Como cada mañana a las once en punto, Marco entró en la cafetería a tomarse su macchiato. Sabía que esta rutina le pasaría factura algún día, pero estaba acostumbrado al peligro. Apareció con su abrigo gris de tres cuartos y su sombrero negro. Se detuvo en el umbral un par de segundos para observar a los clientes y luego caminó tranquilamente hasta la barra, donde dejó a un lado el sombrero.
― Eh, chico -llamó a un muchacho que se movía despistado tras la barra.
― Dígame, señor.