La escuela gris

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Con unos pantalones cortos de coloridos cuadros que me venían anchos —ser niño en los años sesenta implicaba llevar pantalón corto, ¡incluso en invierno!—, sujetados con tirantes para no perderlos; con unos calcetines de ganchillo que dejaban su dibujo tatuado en mis pantorrillas; con una cartera de piel marrón en la que llevaba la enciclopedia Álvarez (intuitiva, sintética y práctica), mi plumier de dos pisos, mi cuaderno y mi bocadillo; con todo eso, iba a mi escuela. Recorría el trayecto que la separaba de mi casa andando y solo. Estaba cerca y, por aquel entonces, el peligro de ser atropellado o atacado se vivía de otra manera. No tenía miedo.

Mi colegio era un edificio gris, de una sola planta, con un soportal en la fachada principal que nos protegía de la lluvia o la nieve cuando aún no era la hora de entrar a clase. Las imponentes puertas de madera tenían grabados, con unos caracteres que semejaban runas, los nombres de los cursos que se impartían en las aulas. Al entrar en ellas, te impregnabas del olor de la leña que crepitaba en la gran estufa de hierro, situada en el centro del recinto, con una intrincada chimenea que se escabullía por el techo. Los pupitres, perfectamente alineados, de madera vieja y con los asientos unidos al cuerpo de la mesa, eran de los que tenían un agujero para poner el tintero y su tapa se levantaba para dar acceso a un cajón en el que nadie guardaba nada.

Recuerdo las aulas como salas enormes, con techos altos y deslucidos, con muchos y amplios ventanales que las hacían frías. Un crucifijo y la foto del caudillo decoraban la pared que sostenía una triste pizarra. En el suelo, una tarima elevaba la mesa del maestro que, desde esa posición privilegiada, nos recordaba lo pequeños e insignificantes que éramos. Su entrada era triunfal, altiva, desafiante. Debíamos ponernos en pie cuando aparecía, de esa guisa,  por la puerta, con un cigarrillo maloliente, de caldo de gallina, apenas sujetado por la comisura de sus labios. «Buenos días, don Elías», cantábamos al unísono. A lo que él respondía con un «buenos días, pequeños», dejando claro quién era, allí, el "grande".

No consigo acordarme de cómo era el patio de recreo. Probablemente no existía y era la misma calle la que encarnaba ese papel. No estoy seguro. Tampoco me acuerdo de mis compañeros de clase —por supuesto, en esa época, estábamos separados los chicos de las chicas—. Pero las imágenes que os he intentado describir permanecen en mi memoria y ahí las conservo arrebozadas y pintadas de nostalgia.

Comentarios

¡Pagaría por ver esa imagen!

Imagen de Geli

¡Pagaría por ver esa imagen! Guiño : pantalones de cuadros, tirantes y calcetines de ganchillo. ¡Madre mía!

Consigues describir muy bien la marcada distancia que el maestro ponía entre él y los niños, así como el edificio y las clases. Curioso que no recuerdes a tus compañeros.

Buen ejercicio.

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Geli

Miguel

Miguel

Me has recordado cosas de mi infancia que había olvidado, como la tortura de la ropa interior de ganchillo, los pupitres, la estufa, el frío. Así que con eso te digo que me ha gustado mucho tu recuerdo de infancia. Lo has plasmado muy bien aquel tiempo que ahora parece tan lejano y diferente.

Un beso,

Bea

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Esos pupitres en los que

Imagen de DavidRubio

Esos pupitres en los que escribias, ese olor peculiar a tiza, esos profesores que se llamaban Don "loquesea" y que nos trataban de ud. Esos castigos, de rodillas frente a la pizarra con dos orejas de burro pintadas, memorizar los cabos y los rios. Pero también jugar a las canicas, al fútbol con una lata de refresco chafada, al cambio de cromos, bueno paro aquí.

Un saludo

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DavidRubio