Lo demás, es lo de menos

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  • Cuento

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Cuando cayó a la mezcladora de cemento olvidó todo lo demás. Acaba de recibir una llamada del banco para tratar de evitar el desahucio. Su empresa no iba nada bien desde el comienzo de la crisis, había despedido a todos los empleados —excepto su hermano— y no podía con los pagos. Las deudas superaban con creces los ingresos y los ahorros se habían acabado. Le debían demasiado, no había forma de sostener aquello.

Las aletas de la mezcladora comenzaron a desgarrar su pierna derecha y sintió que se caía más adentro. Atrás quedó la discusión con su hermano. Quería la mitad de todo, sin nada de inversión, simplemente por estar en la empresa y ser sangre de su sangre. Le había prometido hundir la empresa si no le daba su parte. «Espero que te vaya bien sólo hermano» pensó mientras desfallecía.

Una vez molido el primer miembro, el aspa de la mezcladora fue a por los siguientes, ya se había desbloqueado. Fuera de la nave Juan, el transportista, esperaba que le abrieran para descargar materia prima. Un hombre de unos cincuenta años, calvo y con un sobrepeso exagerado. Estaba en su mundo cuando decidió entrar en la planta. Su camión necesitaba reparaciones, cambio de cubiertas, de todo un poco; pero no había dinero para eso. Con una hija embarazada y otra esperando el segundo sola, el marido se había ido a Alemania a buscar trabajo (había prometido volver una vez se sintiera orgulloso de poder mantener a su familia).

Juan oyó un ruido extraño. Era un sonido parecido a un gato a lo lejos mezclado con el run-run de la mezcladora. Nunca sabrá qué es lo que hizo que se acercara. Apenas vio asomar la frente de Eusebio pulsó todos los botones rojos que encontró. Sudaba y estaba casi descompuesto. Desaparecieron su barriga, la hipoteca, el yerno y todo lo demás. El polvo cubría la nave. Corrió a buscar el móvil y llamó a emergencias. Mientras relataba lo sucedido intentaba descubrió la cara de Eusebio. Parecía muerto. Afortunadamente tenía pulso.

El equipo de rescate llegó diez minutos después. Al mando, Marcos, un bombero de cuarenta años. Antes de encontrarse lo que quedaba de Eusebio estaba recordando a su madre. Acababa de morir en el hospital. Demasiado tarde, demasiada espera. «Este maldito mundo» había gritado cuando le anunciaron lo peor. «Morir de una hernia en el siglo XXI» se repetía una y otra vez en la ambulancia. Los recortes habían llegado a todos los niveles y ya no era una cuestión de que su prima fuera la doctora o que el hermano de su mujer fuera concejal. Eran tantos en la lista de espera para una operación que hasta incluso los que tenían amigos tenían que esperar entre cuatro y diez meses. Eusebio tenía el pulso débil. Tardaron una hora en vaciar la máquina y recoger los miembros amputados. Tendieron el tronco en el suelo y las partes sobre mantas, las lavaron con cuidado. Luego cargaron todo en la ambulancia. Eusebio estaba en estado de shock. No sentía dolor; tenía los ojos desorbitados y decía cosas que resultaban completamente incoherentes. Hablaba de la vida, del amor y de la luz del sol, los brotes en primavera…

El doctor Saavedra echaba una pequeña siesta cuando lo llamaron para ir al quirófano. Soñaba con su hermano de A Coruña. Soñaba que lo habían encontrado. Hacía tres días que había desaparecido su embarcación mientras pescaba cerca del golfo pérsico. Nadie en la familia quería que se fuera, aunque fuera la única forma de ganar dinero siendo marinero. Había intentado aprender otros oficios, pero tenía el mar en las venas. Era lo único que sabía bien. Y era muy bueno. Más de un capitán quería que lo acompañara. Ya no quedaban zonas libres en Galicia, menos en Marruecos después de los desacuerdos con la Unión Europea. «¿Estará vivió? ¿No será el siguiente rehén de Al Qaeda?». La luz del quirófano desgarraba —una vez más— los miembros troceados. Al abrir las bolsas el doctor encontró un pie derecho sin pantorrilla, un antebrazo izquierdo bastante completo y el derecho al que le faltaba un trozo importante. A una mano le faltaban dos dedos y a la otra el pulgar. Eusebio estaba despierto. Seguía con su discurso inconexo de experiencias alegres. El homúnculo sentado en el sofá de su cerebro no se daba cuenta de todo lo que había pasado allí fuera. Cogía los mandos y como algunos no respondían, seguía comandando lo que quedaba: la vista, el oído y el habla. Respondía a preguntas de todo tipo y sonreía como si estuviera contento; como si aquello no hubiera pasado. Eusebio recordaba haber perdido una pierna y desvanecerse cuando la mezcladora lo hundió. Intuía haber perdido más partes de su cuerpo, pero no era capaz de sentirlas, seguramente por el shock.

La intervención fue bastante larga, duró trece horas. Raquel asistía ese día al doctor Saavedra, era su día de guardia. Pasaba el instrumental de manera mecánica. Era el aniversario de la muerte de su marido Óscar. «Tienes que aguantar, ya verás, pronto volveremos a estar bien» recordaba decirle mientras él la miraba impotente con el rostro de un desdichado que sólo quiere morir. Las deudas y la idea enfermiza de que la racha de tres años malos duraría eternamente hicieron que tomara la decisión. «Valgo más muerto que vivo» le dijo. Se suicidó simulando un accidente de tráfico. Eso era lo peor de todo. Mientras succionaba la sangre de la rodilla, mientras reconstruían la rótula con partes del talón del pie inútil y mientras injertaban el dedo pulgar del pie en el faltante en la mano se dio cuenta de que Óscar se había equivocado y mucho. Estaban reconstruyendo el cuerpo de una persona. Estaban volviendo a la vida miembros para que alguien no quedara mutilado. Su trabajo era gratificante. La vida sí tenía sentido y mucho. El sábado iba a ir al monte y luego a la playa aunque lloviera.

Una de las partes más desagradables del trabajo del doctor Saavedra era la de dar malas noticias: «Lo siento mucho, pero no hemos podido hacer nada para rescatar la pierna, por otro lado, hemos podido reconstruir…». Sin dejarlo terminar el pobre hombre comenzó a agradecerle el trabajo realizado, las horas de esfuerzo, el empeño puesto por él y su equipo de magníficos profesionales. Pidió saber quién era el hombre que lo había rescatado, el que había estado abrazándolo hasta que llegó la ambulancia. También quiso hablar con el bombero que amablemente lo colocó en el suelo.

Nadie entendía cómo recordaba todo aquello si, por algunos minutos, parecía haber estado desmayado. Y lo más extraño no era eso, sino su actitud. Los mutilados siempre lloran y sufren al saber de su pérdida, en cambio Eusebio estaba contento. Decía que él había estado muerto. Todo lo demás, todo lo que habían hecho además de volverlo a la vida era un regalo adicional que no merecía pero que agradecería toda su vida.

Cuando llegó Juan se abrazaron con fuerza. Como si se conocieran de toda la vida, aquellos dos hombres estaban unidos desde aquel fatídico momento. Eusebio lo recibió en su casa a partir de ese momento y Juan compartió con él cada sonrisa de sus nietos, las noticias de su yerno en Alemania y los momentos buenos y malos del día a día de su familia. La rehabilitación de Eusebio y la prótesis iniciaron la costumbre de los paseos. El camionero perdió la barriga y el cojo ganó un apoyo.

Las cinco semanas que pasó Eusebio en el hospital se llenaron de visitas. Su hermano se hizo cargo del negocio familiar y nunca más discutieron del tema. Marcos, el bombero, era el que más visitaba a Eusebio. El dolor por la muerte de su madre había sido compensado por aquel hombre y por Raquel. Sus miradas se cruzaron mientras ayudaban en la rehabilitación de Eusebio y fue idea de él que ambos tomaran el primer café. «No hay nada como compartir las penas» le dijo ella después de confesarle lo de su difunto marido. Se dieron un beso sin darse cuenta. El dolor seguía en sus historias y en sus recuerdos. Por delante una vida feliz era lo que se anunciaba. «Si un hombre que ha sido desmenuzado es feliz de estar vivo ¿qué tenemos que esperar los demás?» decía riéndose Eusebio en cada «cumpleaños de supervivencia», como él llamaba a los aniversarios en los que reunía a su nueva familia.

Cuando llegó su segunda muerte nadie lloró. Al contrario. Llevaban tantos años valorando esa vida «imprevista», que entendieron que hasta la muerte tiene que llegar un día, como todo en la vida.

Comentarios

Hola, tanto tiempo amigos,

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Hola, tanto tiempo amigos, llevo tiempo sin escribir y más sin pasar por aquí. Muy mal, pero bueno, estoy de vuelta. Veo que este texto abunda, sé que tiene una buena escencia, pero está muy camuflada, procuraré darle una vuelta por mi cuenta y aprovechar vuestros comentarios, un abrazo, Per.

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Pernando Gaztelu