Género:
- Microrrelato
Como cada mañana a las once en punto, Marco entró en la cafetería a tomarse su macchiato. Sabía que esta costumbre le pasaría factura algún día, pero estaba acostumbrado al peligro. Apareció con su gris abrigo de tres cuartos y su sombrero negro. Se detuvo en el umbral un par de segundos para observar a los clientes y luego caminó tranquilamente hasta la barra, donde dejó a un lado el sombrero.
― Eh, chico -llamó a un muchacho que se movía despistado tras la barra.
― Dígame, señor.
― ¿Dónde está Willy?
― No se encontraba bien. Yo lo sustituyo.
A Marco no le gustaban los cambios de última hora, pero no siempre se podían evitar, así que se sacó el palillo de la boca y se quedo mirando al muchacho.
― ¿Sabes preparar un macchiato freddo?
― Claro, señor -respondió sin mucha confianza.
― Pues que se note el contraste, anda.
A Marco le gustaba compararse con su café cuando iba con mujeres. “Frío primero, caliente e intenso después”, les solía decir. Ese contrapunto le encantaba.
El chico cargó la cafetera con un golpe seco y mientras el café chorreaba hasta la taza, fue montando la leche en crema con un tenedor. Mientras, Marco, con los dedos entrelazados sobre el mostrador, alternaba la vista entre la humeante cafetera y la gélida entrada, fijándose especialmente en aquellos que llegaban. Por fin, a las 11 y 05, la inexperta mano del chico colocó el macchiato, al tiempo que retiraba el billete que había puesto Marco sobre la madera. Ahora el café descansaba tranquilo, perfectamente separado en dos capas opuestas de temperatura y de color, esperando probar los labios, duros y curtidos, de Marco.
En ese momento, al chico se le cayó el cambio tras la barra, produciendo el mismo sonido que las campanillas que se ponen sobre las puertas para anunciar la llegada de alguien. Y así fue. Marco no vio llegar al hombre de abrigo largo y que, desde el umbral y sin quitarse el sombrero, descubrió una thompson con la que lo acribilló en su asiento. Las balas y las astillas de madera bailaron juntas y Marco acabó sobre la tarima de la cafetería, presentando su abrigo el arma que ocultaba. Algunas mujeres chillaron, otros hombres se tiraron al suelo, pero nadie hizo el menor movimiento para impedir que el chico, que salió desde atrás de la barra, le rematara con un disparo en la cabeza. Luego, salió corriendo por la cocina para escapar por el callejón lateral, mientras los muertos ojos de Willy lo veían desaparecer por la esquina.

Comentarios
Me alegra muchísimo que te
Me alegra muchísimo que te hayas animado a colgar tu texto en Borradores, Fanathur. Acabo de hacerte algunas observaciones. Apenas hay nada que corregir: algunas palabras repetidas, un gerundio de posterioridad, una frase cliché.
Me ha gustado cómo dibujas a Marco a través de sus gestos y su gustos.
Un abrazo.
Geli
Muchas gracias, Geli. Voy a
Muchas gracias, Geli. Voy a darles un vistazo.