Continuidad de los parques - Julio Cortázar (y la esfericidad)

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Hace poco incluí la palabra “esfericidad” en un comentario.

La idea, por brillante, no me pertenece. La empleó Julio Cortázar para referirse a la visión de conjunto que debe producir un cuento.

"Entrevistador: -¿Qué concepto tiene del cuento?

J. C.: -Muy severo: alguna vez lo he comparado con una esfera; es algo que tiene un ciclo perfecto e implacable; algo que empieza y termina satisfactoriamente como la esfera en que ninguna molécula puede estar fuera de sus límites precisos."

Veamos —entre otras cosas que comentaré más adelante— cómo aplica el propio autor este concepto.

Se abre el telón:

 

Continuidad de los parques

 

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

 

Es necesario releer el texto para descubrir cuándo pasamos de una realidad a otra. Este paso, verdadero puente dimensional, no se abre de un golpe, sino que el tránsito se realiza de manera gradual y brumosa. Después del sabio espacio activo, el cuento varía su ritmo, se acelera en un contra reloj que nos conduce al final. Borges preguntaría quién sueña a quién.

Observemos la mecánica que utiliza Cortázar para sembrar indicios: los va sumando hasta el punto en que menciona “el último encuentro en la cabaña del monte”. A partir de allí, el texto es una sucesión de imágenes fotográficas casi sin nexos.

Otro punto importante, y del que conviene tomar debida nota, es la falta (mejor llamarlas omisiones intencionadas) de explicaciones sobre lo que sucede. Como en estas dos frases: “Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba.” ¿Por qué no ladraron los perros? ¿Dónde estaba el mayordomo? Estas cuestiones, que solemos detallar o justificar mediante muchas líneas de texto, son del todo intrascendentes. La vertiginosidad de los acontecimientos las apartan o anulan en pos de no perder ritmo.

Las oraciones finales hacen que los indicios del principio “caigan” en los lugares que les corresponden y formen la figura al completo.

“La puerta del salón (ya mencionada), y entonces el puñal en la mano (ya mencionado), la luz de los ventanales (ya mencionada), el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde (ya mencionado), la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela (ya mencionado).

Así, el cuento termina casi como empieza y cierra esa esfera perfecta. Entonces, los lectores dejamos caer el libro para aplaudir al artífice (y de paso, miramos de reojo hacia la puerta, a nuestras espaldas).

 

Buenas noches