–¡Gerald! –gritó por lo bajo Bylo mientras golpeaba moderadamente la puerta de la habitación de su amigo– Gerald, somos nosotros, ¿estás ahí? –no hubo respuesta.
Julius y Alana, por orden de Bylo, estaban uno en cada punta del pasillo por si aparecía algún vigilante inesperado. Bylo llamó a Julius.
–¡Pssst! ¡Julius, ven! ¡Acércate! –le dijo a su rubio amigo haciéndole señas e intentando gritar lo más bajo posible.
Julius fue tan rápido como sus pies se lo permitieron.