lateral, yacía el cuerpo de la mujer. Vestía una blusa de tonos verdes y unos pantalones de tela blanca: un reguero de sangre coagulada le bajaba desde la sien. En el centro del comedor se extendía una alfombra persa y, sobre ella, boca arriba, reposaba el cuerpo del marido.
—Era de estupefacientes, ¿verdad? —preguntó el comisario.
—Sí, hace poco que ascendió a comisario —informó el inspector—. Su expediente es inmaculado.
— ¿Fue ella? —inquirió el comisario señalando la pistola tirada en el suelo, al lado de la mujer.
—Sí, sus manos son las únicas con restos de pólvora —confirmó el inspector.
— ¿Se ha tomado declaración a los vecinos?
—En el momento de los disparos solo había dos personas más en el inmueble. Una asistenta de nacionalidad rumana que habla mal castellano y una anciana que fue la que nos avisó al oír los disparos —El inspector consultó su bloc de notas y siguió—. Según ella este matrimonio discutía muy a menudo, dice que, más de una vez, quiso llamarnos por los gritos que escuchaba.
El comisario observó trozos de cristal en el suelo. Se agachó y cogió uno para examinarlo de cerca.
—Un jarrón —confirmó el inspector—. Es un jarrón de cristal cromado, tintado en azul marino. Lo hemos rehecho, más o menos, y creemos que allí estaba escondida la pistola. Por la posición del cuerpo del hombre, la bala salió de aquí —El inspector recreó la escena situándose de espaldas a la mesa y simuló el arma con su mano—. Ella cogió el arma, oculta dentro del jarrón, y le disparó a bocajarro. Era un policía experto, si hubiera visto antes el arma tal vez,…
— Y después ella se suicidó —cortó el comisario zanjando el relato de los hechos— ¿Y las flores?
—No hemos encontrado ninguna —respondió extrañado el inspector.
Sobre la mesa, cerca de donde estuvo el jarrón, había un portarretratos. En él se veían a las víctimas. Eran más jóvenes. Sonreían; a su espalda se distinguían palmeras, una piscina y un cielo azul.
—Parece mentira, ¿verdad? Dos hijos pequeños, una buena posición social,... ¿Cómo se puede llegar a esto? —reflexionó en voz alta el inspector.
—Es un hotel de la Rivera maya —dijo el comisario sin apartar la mirada de la foto.
— ¿Cómo dice?
—Reconozco esa estructura con forma de pagoda, en el centro de la piscina.—El comisario hizo una breve pausa—. Fui allí cuando me casé.
En ese instante los agentes de la policía científica les informaron que su labor había concluido y los cuerpos se podían trasladar al tanatorio.
—Preséntame mañana el informe, lo entregaremos al juez por la tarde —indicó el comisario al inspector antes de abandonar el lugar.
Todo eso vio el comisario antes de comprar el ramo de flores y todo eso rememoró hasta que llegó al portal de su casa, entró en el vestíbulo y esperó al ascensor. Cuando se abrieron las puertas salió la vecina que vivía en su rellano. Era viuda y anciana.
— ¡Oh, que sorpresa comisario! Hoy salió pronto del trabajo. ¡Pero qué flores más bonitas trae! ¡qué contenta se va a poner su mujer! — Dijo casi sin respirar— Anoche les oí discutir y…
—Gracias —dijo el comisario dentro del ascensor.
Al llegar a la segunda planta el elevador ya se había impregnado del aroma, casi empalagoso, de las flores.
Con solo una mano libre, tuvo dificultad para sacar las llaves de su bolsillo y abrir la puerta. El piso estaba sumergido en el silencio: ese silencio que asalta las tripas y retuerce los intestinos. Dejó las llaves en el vaciabolsillos, rozando con el ramo el portarretratos de sus hijos, Juan y María.
Entró en el salón. Ella estaba allí.
Frente a él, sobre la mesa, se erigía el jarrón que un día contuvo las flores de su primer aniversario de boda. Era de cristal; cromado, tintado en azul marino.
— ¡Qué quieres ahora! —dijo ella sin tan siquiera girarse; apoyada en el respaldo de uno de los dos sillones de lectura, mirando a través del cristal de la puerta corrediza que daba al balcón —. Hay que ir a recoger a los niños o acaso te has olvidado de que los tienes.
—Por favor no empieces otra vez, solo quiero…—El comisario tragó saliva— Llevaré la alfombra persa a la tintorería el viernes.
— ¡Y ya está! ¿quieres que te dé las gracias! —exclamó la mujer sin variar su postura—Por mí como si te vas con la puta de tu secretaria. Estoy harta.
Cualquier otro día el comisario hubiera respondido con un desplante, con un reproche o con un insulto: pero ese día no.
— He comprado un ramo de flores para ti —acertó a decir con una voz que la vergüenza acercaba al susurro.
Ella se volvió lentamente viendo a su marido, a sus ojos enrojecidos y al ramo que le mostraba. Sin decir una palabra se acercó a él. Ambos se miraron a los ojos. El comisario trató de besarla pero ella apartó la cara. Agarró el ramo por la envoltura de los tallos; hundió su nariz entre las rosas. Pudo decir cualquier cosa pero solo consiguió articular: —Huelen muy bien. Entonces se llevó el ramo hasta la mesa: donde se encontraba el jarrón.
—No te pido que me ames como el primer día —dijo mientras dejaba el ramo sobre la mesa, dando la espalda al comisario, y cogía con su mano izquierda el jarrón—. Sólo te pido que me respetes.
—Te respeto…y te amo —le respondió el comisario.
— ¿Y crees que con este ramo se soluciona todo? —exclamó ella sin dejar de manosear el jarrón.
—Intentémoslo —dijo el comisario sin perder de vista el movimiento de los brazos de ella.
El salón se quedó, otra vez, en silencio. Ella, de espaldas al comisario acariciaba el jarrón; él, apenas a metro y medio, introdujo, instintivamente, su mano en el interior de su americana.
—He estado pensando mucho desde anoche; he pensado demasiadas cosas…—dijo ella mientras recogía el ramo de flores—. Anda, ve a buscar a los niños al colegio. Se pondrán contentos. De paso compra el pan.
Con el jarrón en una mano y el ramo en la otra se dirigió a la cocina. El comisario relajó su brazo mientras miraba fijamente el jarrón, tratando de ver a través de su cristal cromado; pero sólo distinguió los reflejos que la luz reflejaba en su superficie.
— ¿Lo conseguiremos? —preguntó el comisario.
—De momento, voy a poner agua a este jarrón —le respondió con una leve sonrisa.
Al comisario le pareció suficiente.

Comentarios
Me has engañado (en el buen
Me has engañado (en el buen sentido). Pensé que era una historia recursiva y no lo es.
En cuanto disponga de un poquito de tiempo te haré algunas observaciones en el taller.
Muy bueno, David. Y bien
Muy bueno, David. Y bien llevado.
Espero a que Óscar te de el primer repaso y luego entro yo a hacer lo fácil.
Miguel
¡A la espera quedo de
¡A la espera quedo de vuestras lecciones!. Os aseguro que, en este, he tenido muy presentes vuestros comentarios a anteriores relatos. Un abrazo
DavidRubio
Acabo de copiar el texto,
Acabo de copiar el texto, esta noche lo reviso.
Salute, la pandi
Empiezo con las correcciones,
Empiezo con las correcciones, sobre todo de la primera parte, todavía falta pero sigo mañana.
DavidRubio